A Sueldo de La HabanaIniciamos con la columna infrascripta una nueva sección en esta mi bitácora, A Sueldo de La Habana. La mente brillante y casi siempre equivocada -porque casi siempre discrepa de mis cristalinos argumentos- de don Lucien de Peiro -voluntarioso comentarista en estas páginas- será la encargada de su suministro semanal. Callo, pues, yo, y dejo paso a don Lucien, con su primera columna.

Regolpe de estado en Francia

Por don Lucien de Peiro

Me gustaría empezar tratando, A sueldo de La Habana, una particular redefinición de lo que entendemos como Golpe de Estado. ¿Qué cosa es un golpe de estado? En Francia, por ejemplo, se ha producido uno de los últimos golpes de estado conocidos. La République, el corazón de Europa, se halla bajo mínimos democráticos.

Esos abstractos residentes, carceleros más bien, que han venido ocupando las sucesivas bastillas que se fueron edificando tras la caída de la original, no son otros que los poderes económicos y/o financieros (PEF), que en su conjunto, en singular, es el primer poder de facto en los estados capitalistas, que está situado por encima de los tres poderes comúnmente considerados; de ahí que hable de una democracia de cartón piedra, que no es una exclusiva francesa, obviamente. Este primer poder no ha sido elegido democráticamente. Nadie lo ha votado ni se ha planteado alguna suerte de referéndum para establecerlo o, simplemente, justificarlo. Los PEF o, mejor, el PEF protagoniza un nuevo absolutismo y el origen del mismo es golpista, salvo que pensemos que siempre estuvo ahí y nunca tuvo la necesidad de golpear, creencia difícil de sostener.

El estado francés, largamente dominado por el PEF, ha sido violentado por un nuevo golpe o, mejor dicho, un regolpe de estado en toda regla, porque el golpe afecta al estado previamente golpeado y sometido al yugo dictatorial del PEF. El nuevo golpista se une al viejo y juntos suman fuerzas, si es que no tenemos ante nosotros un mero autogolpe, en el que el nuevo golpista es realmente el viejo. De este modo estaríamos ante el mismo golpista, o sea, el viejo golpista se da un golpe a sí mismo o al estado que domina. Pero, ¿no tiene sentido considerar el autogolpe como un eufemismo de regolpe? Si un golpista golpea, aunque sea sobre sí mismo, estará regolpeando.

Veamos: el 29 de Mayo de 2005 Francia rechazó mayoritariamente el Tratado que establecía una Constitución para Europa (TCE). Dicho tratado, que había sido firmado en Roma el 29 de Octubre de 2004, donde había quedado pendiente de ratificación por todos y cada uno de los estados miembros de la UE, quedó tocado de muerte. Holanda le clavó la puntilla al TCE con otro NO tres días después de la estocada francesa. Tras un periodo de zozobra, la presidencia alemana de la Unión Europea lanzó una novedosa propuesta de texto cuyas “particularidades jurídicas” permitían su ratificación directa en la mayoría de parlamentos. Era la propuesta de reforma del Tratado, y así fue aprobada en Lisboa a finales de 2007.

¿Qué hizo Francia con este nuevo texto? Pues nada más y nada menos que perpetrar un nuevo golpe de estado, el regolpe del que venía hablando. El estado golpista, bajo el dominio del PEF, había golpeado de nuevo. Los títeres del PEF, con Sarkozy a la cabeza, en lugar de someter el texto al veredicto de las urnas, como sería lógico y obligado  tras el NO de 2005 al texto previo (salvo por las citadas particularidades jurídicas, que prestidigitaban al texto constitucional en una suerte de limbo jurídico), hicieron pasar el Tratado de Reforma directamente por el Senado y el Parlamento francés a principios de 2008, donde se le dio luz verde por amplísima mayoría. La élite lo tenía claro. En Holanda aún está pendiente de ratificación (el texto prestidigitado), aunque tras el reciente NO irlandés ya veremos qué sucede.

Es muy difícil, por no decir imposible, justificar el modo de funcionamiento de esta Europa que se construye a espaldas de sus habitantes. Cuando votamos y decimos que SÍ, estamos ante una gran victoria para Europa, pero cuando decimos que  NO, resulta que la gente no estaba suficientemente informada o el gobierno correspondiente no puso toda la carne en el asador pedagógico.  Mientras tanto, muchos europeos a los que al parecer no les importa si les preguntan o no por el futuro de Europa, tachan a los irlandeses de egoístas mientras, por otro lado, defienden a unas élites que pasan olímpicamente de ellos, víctimas de una suerte de moderno síndrome de Estocolmo.

Desde La Habana me preguntan: ¿qué dicen los que con tanta saña demonizan a nuestro gobierno y se inhiben ante el vergonzoso funcionamiento de vuestra Europa? Mi respuesta es que hablan mucho pero no dicen nada.

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