Pongamos por caso -es un suponer, que no es que diga yo que estas personas existan, que no, que es que sólo se trata de un ejemplo y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, como si fuera esto un Estrenos TV- que don Luis, abogado, 33 años, residente en Madrid, muy cerquita de la calle de la Princesa, y doña Loreto, 29 años, profesora de Sociología, y felizmente casada con el anterior, son los orgullosos padres de Beltrán, un niño regordete y guapetón, aunque algo inquieto y muy gritón, que cumple el próximo mes de abril los 3 años de edad. Ninguno de los dos es creyente, y ninguno practica ni por convicción ni por apariencia religión alguna.

Al día siguiente, dejan a Beltrán en manos de Katia, su niñera búlgara, y se marchan a entregar el impreso de preinscripción. Pasan los días, y llega la respuesta: el niño no tiene plaza en el colegio público que le corresponde por su lugar de residencia, y les ofrecen como alternativa otro colegio público que está a cuarenta y cinco minutos de su casa, o uno concertado que está a la vuelta de la esquina.

A don Luis y a doña Loreto, no les hubiera importado que a su hijo le enseñasen catalán, o vascuence, o gallego, o mejor todavía, inglés o francés, o alemán, o ruso, en el colegio. Incluso que cualquiera de esas lenguas fuese el idioma vehicular de la enseñanza de Beltranito. Pero no quieren de ninguna manera que su hijo estudie religión, ni quieren que tenga relación alguna con monjas o con sacerdotes -que son proselitistas, porque es su oficio- hasta que pueda decidir por sí mismo establecer tal relación. Así que se disgustan mucho. Don Luis se enfada y amenaza con emprender acciones legales “contra todo lo que se menea“, según declara en pleno ataque de ira, justo antes de dar un terrible golpe, con la palma abierta -esto siempre asombró mucho a doña Loreto, que su marido diese golpes sobre la mesa con la palma abierta, y no con el puño cerrado, como hace todo el mundo- en la mesa nueva del comedor.

Pero doña Loreto le convence de que antes de negarse a aceptar la plaza, antes de mandar al niño a un colegio que se encuentra al otro lado de la ciudad, ir a hablar con las monjas. “A lo mejor no es para tanto“. Llaman por teléfono y les responde una voz amable, empalagosa, meliflua:

Sí, cómo no, pueden venir a hablar con la madre directora todas las tardes de 17 a 21 horas.

Don Luis, de muy mala gana, y doña Loreto, aún esperanzada, se presentan al día siguiente a ver a la madre directora. Es una monja joven, de unos cuarenta años, muy alta, morena, con gafas y unos grandes ojos azules. Va vestida de seglar, con cierta coquetería, probablemente pecaminosa. Es amable, pero seca. Les conduce a su despacho. Después de una entrevista que comienza bien pero concluye tensa, don Luis y doña Loreto deciden buscar un colegio privado en el que matricular a Beltranito.

La directora les ha dicho que claro, que ella comprende su problema, pero que se trata de un centro católico, que tiene un ideario que impregna todo el proceso educativo, y que si no quieren que su hijo estudie religión, pues deberían llevarlo a otro centro, porque, aunque es cierto que allí no dará clases de religión, no es el ambiente más adecuado para el niño, si sus padres desean una educación laica para su hijo. Cuando don Luis le recuerda que como centro subvencionado, forma parte de la red pública y tiene obligación de garantizar una educación similar a la de cualquier otro centro público, la madre directora se limita a asentir con la cabeza y levantar las cejas. ¡Así son las cosas!, viene a decir con la mirada.

Así que se marchan, no sin que antes la madre portera les pida “la voluntad” para contribuir a los gastos de reparación del tejado del colegio.

Camino de casa, don Luis y doña Loreto paran a cenar en una tasca de la calle Conde Duque, y ante una ración de expléndidas navajas comentan la ridiculez de esas absurdas 23 familias catalanas, cuyo mayor problema es que sus hijos aprenden dos idiomas en el colegio, cuando ellos, residentes en la maravillosa Comunidad de Madrid, no son capaces de encontrar una plaza en un centro público a menos de 45 minutos de viaje de su casa y en el que a su hijo no se le obligue a estudiar religión.

Y da gracias -le dice don Luis a doña Loreto, antes de cagarse en Dios- a que nosotros podemos pagar un colegio privado a Beltranito. Piensa en todos esos padres que tendrán que aguantar cómo adoctrinan a sus hijos estas monjas porque la Comunidad de Madrid no cumple con la obligación de garantizarnos una educación pública, laica y de calidad.