Comunismo1Hace tiempo, cuando leíamos los periódicos en papel, e Internet era cosa de ciencia ficción, leí una entrevista con el subcomandante Marcos, en la que le preguntaban por su pensamiento político. Me llamó mucho la atención la respuesta, que casi memoricé: “no sé lo que soy, pero sé lo que no soy“. Eso es exactamente lo que me ocurre a mí. No tengo la menor idea de qué soy, pero sí sé que no soy comunista. Tampoco soy socialista, liberal, conservador, democristiano o anarquista, pero lo que pretendo hacer con esta entrada es responder a algunos amigos comunistas a los que les ha ofendido la última anotación sobre el PCE escrita en este mismo blog. Y quiero responderles explicándoles por qué no soy comunista, y por qué me siento tan lejano ideológicamente de ellos, aunque podamos compartir ciertos objetivos. Veremos si soy capaz de hacerlo.

Parecería que a la hora de decidir si uno es comunista o no, lo primero que debe hacer es definir lo que es el comunismo, para comprobar si coincide con sus postulados. No voy a hacer eso, porque no me da la gana, y porque prefiero definirme como el subcomandante Marcos, por negación, y tratar de de acercarme al comunismo desde el punto opuesto. Lo esencial del comunismo es el anticapitalismo y la promesa de construir un mundo mejor, un mundo sin clases, y por lo tanto sin explotación. Así que debo responder dos preguntas: la primera, si soy anticapitalista o no, y la segunda, cuál es mi relación con esa promesa de un mundo mejor, que es donde creo que está el problema. Trataré de hacerlo a continuación.

Creo que sí soy anticapitalista. El capitalismo es un sistema de producción esencialmente injusto que profundiza en dos tipos de explotación, a saber: la del hombre a manos del hombre y la de la naturaleza a manos, de nuevo, del hombre. Pero sobre todo, es un sistema de producción que ha generado una forma de explotación que va más allá de la explotación económica, y que consiste en negarle al ser humano su carácter humano convirtiéndole a él y a su vida en objetos de producción, es decir, en mercancías. No es objeto de esta entrada definir el carácter de la explotación capitalista. Don EP ya lo ha hecho mejor de lo que podría hacerlo yo aquí y, sobre todo, aquí.

Se han calificado de inviables aquellos sistemas que se pusieron en marcha durante el siglo XX en algunos países como alternativa al capitalismo, sin caer en la cuenta de que el capitalismo es igualmente inviable, puesto que genera tal nivel de injusticia social y de explotación intensiva de los recursos naturales que hacen insostenible la existencia de un mundo equilibrado y justo para la humanidad en su conjunto. El capitalismo es a mi juicio tan inviable social y económicamente -recordemos que la economía es la ciencia que busca la mejor administración de recursos escasos- como lo fueron los sistemas del socialismo real.

El pensamiento socialista, en todas sus ramas, pero especialmente la marxista, ha elaborado la crítica al capitalismo, pero no ha propuesto modelos alternativos. Las dos grandes corrientes del socialismo, la socialdemocracia y el comunismo, han fracasado, cada una de ellas por diferentes motivos. La socialdemocracia después de décadas de evolución, se ha quedado en una teoría para una gestión “más social” del capitalismo, pero no cuestiona sus bases ni plantea una alternativa. El comunismo, en cambio, cuando ha alcanzado el poder, ha organizado terribles dictaduras, como las que asolaron media Europa durante la segunda mitad del siglo XX, o las que aún perduran en algunos países del mundo, como China, Corea o, salvando las distancias, que son muchas y largas, Cuba.

Hoy, cuando aquellos regímenes comunistas se han colapsado, muchos partidos políticos, en España el PCE y otros, mantienen su calificativo de comunista, pero no nos dicen qué es el comunismo, no nos concretan a qué tipo de sociedad aspiran y cómo se va a construir. ¿Qué quieren los comunistas de hoy, qué modelo de estado plantean, qué es el socialismo en la práctica, cómo va a ser la sociedad comunista, qué medidas tomarían a corto y a medio plazo para avanzar hacia la sociedad sin clases? Y sobre todo, una pregunta que me parece esencial, y que es plenamente legítimo hacer, dado lo que ha ocurrido en el pasado. ¿Qué lugar van a tener en las sociedades socialistas quienes no sean socialistas, quienes no crean en el comunismo, quienes tengan un programa político para regresar al modelo capitalista o para frenar las reformas socialistas?

Yo creo en la democracia que los comunistas denominan aún hoy despectivamente como “burguesa”. Creo en la base del liberalismo político -no así en la del liberalismo económico- que es el contrato social. Las sociedades actuales son complejas y en ellas conviven numerosos intereses sociales, económicos y políticos, en muchos casos tan contrapuestos y enfrentados que se encuentran ante la disyuntiva de que o hallan una forma para dirimir sus diferencias mediante el diálogo y la razón, o acaban haciéndolo mediante la violencia. Por eso, los diferentes intereses sociales deben necesariamente pactar unas reglas del juego, unas normas básicas de organización social que sean aceptadas por todos ellos. Y estas normas básicas -que deben garantizar las libertades políticas y civiles-, estas reglas del juego mínimas que todas las partes se comprometen a no romper, son las que conforman la democracia.

Los comunistas tienen razón cuando sostienen que la democracia política no es suficiente y que es necesario garantizar además los derechos sociales. Es evidente que la democracia del siglo XXI no puede ser la misma que la del XIX. La historia sigue su marcha, las ideas evolucionan, y aunque surjan en determinados momentos históricos con el fin de justificar ciertas situaciones sociales, no es menos cierto que, una vez puestas en circulación, adquieren independencia y son capaces de influir en la marcha de los acontecimientos. Es muy posible que los yankis no fueran abolicionistas por el amor que sentían hacia el hombre libre, sino porque necesitaban mano de obra barata para sus fábricas textiles en Nueva Inglaterra, pero no es menos cierto que una vez puestas en circulación como herramientas políticas las ideas de igualdad y libertad, esas ideas sirvieron para alimentar las huelgas obreras contra la explotación capitalista en los Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XIX.

Yo, que creo que se debe superar el capitalismo y se debe intentar la construcción de un mundo mejor en el que la explotación no tenga lugar, vivo en el siglo XXI y conozco los errores -y los crímenes- que en nombre de ese mismo sueño cometieron quienes me precedieron. Por eso, creo que la democracia ya no es sólo un fin para conseguir el poder e iniciar las reformas que conduzcan al socialismo, sino que creo que es el único fin legítimo para ello, y además, creo que la democracia es parte del socialismo. No sé qué cosa es el socialismo, pero sí se que sin democracia no hay socialismo.

Y esta es la última y la más grande de las razones por las que no soy comunista, entendiendo por comunista lo que es ser comunista hoy: creo -y puedo equivocarme- que los comunistas de hoy aún no han asumido la democracia como un fin en sí mismo, como queda patente en el hecho de que la califican constantemente, y con desprecio, de “burguesa”.

Y ustedes perdonen por la extensión y por el desorden, pero ya lo avisé en el título. Es evidente que tengo las ideas poco claras sobre todo este asunto -teman ustedes a quienes las tengan claras- y lo que busco con esta entrada es suscitar el debate, un debate que a ser posible no quede hipotecado por la situación en IU y por sus debates sectoriales, por las posibles carencias de la democracia española, o por las supuestas bondades del sistema cubano, entre otros temas fronterizos que tienen en este mismo blog sus lugares adecuados.

Y ya otro día les doy la receta de una zarzuela de pescado y marisco que me hice el sábado y que me quedó de rechupete.

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