A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

El pasado Sábado fui al concierto de Coldplay en Barcelona. Se trata de uno de los pocos grupos del llamado mainstream (corriente principal) que me gustan más allá de la eyaculación precoz, aunque hay motivaciones sentimentales para ello. Recién llegado un servidor a Edimburgo, a mediados del año 2000, Coldplay acababan de sacar su primer disco al mercado (“Parachutes“). En la radio sonaban constantemente, y recuerdo como emitían una y otra vez por los canales de música de TV el videoclip de su primer single, “Yellow“. Coldplay eran adictivos y creaban hits como churros.

A pesar de la banda británica, la música mainstream, superventas o, simplemente, la música a la que prestan atención los medios masivos, no es santo de mi devoción. No tengo razones inobjetables y se me ocurre una de lo más subjetiva y que, además, no se cumple siempre: cuando escucho música de la corriente principal termino por aburrirme pronto. Me sucede lo mismo que con la comida rápida. La música “independiente”, la que no recibe la atención de los medios, la comida más elaborada, acostumbra a dejarme un calado mucho más perdurable.

De todas formas no hay una receta que establezca lo que es perdurable o sabroso y lo que no lo es. Como en el resto de las artes, en la música existe la libertad creativa aunque los autores que mueve el sacrosanto mercado acostumbran a tenerla coartada. A veces no sucede así, pero una compañía discográfica no ficha a sus estrellas en primera instancia por culpa de su arte, sino por las expectativas de beneficios monetarios que prometen. Es cierto que en muchos casos se produce un equilibrio entre las aves rapaces capitalistas que dirigen el negocio y sus artistas asalariados, pero si eres músico y haces lo que te da la gana, más vale que los que manejan el cotarro vean los beneficios en tu cara porque, en caso contrario, te ignorarán. La música más libre, transgresora e innovadora difícilmente será cocinada por una gran discográfica, que es la que dispone de todos los canales para conseguir que sus productos lleguen al gran público. Es aquí, en este escenario trágicamente capitalista, donde entran en juego los circuitos “independientes”.

¿Hay música que merezca la pena desde un punto de vista artístico en las radio fórmulas? Poca, pero haberla, hayla. ¿Hay un punto de vista artístico único? Creo que no, aunque la música que se programa en las radio fórmulas suele responder a esquemas seguros, mil veces saboreados y esencialmente apreciados por su capacidad mercantil. La música de radio fórmula, acusadamente mainstream, incorpora todos los tics que la industria exige para que su negocio sea rentable. Un ejemplo paradigmático y fácil de entender es el del último éxito de Kate Ryan, titulado “Ella elle l’a“, una canción que reproduce esquemas archiconocidos en las pistas de baile. Nuevo traje para los mismos argumentos.

Continuemos con la comparativa gastronómica, un poco sui géneris. “Ella elle l’a” no es un producto despreciable, simplemente es una hamburguesa musical facturada por una cadena multinacional. Comida rápida. Nada obliga a que disguste por sí misma, pero es una hamburguesa de las que se producen como churros, mezclando tramposamente las partes menos nobles de la carne con todo tipo de ingredientes que fomentan la adicción, como el azúcar (1). Coldplay sería un huevo frito; también es comida rápida pero presume de una naturalidad y honestidad culinaria sin pretensiones que le favorece. Bruce Springsteen, por ejemplo, sería como una paella; es una fórmula más que trillada, como el huevo frito, y no aporta nada nuevo, pero no le hace falta, porque es tan sabrosa como perdurable. A veces no le coge el punto al arroz, pero cuando lo clava está para chuparse los dedos.

La música “independiente”, la más libre, es como la cocina de autor más vanguardista; pocos la degustan y muchos reniegan recordando su elitismo mientras dudan de que realmente sea cocina (¿cuántos, por ejemplo, me han llegado a decir que Autechre no era música si me sorprendían escuchando al dúo de Sheffield, alma mater del sello Warp?). La música “independiente” está hecha para los oídos ávidos de sensaciones nuevas, innovadoras y ajenas a las restricciones de la industria musical. Un ejemplo mínimamente accesible, para el que sienta curiosidad, sería el último trabajo de Portishead, titulado “Third“(2). Música inspirada, creativa y valiente, música en absoluto acomodaticia que intenta romper esquemas. A mi juicio, arte.

Desde La Habana me preguntan: ¿y qué piensas del Son? Mi respuesta es que no lo conozco muy bien y, a riesgo de contradecirme, por muy variada que sea la música no vamos a negarnos a comer una paella o un par de huevos fritos. Todos tenemos nuestras preferencias, nuestras filias y fobias, pero un poco de experimentación viene bien de vez en cuando. Además, la música “independiente” es tan cara o tan barata como la mainstream, y eso no sucede con la gastronomía.

Notas:

(1) Véase el documental “Super size me“, de Morgan Spurlock.

(2)Third” está editando por Mercury Records, que a su vez forma parte de Island Def Jam Music Group, filial en última instancia del conglomerado de Universal Music Group. Esto nos llevaría a un análisis en profundidad sobre las multinacionales del sector, que lo controlan casi todo, incluyendo la música “independiente” (entre comillas, claro).

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