A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Recientemente, un catedrático de la Facultat de Filosofia de la Universitat de Barcelona mostraba sus reticencias éticas frente al acto de copiar en un examen. Según se desprendía de sus palabras, copiar era algo que estaba mal. “Algunos de vosotros parece que os sentís indiferentes ante un compañero que copia“, les dijo a sus alumnos a raíz de una encuesta repartida por el propio docente el día anterior, donde formulaba alguna pregunta referida a tal cosa entre una serie que supuestamente le permitiría conocer con más detalle al nuevo grupo que asistía a su asignatura. Lamenté, al enterarme, esta muestra de intolerancia o, dicho con menos acritud, de cerrazón moral por parte de un docente capaz de sorprender al personal, por otro lado, con alusiones al eminente pensador marxista Manuel Sacristán.

¿No tiene bastante el alumno que copia con el daño que se infringe a sí mismo? Y si no se causa daño a sí mismo, si no se auto engaña, ¿por qué se le pone en la picota moral? ¿A quién más perjudica? Cuando un profesor advierte la trampa de un alumno debe tomar las medidas que acostumbra a tomar. Me parece natural que sea expulsado del examen o que reciba un punto negativo o aquello que el docente considere oportuno, dentro de ciertos límites, pero no hay excusa racional para indignarse, para descalificar moralmente al alumno más allá de la constatación del perjuicio que se infringe a sí mismo. No hay excusa para no entender un acto consustancial a la condición que representa parte del alumnado. Lo que no es de recibo es elevar a los altares de la desproporción la incomprensión y el pesimismo ético frente a una trampa que sólo perjudica al tramposo. Pero no, algunos profesores se indignan, se escandalizan, se rasgan las vestiduras o simplemente se molestan mientras afirman no comprender al que copia, mientras buscan una explicación que no siempre es necesaria.

Todo esto viene al caso porque nuestra vida cotidiana está repleta de actos o hechos criticables que pasan absolutamente desapercibidos para las computadoras morales de los catedráticos de turno, hechos que afectan al tramposo, al mentiroso o al estafador, como sucede con el caso de la copia en un examen, pero que, oh sorpresa, son hechos que también afectan o pueden afectar fácilmente (aunque finalmente no lo hagan) a otras personas, instituciones o, dicho sin concretar, a segundos e, incluso, a terceros. La mayoría de las veces ni se dan cuenta. Pongamos un ejemplo: nuestro catedrático pasea por su barrio y llega a la altura de un semáforo en rojo. La calle está desierta y apenas hay tráfico. De repente aparece un joven que se detiene junto a él y repentinamente se adelanta y cruza la calle con el semáforo todavía en rojo. Algunos coches pasarán antes de que nuestro hombre pueda cruzar con el semáforo en verde pero nada le ha distraído de sus pensamientos, nada le ha inquietado, nada le ha indignado, nada le ha parecido mal. De hecho, ni se ha fijado en el joven que cruzó en rojo, seguramente con suficiente espacio para hacerlo (porque siempre es suficiente hasta el día en que deja de serlo), sin percibir peligro en ningún momento.

A todos nos pasa lo mismo, en un momento o en otro. Es como si hubiéramos perdido la capacidad para medir lo que sucede a nuestro alrededor, salvo que siempre hayamos carecido de dicha capacidad, como si nos hubiésemos vendido a precio de saldo a los impulsos individualistas de nuestra naturaleza que, indudablemente, son potenciados por nuestro modelo de sociedad. ¿Quién no se molesta o se irrita ante necedades mientras pasa por alto realidades que a causa de su gravedad acrecientan la necedad de aquello que nos irrita o molesta? He visto a gente indignada por la derrota de su equipo, los mismos que son incapaces de preguntarse por la corrupción y el mercantilismo desmedido del deporte profesional. He visto a ciudadanos alterarse hasta el enrojecimiento facial cuando un desgraciado le robaba el bolso a una abuelita en plena calle, los mismos que ni pestañean cuando todo un ayuntamiento consiente con su silencio administrativo la presión ejercida por poderosas inmobiliarias o desalmados propietarios sobre ancianos cuyos alquileres están fuera del mercado (le llaman mobbing). He visto a muchos “catedráticos” renderizando sus propias inseguridades morales ante inofensivos pardillos mientras se inhiben frente a severas lacras, problemas de fondo o deficiencias estructurales de la sociedad, el mundo o el amable vecino de enfrente. He visto con demasiada frecuencia señalar con el dedo al que sólo se perjudica a sí mismo y aplaudir al que hace daño a los demás.

Desde La Habana me preguntan: ¿no eres tú el primero en quejarte por nada? Mi respuesta es que quiero pensar que apenas me extravío en el bosque de mis quejas, nebulosas de mi propia subjetividad, porque me siento capaz de intentar valorarlas en su justa medida, teniendo en cuenta que no necesito un marco para cada lienzo.

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