A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

El pasado domingo 24 de Agosto andaba un servidor sumergido en la caja mentirosa, ya que de tonta no tiene un pelo cuando, de paso por Tele 5, tropecé con Fernando Alonso, al que un periodista de la casa le preguntaba acerca de quién le había hecho más daño en la Fórmula 1. La respuesta, como era menester, llegaría tras una pausa publicitaria que, en lo que a mi respecta y con un “que les den” proferido con la boca pequeña, me permitió excusarme del canal privado y no regresar hasta que un par de horas más tarde un japonés le dio por culo al mismísimo Alonso en los primeros compases del gran premio celebrado en Valencia, como si hubiese intuido mi deseo.

Pero no sólo de ese inmundo negocio dirigido por aves rapaces, emblema del culto pornográfico al capitalismo que todo lo inunda, y que sólo a unos pocos no ahoga, deseaba escribir a sueldo de La Habana. Quería hablarles de los JJEE (1), ese acontecimiento que se ha celebrado recientemente en Pekín y que precisamente concluyó el mismo domingo en el que un automovilista japonés le dio por culo al popular asturiano en territorio de fallas.

Todo había empezado en una fecha con muchos ochos, cuando tras enfrentamientos entre milicias separatistas de Osetia del Sur y fuerzas del ejército de Georgia, el Comité Estatal de Prensa e Información de la autoproclamada República de Osetia del Sur informó que los sitios web surosetas habían sido atacados por hackers (2). Empezaban los JJEE. Una vez controladas las fuentes de información, que debían ser exclusivamente georgianas o pro-occidentales, un ejército  entrenado y armado  por los EEUU aprovechó la inauguración de los JJOO (3) para bombardear e invadir la díscola región. Los JJEE, a su vez, concluyeron con una apoteosis de ensañamiento “periodístico”, que aún dura, con las familias de las víctimas de un accidente aéreo en Barajas.

Mientras en Osetia del Sur sufrían un ataque genocida y los rusos invadían la región como respuesta, sin que nadie pudiese imaginar la carnicería emocional que estaba por llegar a costa de un accidente de aviación, “nuestros” competidores iniciaban su participación en los JJEE. No es que el COI haya decidido españolizar los JJOO o que servidor sufra una confusión con las siglas. Al contrario: para el telespectador y el lector de periódicos de este país no han existido más que los competidores españoles en las ya concluidas olimpiadas.

Toda la información de los JJEE, como el nombre indica, se ha ofrecido en función de la participación de los deportistas españoles. Entre otras frivolidades, por utilizar un lenguaje moderado, la derrota de un deportista español se producía por falta de concentración, por mala preparación, por cansancio, por incapacidad para soportar la presión, por nervios, por mala suerte, por un mal arbitraje, pero muy raramente “nuestros” medios, en los que trabajan periodistas con espíritu hooligan, atribuían las derrotas de los deportistas españoles al buen hacer de sus contrincantes. Esta tortilla giraba si el deportista español vencía.

Cualquier competición (especialmente las minoritarias) dejaba de tener interés si los participantes españoles caían eliminados. Poco importaba si dejaban la retransmisión de la competición a medias, si quedaba otra eliminatoria, otra semifinal, la final o lo que fuese: desde la eliminación española, la competición correspondiente desaparecía del mapa. De forma paralela, se han concebido las retransmisiones de los éxitos españoles como un publirreportaje en el que se promocionaba descaradamente a la familia real.

Los que consideramos que el deporte es otra cosa hemos constatado las dificultades para seguir los JJOO dignamente. La única solución consistía en pagar por tener un satélite para ver Eurosport o algún canal extranjero, donde las emisiones fuesen más equilibradas. El tsunami españolista ha sido asfixiante y, claro, al final llega la hora de los balances y algunos pierden el oremus con excusas ridículas y a destiempo. Es la misma historia de siempre, en la que el deporte se convierte en caldo de cultivo para el nacionalismo más banal, que efectúa una suerte de hipnosis colectiva. Muchos lo han reconocido sin vergüenza: si no compiten españoles, no interesa. Lo de menos es el deporte. Reitero, no ha pasado nada que no suceda habitualmente aunque sí con una intensidad superior a la normal.

Desde La Habana me preguntan con estilo paugasoliano: ¿no es emocionante constatar la admiración del mundo por tu país? Mi respuesta es que no. En todo caso admiro al que tras una “derrota” muestra más alegría que el mismísimo “ganador”, y entrecomillo a unos y a otros porque los conceptos de victoria y derrota han sido pervertidos hasta un nivel equiparable al de la propia perversión del deporte, y no me refiero a esporádicas tomaduras de culo como las antes mencionadas.

Notas:

(1) Juegos Españoles.

(2) “Ruidos” y “blancos informativos” sobre Osetia del Sur.

(3) Juegos Olímpicos.

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