LlamazaresparlamentoIzquierda Unida se mueve entre dos polos en su acción política: influir, tratar de aplicar el programa, aunque sea de mínimos, o llevar a cabo una oposición tenaz hasta que llegue el momento en que se conviera en fuerza mayoritaria y pueda aplicar el programa en su totalidad. Gaspar Llamazares, que hasta este sábado ha sido el coordinador General de Izquierda Unida, ha representado, sin duda, el primero de esos polos, como Julio Anguita representó el segundo.

Durante años, Gaspar Llamazares ha intentado que Izquierda Unida influyera en la política española, llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas para convertir en realidad las propuestas políticas de nuestra formación. Muchos le hemos apoyado, convencidos, como supongo que estaba él, de que, de esa manera, nos presentaríamos ante la sociedad española como una fuerza política progresista, con un programa alternativo al PSOE y al PP, que coinciden en tantas cosas, entre ellas la necesidad de “refundar” el capitalismo, pero a la vez capaz de diferenciar entre la derecha dura y rancia que gobernó España hasta el 2004, y la tibia socialdemocracia del PSOE. Estábamos convencidos de que era posible una fuerza polítca de izquierdas con dos programas, uno de máximos, con vocación de mayoría, y uno de mínimos, para transaccionar con otras fuerzas políticas progresistas. Hoy resulta evidente que nos equivocábamos.

Gaspar Llamazares hubiera sido un buen coordinador general si no hubiera estado rodeado de deslealtades por todas partes. Deslealtades internas, con algunos de sus principales colaboradores sembrando de minas antipersonales el suelo que pisaba el coordinador general, y con una fuerte estructura interna -pero ajena a la soberanía de IU-, empeñada en debilitar la autoridad de los órganos de dirección con una oposición permanente, implacable y terriblemente desleal, ejercida directamente por algunos que estaban ya en puestos de dirección cuando Llamazares estudiaba el Bachillerato. Y deslealtades externas, como la de José Luis Rodríguez Zapatero, que contó en la legislatura anterior con el apoyo prácticamente incondicional de un Gaspar Llamazares, que -al contrario que el lider del PSOE- ponía por delante de los intereses de su partido los de una ciudadanía que reclamaba reformas políticas importantes y de carácter progresista que IU contribuyó a hacer reales. En lugar de agradecer ese apoyo, el presidente Zapatero se limitó a rentabilizar electoralmente el trabajo parlamentario de Gaspar Llamazares.

Pero, además de estas deslealtades, en el debe de Gaspar Llamazares tenemos que apuntar graves e importantes errores, especialmente en lo que se refiere a la faceta interna de la organización. Gaspar Llamazares ha sido un coordinador general que no ha sabido distinguir dónde estaban sus aliados y donde sus adversarios, y frecuentemente se ha apoyado en éstos frente a los primeros. Por ejemplo, si no hubiese firmado un acuerdo envenenado con Ángel Pérez para apuntalar la precaria mayoría federal que le apoyaba, ahora tendríamos unos censos mucho más limpios, y Gaspar Llamazares no tendría como adversarios a muchos militantes de la organización que hoy se ubican abiertamente frente a él. Igualmente, si no hubiese comprometido su propio futuro político al de personajes como Isaura Navarro, enfrentándose a prácticamente toda la militancia del País Valenciano, hoy las cosas serían probablemente de otra manera.

Pero si algo hay que reconocerle a Gaspar Llamazares es sin duda el haber hecho un excelente trabajo parlamentario tanto durante la ultima legislatura de Aznar -en el que la lucha parlamentaria hubo de compaginarse con la lucha en la calle contra un gobierno desbocado en sus tics autoritarios- como durante la primera de Zapatero. En ambos periodos, ha sido uno de los diputados más activos del parlamento y uno de los mejor valorados por los medios de comunicación.

Gaspar Llamazares ha sido, con sus luces y con sus sombras, con sus aciertos y con sus errores, el coordinador general que yo he apoyado. Por eso, no quiero dejar que se vaya sin mostrarle mi agraecimiento por haber intentado que Izquierda Unida se convierta en una formación política influyente.

No puedo hacer otra cosa, ya que yo me equivoqué junto a él.