El sujeto más despreciable de la historia contemporánea de España, incluyendo a los capitostes de la dictadura, que ni engañaron, ni intentaron engañar a nadie, ha dicho esta tarde en la presentación de un libro de reivindicación del liberalismo en tiempos difíciles que “España no va a salir de esta crisis con mayores dosis de socialismo simpático“. También ha dicho el muy bocas, por decir que no quede, que “hemos llegado a la crisis aplicando manuales de economía que algunos leen en dos tardes y que tienen un resumen que se leen en cinco minutos que aconsejan subir el gasto público, aumentar los impuestos, intervenir con criterios políticos en las decisiones de las empresas privadas, y controlar políticamente los organismos reguladores y supervisores“.

Y claro, este señor, que es inspector de Hacienda, que ha hecho unas oposiciones de la leche que le han tenido años estudiando, que ha llegado a presidente del gobierno y todo, pues debe estar muy leído y debe saber mucho de economía. Mucho más que yo, que no sé nada, ya se lo he dicho a ustedes varias veces, porque no he leído ni siquiera esos manuales de los que habla don José María, ni siquiera los resúmenes. Sin embargo, todo lo que estoy leyendo en los últimos días, me induce a pensar justo lo contrario de lo que ha dicho el despreciable y despreciado ex-presidente.

Si yo hubiese estado a cargo de la presentación del librito hubiese dicho que no tengo ni idea de que hay que hacer para salir de la crisis, pero en cambio habría dicho que  para  evitar que nos vuelvan a inflar una burbuja bajo los pies, lo que hacen falta son muchas dosis de socialismo a cara de perro -nada de socialismo simpático- para limitar la libertad de mercado; hubiera dicho que hay que acotar, regular e intervenir el mercado, poner límite a la especulación, mediante prohibiciones y tasas, habría dicho que el estado se tiene que incautar de las fortunas de aquellas personas que han sido responsables de la situación actual, pero a los que en cambio no les afecta demasiado la crisis, limitando si es preciso sus derechos a la propiedad privada, como se limitan los derechos de libre movimiento de otro tipo de seres asociales como los delincuentes. Quiero decir, que hay que perseguir penalmente a los propietarios y a los gestores de empresas que quiebran si mantienen sus patrimonios intactos, o incluso incrementados. Por definición, los dueños de una empresa que quiebra tienen que ir a la quiebra, porque si no es así, lo que han hecho es robar.

Habría dicho que hay una ganancia, enriquecimiento o plusvalía legítima, que es la que procede de la creación de riqueza. Y habría dicho también que esa ganancia se genera mediante la colaboración de dos partes: capital y trabajo, y que por lo tanto debe ser repartida equitativamente entre ambas partes, y no apropiada en su totalidad por una de ellas.

Pero habría dicho también que hay otra ganancia que no es legítima, que procede de la especulación. Que es una ganancia que no procede de la creación de riqueza, sino su distribución y concentración en manos de actores improductivos del sistema económico. Y que no hay libertad de mercado que ampare esa ganancia, que debe ser proscrita y confiscada, como se confiscan las partidas de cocaína en los aeropuertos, que por cierto también son ganancia para alguien, y nadie apela a la libertad de mercado para proteger tal ganancia.

Hubiera dicho que el crecimiento hay que regularlo, que hay qué estudiar qué crecimiento puede asimilar el mundo para garantizar la sostenibilidad, y que ese crecimiento es el que hay que tolerar;  hubiera dicho que tampoco es legítima la ganancia -especulativa o no- en sectores de los que depende la supervivencia, como la energía, la salud, los servicios básicos que deben ser garantizados por el estado y sólo por el estado.

Hubiera dicho que hay que perseguir los paraísos fiscales como se persigue a las dictaduras, y que si se bloquea a Cuba, con más razón hay que bloquear a Suiza, a Luxemburgo, a Andorra, a Gibraltar o a las Islas Caimán, porque sirven para que los especuladores escondan sus botines. Como sé poco de economía, no sé qué mas habría dicho. Pero, en resumen, hubiera hablado de la necesidad de establecer unos límites al mercado y de garantizar de que fuera de esos límites sólo esté la cárcel. También habría hablado de la necesidad de que estas normas no sean nacionales sino internacionales.

Alguien, en el turno de preguntas habría levantado la mano tímidamente -o no- y me habría interpelado: “Pero oiga, don Ricardo eso que dice usted, si hacemos esas cosas, el sistema dejará de funcionar porque bla, bla, bla…”. Los blas los pueden sustituir ustedes por una de esas incomprensibles lecciones de economía que con aire de superioridad nos dan con cada vez menos frecuencia, todo hay que decirlo, los blogs y comentaristas liberales.

No sé nada de economía, insisto, pero como soy atrevido, desvergonzado y audaz, le hubiera respondido que la economía tiene por objetivo una gestión eficaz de unos bienes escasos o limitados, y que un sistema económico global y globalizado que mantiene el 80 por ciento de esos bienes escasos en manos del 20 por ciento de la poblacón de orbe es un sistema ineficaz, antieconómico y por lo tanto inviable; que es un sistema económico que no funciona, y que es absurdo no actuar por miedo a que ocurra algo que ya está ocurriendo: que el sistema no funcione. Lo que no hubiera podido decir es cuál es la alternativa, porque la desconozco.

Pero vamos, que si Aznar dice que sí, que lo que hace falta es más libre mercado, no soy yo el que vaya a discutírselo. Para algo sabe más que yo, el hombre.