Yo también firmo

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IxasambleaNo me gusta demasiado la forma en que está escrito, ni la terminología que utiliza, porque puede parecer que está más cerca de un grupo que de otros. Pero no lo está, y no hay más que echar un ojo a la lista de firmantes. Por eso, después de darle muchas vueltas, he decidido firmar yo también el manifiesto APROVECHEMOS LA OPORTUNIDAD: El cambio desde la unidad y la democracia participativa.

Después de meses pensando que Izquierda unida no tenía ninguna salida posible, después de meses viendo cómo los cabecillas de las tres partes en liza estaban intentando por todos los medios llegar a acuerdos que mantuviesen un estatus quo más o menos aceptable para todos ellos, y que prolongase la agonía de IU, algunas personas, mediante sus escritos, o mediante conversaciones personales consiguieron convencerme de que había una salida: la insumisión. Sin abandonar nuestras posiciones políticas, podíamos perfectamente intentar una mínima unidad de acción que rechazase el acuerdo cupular, y que posibilitase el debate y el inicio de un proceso verdadero de refundación que incluyese la renovación de los censos y de los órganos de dirección, así como la quema de los brazos de madera, y todo ello sin abandonar la acción política, tan necesaria en tiempos de crisis.

Y eso es lo que pido a los delegados que me van a representar en las asambleas regional y federal: que no sean brazos de madera, que no abandonen sus posiciones políticas, pero que no acepten componendas, porque lo que nos estamos jugando es la existencia de Izquierda Unida, una fuerza política que en sus peores momentos conserva un millón de votos y que es la única que plantea políticas alternativas, pero posibles, a las del PP y del PSOE. A estas alturas sé que no es posible ninguna solución, ninguna salida a la asamblea que no pase por una tregua que nos permita iniciar un verdadero proceso de refundación, como sé que no nos podemos plantear ninguna solución que suponga la escisión de un 20, un 30 ó un 40 por ciento de la militancia, aunque a algunos, en todas las sensibilidades, les tienten ese tipo de salidas suicidas.

Por estas razones, yo también firmo.

6 Responses to "Yo también firmo"
  1. hugo dice:

    Y yo que me alegro. Por cierto, como confidencia le diré que puede que haya gente de ‘todos los bandos’ que ‘la forma en que está escrito, (…) la terminología que utiliza,’ puede hacer ‘parecer que está más cerca de un grupo que de otro’, lo cual entiendo que es una virtud del manifiesto. Sobre todo creo que es una virtud que demanda cosas concretas, que no habla de una unidad lampedusiana, sino de establecer las condiciones de necesidad para un cambio sustantivo.

  2. liber dice:

    He estado valorando si deciros mi opinión o no, y al final no he podido evitar la tentación de escribir y efectivamente opinar.
    Veran, como muchos firmé un documento, no porque creyera que era el mejor, ni porque creyera que decía todo lo que yo creo que hay que decir en estos momentos. Pero lo firmé, creyendo que ayudaba a situar una posición que creo imprescindible para IU: Que nos demos un tiempo, llamemosle tregua, espacio de tiempo, Kit Kat, o lo que nos de la gana. Pero ese tiempo es imprescindible para que podamos definir a nuestra organización y para quepodamos reconstruir (también en este caso pongamosle el nombre que nos de la gana) una herramienta que nos sirva para atender las demandas de los ciudadanos.
    Pues bien, como les decía firmé un documento, pero les diré que casi en el mismo momento que lo firmaba, abogaba yo por un acuerdo de unidad, no un acuerdo sobre el vacío, sino un acuerdo que nos permita serenarnos, dejar de mirarnos los unos a los otros como si fueramos el peor enemigo a abatir.
    ASí que les digo que aunque no voy a firmar ningún otro documento, sí que les digo que me gusta lo que proponen y apoyan, que en esa línea me voy a manifestar y que si esa filosofía triunfa me sentiré parte del éxito, pero que si eso no se da, yo seré una de las que la fustración será difícil de eliminar. Esto no es por un motivo sentimental o personal. Es porque sinceramente creo que IU es necesaria, que los que estamos a pie de calle, todos los días, necesitamos una organización clara. fuerte, serena, con reglas del juego iguales para todo el mundo y con otros dirigentes al frente.
    Así que adelante y pujemos todos por un proceso limpio que nos lleve a una organización que ocupe el lugar que se merece.

  3. He leído atentamente el manifiesto. Creo que es correcto y propone una serie de puntos, a mi juicio, con honestidad y con el deseo de mostrarse constructivo. Porque eso es lo que subyace en dicho manifiesto: una suerte de ánimo integrador, positivo, renovador, cargado de voluntariosa sensatez.

    Sí, voluntariosa, porque no me lo creo. No me creo la viabilidad de lo que en él se propone, no me creo la viabilidad de un proyecto como el de IU desde presupuestos democráticos, participativos y finalmente integradores. Creo en la buena voluntad y las aspiraciones de los firmantes, creo en sus sanas intenciones, pero también creo que cierta desesperación los anima, creo que algunos (los más sensatos entre la militancia de IU) se han dado cuenta de que están ante una situación límite, ante una desintegración, ante el fin político de un proyecto renqueante, con su millón de votos, pero renqueante.

    Vaya, Creo en una serie de cuestiones derivadas del conocido proceso histórico reciente de éste partido político que me empujan a no creer en la supervivencia del mismo o, siendo menos lapidarios, a no creer en una Izquierda Unida digna (capaz) de aglutinar a la IZQUIERDA.

    Un servidor está en un proceso vital en el que considera al estado español y, de hecho, a los estados de nuestro entorno (todavía conocido como capitalista) como no democráticos. Yo soy de los que creo firmemente que esto no es una demnocracia. España no es una democracia. Europa no es una democracia. EEUU aún es menos democracia y, vaya, estoy convencido de que la democracia es imposible desde el capitalismo.

    Todavía no he llegado a un horizonte que, no obstante, contemplo: la consideración de la democracia como utopía, porque más allá de los sistemas disponibles o posibles, hay un factor inevitable que materializa la consideración de dicha utopía: el factor humano. La evolución de la humanidad a lo largo de los siglos ha seguido una línea constante de ignominia, la línea del sometimiento ejercido por los poderosos sobre las masas. El ser humano más noble, solidario y democrático, cuando ha tenido oportunidad, cuando le han dejado, se ha subido al tren del poder, al tren de las élites, sean cuales sean, estuviesen bajo las siglas que estuviesen. Sé que al decir esto no demuestro excesiva confianza en nosotros, los seres humanos, aunque debería acotar dicha desconfianza hasta nuestra particpación política o, siendo más concretos, ya no trago el personalismo político, la sumisión del hecho político al ente individual, pensamiento equiparable a la sumisión del hecho colectivo al hecho estatal o “individual-estatalizado” (la URSS ejemplificaría esta última y, quizas, críptica definición, mientras la democracia representativa ejemplificaría la definición anterior).

    Pero hablo de proceso vital hacia la consideración de la democracia como utopía y no hablo de una utopía de facto, porque veo que en el mundo hay unos pocos casos en los que se dan una serie de condiciones que les acercan a lo que yo entiendo como democracia o, al menos, que les acercan a unos niveles de justicia social y equilibrio político mucho más elevados que los nuestros. Cuba es un ejemplo claro y ustedes ya saben y discrepan mayoritariamente (de) lo que pienso. Conocen mi convencimiento de que las diferencias entre un país como Cuba y el primer mundo se explican por el expolio, por el bloqueo, por la sistemática presión, por el terrorismo, por el imperialismo, como conocen mi pensamiento y dudas sobre la factibilidad de una revoluciuón como la cubana si no sufriesen presión alguna sobre ellos, si se desmovilizasen las masas de cubanos estimulados y concienciados a favor de la Revolución gracias a las indudables presiones del imperialismo. Cuba no es evaluable desde una situación de excepcionalidad que, si algo ofrece es datos para alabarla, para aplaudirla, siempre desde la contingencia y/o inestabilidad de mi subjetividad.

    ¿Por qué hablo ahora de Cuba si estamos hablando de Izquierda Unida? Porque en Cuba no existe la putrefacta partitocracia que padecemos en España y en los países de nuestro entorno. Porque en Cuba se practica desde hace años una perfeccionable (palabra no aplicable ya a nuestro sistema) democracia participativa en la que el poder político se construye desde las comunidades en dirección hacia arriba, desde la base hasta o hacia un parlamento del que nacen los poderes ejecutivos del estado. En España, en cambio, sufrimos una despiadada dictadura de los partidos políticos surgidos o consolidados durante la famosa Transición, patraña por siempre jamás (basta ya de estupideces y sentimentalismos de cartón piedra). Durante aquellos años de acoplamiento de las estructuras franquistas al nuevo estado (mental, nunca real, pues era básicamente el mismo) unos resistieron y otros se quedaron en el camino. Actualmente se libra una nueva purga del sistema: nos dirigimos hacia una simplificación que nos empuja o conduce hacia un modelo anglosajón, hacia un modelo bipartidista, un modelo en el que, además, se aproximan, se mimetizan netamente las políticas y los programas de los dos grandes partidos. Reducción a dos y compenetración de facto de esos dos, como si de un acuerdo tácito para asegurarse el poder compartido se tratase.

    Y en ese imparable proceso de nuestra partitocracia hacia el bipartidismo nos encontramos a día de hoy, acompañados de la irrefrenable agonía de la que fue conocida como izquierda real y que ya sólo es conocida así por sus tercos acólitos, entre los que se encuentran los “arriba firmantes”. El sistema permitió a Izquierda Unida nacer y crecer (a la sombra de un PCE en decadencia, cortesía de un tal Santiago Carrillo con los patalones por los tobillos), de la misma forma que ese mismo sistema la está obligando a desaparecer. Izquierda Unida, y la mayoría de la sociedad (incluyendo a los miembros y simpatizantes del resto de partidos con presencia parlamentaria y casi todos los que no la tienen) no son capaces de darse cuenta de que el sistema está definitivamente cangrenado, no se dan cuenta de que gestos como el manifiesto que protagoniza este post serán absolutamente infructuosos, por mucho que saliese una IU reforzada del proceso correspondiente a la IX asamblea federal de la coalición, cuyos albores aquí nos congregan.

    Esto no se arregla retocando u oxigenando a un partido en incontestable decadencia, sino que se arregla revirtiendo el sistema, dando un giro copernicano al funcionamiento del estado español y, siendo más precisos, cambiando radicalmente el funcionamiento y organización de esta sociedad. Los partidos políticos son poderosas estructuras edificadas con la argamasa de la corrupción, por personas ajenas al “facto corrupto”, sin duda (o al menos en buena medida) pero inconscientes ante la dinámica de los mismos, una dinámica que está en su naturaleza, una dinámica que no salvaría ni la mejor de las voluntades políticas

    Por muy estimulante que un servidor considere la idea que subyace tras el sistema participativo cubano, soy consciente de los problemas que lastran su definitva valoración como ejemplo a seguir, pero no soy menos consciente de las condiciones excepcionales que gravitan sobre su realidad, sobre el preeminente, pernicioso y asfixiante papel del imperio, generalmente transformado a base de mentiras en esa asfixia mantenida por el presunto régimen castrista. Ahora bien, las dudas que podamos albergar respecto a Cuba se convierten en certeza al echar un simple vistazo al panorama del primer mundo democrático, incapaz de superar esa partitocracia de la que hablaba, más fracasada que el mismísimo capitalismo del que en estos día se discute, más antidemocrática e impune en su vergonzosa trayectoria que la idea que de ella tienen las masas que las padecen, más inverosimil que la materialización de las loables intenciones del manifiesto de más arriba.

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