Hace muchos meses que no escucho a don Federico, que resulta repetitivo y cansino, y además pierde fuelle. Mola más Cesar Vidal, aunque todavía no se ha ganado el “don”. La SER está en pleno proceso de decadencia tras el retiro de Gabilondo y la muerte de Carlos Llamas. Ahora escucho por las mañanas Radio Nacional de España. No hay publicidad y es mucho más patriótico que cualquier otra opción. Esta mañana ha dicho Juan Ramón Lucas que los dos soldados fallecidos ayer en “atentado terrorista” -aunque yo más bien diría acción de guerra- en Afganistán tienen un lugar en el corazón de todas las personas de bien. No entrecomillo, porque no recuerdo la expresión exacta, pero la idea exacta es esa. Y yo, que soy una persona de bien, salvo que alguno de ustedes diga lo contrario, pues les reservo el correspondiente lugar en mi corazón.

El problema es que en mi corazón empieza a haber ya cierta superpoblación. Limitándonos al conflicto de Afganistán, tengo alojados en mi músculo cordial nada menos que a 570 civiles muertos en los primeros 8 meses del años por los bombardeos de las tropas internacionales contra acciones terroristas del calibre de bodas y otras celebraciones civiles. El próximo año, tendré que desalojarles, para hacer sitio a los que vengan de parte de Barack Obama. Es de lamentar, sin duda alguna, la muerte de estos dos jóvenes en la guerra de Afganistán, pero no debemos olvidar que por mucho que nos quieran presentar esta guerra como una guerra contra el terrorismo, no es más que una guerra de agresión en la que, como en todas las guerras modernas, se ataca a la población civil. No sólo mueren soldados españoles. También mueren miles de civiles que sólo quieren vivir en paz en su país, y no pueden, porque lo tienen plagado de occidentales armados hasta los dientes eligiendo compulsivamente aldeas que bombardear.

Quiero terminar esta entrada haciendo un llamamiento a los padres, a las madres, a las novias y a los novios, a las esposas y a los esposos de nuestros soldados hombres y mujeres: si no desean que sus personas queridas acaben como han acabado los dos jóvenes que han muerto este fin de semana en Afganistán, y si además quieren que sus parientes duerman tranquilos y no tengan la conciencia corroída de por vida, por favor, no les permitan embarcarse en operaciones como la de Afganistán.

Porque no es una guerra contra el terrorismo, sino que es una guerra de agresión.

Y en las guerras de agresión se mata y se muere.

NOTA: Don Pedro Manuel Herrera se pregunta, con bastante buen criterio dónde están los artistas del no a la guerra -y el dedo en la ceja- ahora.

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