España es una mierda. Una vez más, tenemos que avergonzarnos de ser españoles. España es uno de los pocos países de nuestro entorno que no sólo no recuerda a sus héroes, que no sólo no les honra como se merecen, sino que les humilla y mantiene su memoria manchada. Cientos de miles de ciudadanos resistieron a los militares golpistas, felones y traidores que liquidaron a tiros la última democracia que tuvo España antes de 1978 y probablemente la única democracia completa que ha tenido España en toda su historia. Muchos miles de ellos fueron asesinados, unos durante la guerra, otros después, con la complicidad de muchos otros miles de españoles -entre los cuales estaba mi familia, una familia del régimen de cuya complicidad o de cuyo silencio (yo no estaba entonces, pero sé que en algunos casos su grado de implicación con la dictadura fue muy alto), no tengo más remedio que avergonzarme aún hoy- que miraban para otro lado mientras el Ejército y la Falange llevaban a cabo una matanza organizada y premeditada destinada a acabar con lo mejor que tenía España: su ciudadanía.

Por eso, España es aún hoy un país peculiar: bajo sus campos de labranza, junto a sus carreteras, en sus bucólicos pinares, están enterrados, aunque no reposan ni descansan, miles y miles y miles de cadáveres de aquellos héroes que resistieron al fascismo. En algunos casos, incluso, los cadáveres fueron robados por el régimen y trasladados al Valle de Los Caídos, donde aún hoy están junto a los de sus asesinos. Una desvergonzada iniciativa de la Dictadura cuya finalidad era llenar de muertos -cualquier muerto valía- la faraónica tumba del Generalísimo. No encontraban a sus propios muertos en cantidad suficiente, circunstancia que nos permite dudar de la veracidad de ciertas tesis que han hecho fortuna y que presentan como equivalentes en cantidad y calidad la defensa legítima de la República con la sanguinaria represión ejercida contra la ciudadanía por la derecha levantada en armas.

En los últimos años he realizado algunos viajes por ciudades europeas que estuvieron controladas por los nazis en los años 40, o que sufrieron posteriormente dictaduras comunistas. La gente de hoy recuerda a aquellos antepasados suyos que dieron la vida luchando por la libertad. En Varsovia hay fijadas, junto a muchos portales, unas arandelas en las que actualmente aún hay flores frescas dedicadas a la memoria de aquellos vecinos del inmueble que formaron parte de la resistencia y pagaron con su vida tal audacia. Dos estaciones de ferrocarril de la capital polaca -o mejor, los lugares en que estuvieron- son hoy día lugar de homenaje -con multitud de velas permanentemente encendidas, a quienes desde ellas salieron en trenes que les conducían en unos casos a Auschwitz, en otros a la  Siberia. Hay en Varsovia por todas partes placas que recuerdan a vecinos desaparecidos en uno u otro momento, como hay también en muchos edificios grabado un símbolo curioso que no soy capaz de reproducir ni de reconocer, pero que era, según me dijeron, el emblema de la resistencia. Un gran monumento recuerda la rebelión de los judíos del guetto, y otro recuerda a los judíos asesinados en los campos de concentración.

En Berlín no es extraño encontrar, especialmente en ciertos barrios, unos curiosos adoquines dorados llenos de abigarradas líneas de texto en letra gótica. No hace falta saber alemán para darse cuenta de que son nombres y fechas de nacimiento y muerte de personas que en ese punto concreto de la ciudad, fueron detenidas y nunca más se supo de ellas.

En España, en cambio, no sólo no podemos honrar a aquellos que no hicieron nada diferente de lo que hicieron aquellos europeos a los que se considera héroes incluso en las películas de Hollywod. Recordamos a los resistentes franceses, belgas, holandeses y polacos como héroes, porque lo fueron, pero a los resistentes españoles, despúes de dos etapas de gobiernos socialistas, una de dieciséis años y la segunda que ya va camino de ocho, aún les tenemos en la misma situación administrativa en que les dejo la dictadura. Nos nos avergonzamos de ellos, miramos para otro lado cuando alguno de sus descendientes nos reclama su atención, pensamos que algo habrían hecho, negamosla dimensión del crimen, lo atribuimos a venganzas personales y a la exageración de algunos mandos militares, tratamos de homologarlo a la represión que hubo en la zona republicana…

Pero nuestros héroes, los resistentes al fascismo español aún están en las cunetas y nadie hace nada por sacarlos para enterrarlos con dignidad, salvo un puñado de esforzados ciudadanos que dedican sus esfuerzos a restaurar la honra de sus antepasados ante la mirada indiferente de una ciudadanía adormecida y comodona que es descendiente de aquella otra que también vio con indiferencia como los falangistas y el Ejército entraban a patadas en las casas, asesinaban a sus vecinos, a sus parientes, a sus amigos…

Hoy es un día para avergonzarse de ser español, para avergonzarse de esa transición que nos trajo una democracia coja e hipotecada, porque no permitió la ruptura institucional. No se purgó la policía, no se purgó el Ejército, no se purgó la judicatura, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Las instituciones son las instituciones del franquismo recicladas, hay continuidad, una continuidad simbolizada de manera nítida por ese monarca que no permite que en su presencia se “hable mal” de Franco. las instituciones actuales no rectifican a las anteriores porque no tienen ni legitimidad para ello, ni voluntad de hacer tal cosa.

Es significativo que lo sustancial de lo que ha hecho esta mañana la Audiencia Nacional, entidad sucesora del Tribunal de Orden Público franquista no sea cuestionar la competencia de Garzón -que eso queda para más adelante-, sino ordenar la paralización de las exhumaciones. Igual que los falangistas, los curas y los militares de la dictadura se jactaban ante las familias de sus víctimas, las extorsionaban y las mantenían humilladas bajo su control en cientos de pueblos españoles, hoy los jueces e la Audiencia Nacional han humillado doblemente a las familias de las víctimas de sus antecesores en los cargos al ordenar el fin de la apertura de la fosas donde -se dice pronto- se encuentran los restos de decenas de miles de personas asesinadas a sangre fría, y al poner negro sobre blanco que no hay urgencia en las exhumaciones.

No sé ustedes. Yo no tengo a nadie en ninguna cuneta, ni mucho menos en el Valle de los Caídos. Mis muertos están donde tienen que estar, algunos de ellos con un exceso de buena fama. Pero en caso contrario, sería para mí extremadamente urgente sacarlos y darles una sepultura digna.

¡Mierda de España!

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