A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Durante las últimas semanas estamos asistiendo a un recrudecimiento de las protestas de los estudiantes universitarios a causa de la (en principio) irreversible implementación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), más conocido como ‘Plan Bolonia’. La maravillosa ciudad italiana, con el segundo casco antiguo medieval más grande de Europa (1), está de moda porque allí se celebró en 1999 la reunión de las autoridades europeas que impulsaron el citado EEES, lo que no se improvisó, puesto que en dicha ciudad se encuentra la universidad más antigua de occidente, fundada hace casi mil años.

Bolonia está en boca de todos y los medios de (in)comunicación ya han puesto el problema en su punto de mira, vaya, que han prestado su “desinteresado” punto de vista informativo para que la ciudadanía ajena a los ajetreos académicos pueda situarse mejor ante tamaña algarabía estudiantil, ante la inesperada (para muchos, pero no para todos) toma de rectorados, claustros, aulas o facultades, ante las manifestaciones que ocasionalmente han coincidido en algunas ciudades con las de trabajadores amenazados por los cada vez más frecuentes expedientes de regulación de empleo. En definitiva, resulta chocante observar a trabajadores expedientados por sus empresas (o a punto de serlo) mientras, casi al unísono, los estudiantes protestan porque el creciente protagonismo de éstas en la universidad amenaza su horizonte. La clase dominante no se conforma con amenazar a los trabajadores para mantenerlos subyugados; hay que dominar a los estudiantes, para que aprendan a convertirse en futura fuerza de trabajo.

La clase dominante, los grandes empresarios, han apostado fuerte en los dos frentes que controlan, los dos frentes sobre los que mandan: el frente político y el frente mediático. El primer frente se ha venido trabajando desde hace muchos años,  y dio sus primeros frutos en relación al ámbito educativo con el nacimiento de la Organización Mundial del Comercio, allá por 1994, en Marrakech. En el documento correspondiente a aquel encuentro, en el anexo 1B, se encuentra un texto conocido como Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) en el que se esbozan unas directrices netamente mercantilistas en relación a lo que debe ser la educación superior. Nada definitivo, nada establecido, todo a criterio de cada estado, con evidente vaguedad y aparente flexibilidad, pero los ministros presentes en Marrakech sentaban las bases de la mercantilización progresiva de la educación a nivel mundial (2).

En el segundo frente, el de los medios de comunicación, la clase dominante ha establecido una estrategia de cerrazón informativa permanente que le permita permanecer libre de sobresaltos durante todo el proceso de creación, llegada y puesta en marcha del EEES. El procedimiento habitual en estos casos, para entendernos. Durante los últimos días hemos asistido a la cobertura parcializada de los medios públicos y privados, mostrando a estudiantes greñudas y greñudos, aparentemente destartaladas y destartalados ocupando, protestando, gritando, comunicándose mediante consignas altisonantes (como si no supiesen hacer nada más, pues así lo contaban los medios), mientras se recogían las declaraciones sosegadas de eminentes personajes encorbatados, rectores abrazados a la clase política lacaya de los intereses capitalistas o la propia clase política, afirmando unos y otros que los estudiantes estaban equivocados, que no tenían sentido sus planteamientos, que pedían la Luna, que no se habían leído la ley (que levante la mano quien se haya leído de cabo a rabo, por ejemplo, el Informe Bricall… me quedo solo, lo sé). Unos no tienen voz más allá de la consigna precipitada, los otros acaparan micrófonos mediante consignas planificadas: de este modo se pretende estigmatizar las protestas como una bravuconada pos adolescente.

Desde La Habana me preguntan: ¿tienes algo más? Mi respuesta es que esto es sólo el principio. De momento me limito a plantear el problema, sin concretar excesivamente los argumentos que sostienen mi planteamiento. Considero necesario empezar con una reflexión que preceda a la avalancha de datos y pruebas que me servirán para demostrar que las protestas estudiantiles están plenamente justificadas: la Europa de las élites se está construyendo a espaldas de sus ciudadanos, como ha demostrado el proceso de concepción, gestación y parto (justo donde ahora nos encontramos) de la ley suprema o Constitución Europea (3), parto dificultado a día de hoy por la reciente negativa irlandesa. Pregúntense antes de que un servidor entre en materia: ¿podemos fiarnos del ‘plan Bolonia’ los que defendemos una educación pública universal y gratuita?

El que dude hoy, responderá ‘no’ de aquí a 7 días.

Notas:

(1) El más grande es el de Venecia.

(2) En este sentido, en el marco de la Conferencia Regional de Educación Superior de América Latina y el Caribe (CRES), celebrada del 4 al 6 de junio de 2008, en Cartagena de Indias (Colombia), se presentó un excelente trabajo de Lincoln Bizzozero y Javier Pablo Hermo, titulado “El AGCS y la educación superior“, en el que ponen de manifiesto la inequívoca existencia de corrientes mercantilistas que acechan a la educación, a pesar de que me tienta discrepar de algunos de sus puntos de vista sobre el origen de dichas corrientes pues, según comentan, resulta simplificador calificar a este desarrollo como proveniente únicamente de alguna agencia u organización (la OMC, por caso), o motorizado por algunas pocas y maquiavélicas corporaciones empeñadas en mercantilizar la educación. Por el contrario, que el tema aparezca con tanta fuerza en la agenda internacional actual es consecuencia de su creciente significación económica y ésta del rol del conocimiento en esta fase del desarrollo capitalista. Al final, quizás no sea descabellado considerar las tendencias mercantilistas que acosan a la educación como un problema estructural, lo que dejaría a los grandes empresarios como personajes que actúan sin maquiavelismos, alejados de perversas intenciones, y es que, ¡eso cuesta tanto de creer!; de ahí que me tiente discrepar.

(3) Recuerden el caso francés.

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