Que no he oído el discurso del Rey, de Su Majestad, quiero decir. Estaba a esa hora ocupado con un asuntillo de crucial importancia: considerar si la harina que había puesto en la sartén -una cucharada, ¿saben ustedes?- era suficiente para trabar la salsa del besugo, así que no andaba yo atento a este mensaje anual que, cada Navidad, nos envía España, a través de la majestuosa boca y la aterciopelada voz de nuestro Monarca. Además, no me voy a preocupar demasiado por leer lo que de él publiquen los medios. Sencillamente, me interesa poco. Por eso, tampoco voy a opinar sobre lo que dijo. Y además, voy a decir que me parece ciertamente patética la obsesión real que por estas fechas les entra siempre a aquellos que quieren destacar como el más repúblicano de entre los republicanos, y analizan palabra por palabra, silencio por silencio, coma por coma y, por supuesto, elemento por elemento de la escenografía, para tratar de llegar a la conclusión de que el mensaje anual del Rey es intolerable. No lo es. Nunca el discurso navideño del Rey será tal cosa, porque el Rey dice en estas ocasiones lo que tiene que decir la jefatura del estado, algo muy parecido, probablemente, salvo algunos matices, a lo que diría el presidente del la República, y, desde luego, lo que no hará es decir lo que esperan los republicanos que diga, ni lo que esperan los nacionalistas de todo color y condición, ni lo que esperan los sectores más duros del PP…  Igual que es patético el comportamiento de los periódicos de la derecha, que dedican sus portadas hoy a intentar convencernos de que el Rey perló su discurso de crípticas y ocultas referencias a lo mal que lo está haciendo el gobierno en todos lo ámbitos. No existen esas referencias, por la sencilla razón de que el discurso el Rey está revisado una y otra vez por el Gobierno.

Vamos, que me la pela lo que dijese el Rey, oigan ustedes.

Venga... meta ruido por ahí



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