IgnaicouriaUno se pasa media vida siendo alumno de diversos cursos y niveles. De todo su recorrido académico, pasados unos años, queda el recuerdo de dos o tres, cuatro profesores a lo sumo; cuatro profesores que, de una manera u otra han influido en uno. En mi caso, uno de esos profesores fue don Daniel, que me dio Literatura en COU. Era un tipo gris, con una cerrada barba oscura, aunque algo canosa, y escondía los ojos tras unas profundas gafas de miope y moldura de concha. No recuerdo especialmente sus clases, que debían ser aburridas. Se decía de él que escribía poesía, pero nunca nadie había leído nada suyo. El caso es que a Don Daniel le deben ustedes la existencia de este blog.

A ustedes les corresponde la decisión de pedirle cuentas por el desaguisado o de agradecerle el regalo, pero él fue quien me animó a escribir. Y lo hizo con una frase que dijo en clase, paraenseñarnos a hacer comentarios de texto, intentando impulsarnos a escribir lo que pensábamos del texto comentado, a expresar las ideas que nos suscitaba y no a seguir mecánicamente un esquema prefijado en algún manual que lo mismo valía para un texto revolucionario del XVIII que para un ironico soneto de Quevedo. Aquel día dijo una frase que creo que he recordado todas y cada una de las veces que me he sentado ante la pantalla o ante el folio en blanco para escribir: “si lo piensas, escríbelo, nunca es una tontería“. Al margen de lo equivocado de la proposición, y no hay más que mirar el archivo de este blog para comprobarlo, lo cierto es que la frasecita fue para mí un pistoletazo de salida: empecé a escribir lo me pasaba por la cabeza porque “nunca es una tontería“. Así que aquí tienen ustedes la razón de mi verborrea gráfica, que no necesariamente literaria.

Frecuentemente, por razón de mi trabajo, me he visto en la situación de tener que escribir un texto institucional, un bando, una declaración pública, un comunicado o una nota de prensa -alguna vez incluso un telegrama de condolencia- en el que se condena el último asesinato de ETA. Las primeras veces no era difícil. Las ideas, cuando se acaba de conocer que han descerrajado a sangre fría un tiro en la cabeza a alguien que tenía unos proyectos, que tenía una vida por delante, una familia, trabajo, ilusiones y esperanzas, salud… vienen casi solas, y se transforman en palabras ordenadas porobra y gracia de la ira. Tienes claro lo que tienes que decir y lo dices. A veces, el carácter institucional del texto que estás escribiendo te impide decir ciertas cosas, aunque quien tiene un blog, tiene un desahogo en estos casos. Pero cuando los muertos no son uno, ni dos, ni tres, cuando llevas ya muchos muertos, muchos concejales, muchos policías o guardias civiles, muchos ciudadanos asesinados a sangre fría por razón de no se sabe qué cosa, porque nada personal hay contra ellos, ni han hecho ninguna cosa de ningún tipo por lo que nadie se pueda sentir agraviado de ninguna manera hasta el punto de sentirse autorizado para quitarle la vida, entonces, empieza a costar cada vez más trabajo escribir. Aparece una especie de pereza literaria, intelectual y moral que no se puede combatir ni siquiera recordando la frase de don Daniel. No es que pienses que vas a decir una tontería. Es que piensas que lo que vas a decir no vale nada de tanto repetirlo, de tan poco efecto que ha tenido en ocasiones anteriores.

Incluso piensas -yo lo he pensado- que es una auténtica falta de respeto hacia la persona a la que acaban de asesinar, hacia su familia, hacia sus compañeros, que escribas algo, si lo que vas a escribir es prácticamente lo mismo -lo tienes guardado en tu disco duro- que escribiste para el cadáver anterior y sólo hay que cambiar cuatro datos personales, una referencia geográfica y un número cardinal que aumenta -tic, tac, tic, tac, tic, tac- de uno en uno cada dos o tres meses. Un muerto más. Y te preguntas: ¿y vale de algo que yo escriba esto? ¿Y vale de algo que a las doce salgamos a la calle quienes estamos en ese momento en el Ayuntamiento, presididos por el Alcalde y por los concejales, a estar unos minutos callados y romper el silencio con un aplauso patético -¿por qué aplaudimos a las personas asesinadas?- , mientras los cuatro periodistas que acuden hacen unas fotos que en nada se diferencian de las que se hicieron cuando salimos a condenar el asesinato del último guardia, del último concejal, del último ciudadano?

No he tenido que escribir nada sobre el asesinato de Ignacio Uría. Quizás mañana tenga que hacerlo. Quizás le toque a algún compañero. Saldremos a la plaza… ¿Valdrá para algo?

Pues vaya mierda, ¿no?

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