A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Camino de Bolonia, un camino largo y farragoso como pocos, me apetecería detenerme brevemente en Atenas, en Grecia o, por lo menos, en el espacio mental que he dedicado estos días a los incidentes protagonizados mayoritariamente por jóvenes que, de entrada, se movilizaban a causa la muerte de un chico de 15 años “a pistolas de la policía”. Creo que no es necesario (o no me apetece), al menos hoy, centrarme en denunciar el vergonzoso trato informativo que Falsimedia ha dedicado a esta crisis que hace temblar al gobierno griego y cuyos ecos retumban en este ajetreado continente nuestro. Recomiendo en dicho sentido la lectura de los dos artículos (uno y dos) publicados en Rebelión por Noemí Sobregués, situada en el ojo del huracán y atenta a las estratagemas de El País, vaya, un ejemplo más de que hoy en día la información que nos llega desde los grandes medios es inservible; pura propaganda del sistema contra los ciudadanos.

De esta crisis me interesa o me preocupa más la triste realidad que pudiere encerrar tras de sí. Permitidme despojarme de datos, de cifras, de enlaces abundantes y de sustento documental para limitarme a plasmar en estas líneas lo que pienso acerca del “levantamiento” griego. ¿La policía asesina a un joven (presuntamente si queréis, pero me temo que ya ha quedado claro que al chaval le dispararon de abajo a arriba, lo que descarta la teoría de la bala perdida o rebotada) y se organiza semejante percal? No puede ser. No se paraliza una capital como Atenas porque a un agente de la ley se le escape una bala, por muy fascista que sea el agente o por muy fascistas que sean las leyes (o las órdenes, pues ya puestos…) que le empujaron a disparar. En Grecia hay un caldo de cultivo más que evidente, un caldo alimentado por mareantes cifras de desempleo juvenil y, por no alargarme con el repaso, un enorme descontento social, rígida manera de hablar de la Precariedad, con mayúscula.

La Europa dominada, semiesclavizada, dependiente e “IN-FOR-MA-DA” por las élites, la Europa incapaz de pensar por sí misma, no puede rebelarse de modo espontáneo si no es porque ya no le queda mucho o nada que perder. Como decía recientemente James Petras, sociólogo estadounidense que sabe más de nosotros que nosotros mismos, es una enorme masa de jóvenes flotantes que no tienen un futuro en Grecia. Eso existe en Italia y, en menor grado pero aumentando, en España. Pero eso, las movilizaciones, no deberían alegrarnos tan alegremente a los que consideramos que vivimos en una despiadada dictadura, que en principio no asesina a sus ciudadanos masivamente ni reprime a la vista de todos, una dictadura que no acepta que le digan que NO y, como se observa en Irlanda, obliga a los ciudadanos respondones a votar hasta que digan que SÍ, una dictadura que trabaja para ella misma debatiendo, por ejemplo, la posibilidad de que se permita trabajar 65 horas semanales pues, así como las dictaduras tradicionales se agenciaban todo tipo de armas, dictaduras como la que padecemos en Europa se agencian legislaciones que beneficien al correspondiente dictador: el capital. Los que consideramos que vivimos en una dictadura deberíamos ver con preocupación las movilizaciones de los que ya no tienen esperanza, los que se han quedado sin nada, no porque deploremos dichas movilizaciones (al contrario), sino porque me temo que son movilizaciones ajenas a la convicción política necesaria para que de ellas surja algo constructivo.

Será que hoy me siento algo pesimista y melancólico, y no soy del todo consciente de que, como nos cuenta Noemí Sobregués desde Atenas, existen allí movimientos anarquistas, comunistas, de izquierdas y todo tipo de organizaciones y grupos más que concienciados, pero mis temores apuntan a que el grueso de la población que apoya y se suma a las movilizaciones lo hace por pura desesperación o por simple cabreo, como consecuencia de dificultades coyunturales, incapaces de entender el problema de fondo, que es claramente estructural. ¿Cuántos descontentos, e incluso, cuántos manifestantes de los que pululan por la capital griega o por aquel maravilloso país votaron el año pasado al gobierno conservador de Kostas Karamanlis? ¿Y cuántos apoyan o apoyaban hasta hace poco al presidente Karolos Papoulias, del Movimiento Socialista Panhelénico? ¿Cuántos votarían  hoy a la supuesta izquierda si se celebrasen elecciones?

¿Cuánto tiempo ha de durar? ¿Durante cuánto tiempo nos seguiremos conformando con esta dictadura mediático-capitalista que fomenta con fruición tristes valores como el individualismo exacerbado y el éxito o beneficio fulgurante? ¿Durante cuanto tiempo seguiremos reaccionando de forma racheada, con virulencia esporádica, en lugar de hacerlo con la serenidad y la convicción que sólo el raciocinio es capaz de otorgar? La esperanza está en el crecimiento y potenciación de esos movimientos alternativos concienciados, movimientos que han comprendido que las políticas de represión social, las políticas que se implementan en Europa, no dependen de las siglas de los partidos políticos afines al sistema, sino que son estructurales, que nos las han metido y meten dobladas porque cuando hemos dicho que no, nos han obligado a votar y a votar hasta que hemos dicho que sí porque, dicen que nosotros, Europa, somos el espejo democrático en el que el mundo debe mirarse.

Desde La Habana me preguntan: ¿cómo es posible que con tantas evidencias como hay la gente sólo se movilice cuando la golpean? Mi respuesta es que el sistema ha conseguido que a nivel político arraigue la más absoluta de las pasividades, y no sólo en Grecia. El sistema nos ha empujado a una profunda miopía política que nos impide ver más allá de nuestras narices mientras seguimos dando nuestro voto a los que lo defienden, porque no somos capaces de entender qué es lo que pasa, y nos enfadamos con los gobernantes porque las cosas van mal más o menos puntualmente, porque nos afectan en primera persona. La queja debería ser permanente y algo así es posible si se conocen los mecanismos de represión, si se comprende el funcionamiento antidemocrático de nuestra sociedad, de sus instituciones, pues hace tiempo que se las cedimos, si todos sabemos el porqué de la Precariedad y no nos limitamos a reaccionar como resortes alienados incapaces de pensar por nosotros mismos. De otro modo, nos dirijimos hacia una revolución violenta, que llegará el día en el que una mayoría no tenga nada que perder, aunque no entienda porqué llegó a esa situación.

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