EmbajadaVengo de la embajada rusa, de cobrar mis emolumentos, que, como no podía ser de otra forma, han resultado ser una rica variedad de productos gastronómicos rusos y españoles que he tenido ocasión de degustar en la propia legación, acompañado de mis compañeros y profesoras de la Fundación Alexander Pushkin, así como de la señora de Royo-Villanova, que me ha acompañado a tan magno evento. Rusia, como España, es una nación orgullosa de su idioma. No es para menos. Se trata de dos bellas lenguas que toda persona culta debía conocer, en detrimento del idioma ese de los monosílabos guturales e impronunciables que nos meten por las orejas desde pequeñitos, a pesar de que nadie nunca le ha encontrado utilidad alguna. Hemos disfrutado, en primer lugar de un espectáculo de variedades -circo, música y humor- magníficamente conducido y animado por el director de la Fundación, don Alexander Tchernosvitov, que ha hecho gala de un sentido del humor típicamente ruso, con un punto triste y otro punto ingénuo, e inesperado para aquellos de nosotros que tenemos de él la imagen de un señor habitualmente serio. Ha sido especialmente destacable, en mi opinión, la magnífica actuación del coro de la Fundación, compuesto por alumnos españoles que cantan en ruso como los mismos rusos. Después, hemos pasado a un amplio salón donde nos han ofrecido una variada cena ruso española. Había, por supuesto, vodka en cantidad, pero ya saben ustedes que yo soy abstemio.

Venga... meta ruido por ahí



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