Es un principio universal de sentido común que no tenemos obligación de vender gas -ni ninguna otra cosa, salvo caballos de Troya, pero éstos es mejor regalarlos para que cuelen- a nuestros enemigos. Ucrania amenaza con destruir la flota rusa en el Mar Negro, lo cual no es ciertamente muy amistoso. Ucrania y Polonia son dos países que no han dudado en ponerse al lado de Estados Unidos en su intento de dividir el continente europeo y de separar a los países de Europa Occidental de Rusia, y hasta permiten que su territorio sea utilizado por Estados Unidos -que se comporta como una especie de Hamás global- para instalar pelígrosísimos cohetes y misiles con los que atacar, llegado el caso, a Rusia.  Por eso, lo lógico es que Rusia tome buena nota y considere a ambos países más como sus enemigos que como sus adversarios, y no les venda nada que puedan necesitar. Entre otras cosas, el gas. Especialmente si pretenden aprovechar de manera ventajista –como está haciendo Ucrania– el apoyo que tiene de los Estados Unidos, para sacar el gas a un precio que no es el suyo, amenazando además, con robarlo -en caso de que no haya finalmente a un acuerdo- del que Rusia manda a Europa. A pesar de todo esto, Rusia es consciente de la situación de Ucrania, y de la necesidad que tiene su población civil del gas para no ser diezmada por el invierno, y por eso mantiene abiertas las negociaciones con un país que es extremadamente hostil, algo que no harían Estados Unidos y mucho menos Israel -por citar dos ejemplos- con sus enemigos, si tuvieran sobre ellos la capacidad que tiene Rusia estos días sobre la antipática Ucrania.

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