Los cargos políticos vienen y van. El mío se ha ido. En los últimos años, el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid se ha convertido en referencia en la Comunidad de Madrid cuando se habla de comunicación institucional, quitándole sin duda el puesto a Alcobendas, que había sido la referencia obligada y tradicional. Ello ha sido, en una parte muy importante, gracias a mi trabajo. Yo inicié hace ocho años la metamorfosis de un gabinete de prensa esclerotizado en la propaganda partidista hacia un gabinete de comunicación que traslada el protagonismo de los políticos a la ciudad y a  sus habitantes como la mejor muestra de que el gobierno municipal hace las cosas bien, y prácticamente toda la plantilla del gabinete ha entrado de mi mano. En los dos últimos años, he dedicado buena parte de mi trabajo a intentar dar un paso más en la comunicación institucional del Ayuntamiento de Rivas: su desembarco en la red, que no consiste sólo en tener una bonita web. He de decir, con cierta desilusión, que no he conseguido hacer entender a mi jefe la importancia de esa tarea, una tarea que ven como prioritaria organizaciones, instituciones, partidos (y 2) y empresas de primer orden. Mi jefe ha debido de pensar que se trataba de un empeño personal mío, de una especie de capricho, y que dedicarle demasiado tiempo a ello es lo mismo que perderlo.

No quiero irme de Rivas sin mencionar a algunas personas con las que me ha encantado trabajar estos años: Fausto Fernández, con quien he compartido durante casi tres años tardes hasta el anochecer en la Tenencia de Alcaldía, junto a José Ramón Martínez Perea, cabezabuque vocacional, trabajador incansable y sólo un poquito más sectario que yo, y Alfredo Pelegrín, uno de los hombres mejor informados y más delgados (más incluso que yo, que ya es sorprendente) de Rivas. Trabajar con ellos fue realmente muy divertido. Raúl, sin lugar a dudas el mejor de todos nosotros, y envidioso de que mi ración de lubina fuera mayor que la suya, además de maestro del cocido que espero seguir comiendo de vez en cuando. Y Marijuli, su señora, pendiente siempre de que a nadie se le pase el pago de la cuota, generosa con la lubina, y padres ambos de Tania, mi mejor amiga en Rivas. Y no quiero olvidar a José Luis, de quien tanto he aprendido estos años, ni a Juanma, que me ha defendido, con evidente poco éxito, ni a Marcos, el concejal 2.0 platónico, o a Periko, un chaval que hace nada gateaba y que ha estado a punto de llevarse una bronca mal adjudicada.

Esther y Luisa han sido protagonistas de buena parte de mi vida durante muchos años. Y sin Esther, quizás hubiera entrado en la categoría de “prescindible”  mucho antes. Por cierto, Esther, como soy así, nunca te he dicho que te quiero mucho, pero te lo digo ahora: te quiero mucho. ¡Qué bien digo siempre las cosas, y qué a tiempo! No puedo dejar de citar aquí a Nacho y a Conchi, tan viajados ellos, ni a don Emilio, a quien me hubiera gustado haber tenido tiempo para conocer mejor. Y a Montse, tan calladita. Incluso a quienes se supone que no eran de “los míos”, como Sira, que me ha tratado siempre con cariño. A Maricarmen y a Asun, siempre pendientes de que no perdiera el taxi, y al taxista, díscolo, impertinente, contestón y remolón con la manía esa de no ponerse la gorra. A Fernando Rojas, paganini de muchos de mis cafés (con tres porras) de primerísima hora.

La impresora tendrá que agradecer a las aplicadas Natalia, Flor y Teresa, que la hayan salvado en más de una ocasión de mis fundados ataques de ira. No puedo dejar de citar a Maribel, que nos traicionó y se fue a desiertos lejanos; ni a don Roberto, que ha demostrado ser un señor en estos años en que hemos trabajado juntos en circunstancias difíciles para él;  ni a Eva, a la que todavía niego el saludo, porque soy muy rencoroso y un poco teatrero; ni a don Gerardo, a don Eduardo, a don Luis Altares y a don Alejandro Castro, que siempre me han ayudado en todo lo que les he pedido; o a Manuel, mi faro por los procelosos y aburridos mares de la contratación pública. O a Patricia, la aplicada encargada de poner obstáculos en el camino, y de explicar cómo quitarlos después. A Ernesto, a Ricardo II, a Santiago Anes, a Yaiza García, a Pedro García Batalla, a Paco Gómez y, sobre todo, a Ana Reboiro y a José Gómez. A Fernando y a Jaime, los polis buenos, y a Geluca, la poli mala. Y a Currito, -que ahora le ha dado por besarme en la calle Alberto Aguilera, que tiene narices el asunto- y a su padre, don Rafael García Almazán, y a Leire, y a Carmen, y a Sergio. Y a esta chiquita que no recuerdo cómo se llamaba… ¡ah, sí, Sofía Loren! Y a don Romenauer. Y a Gabi, siempre agobiado con sus cosas. Y a Abril, que ya sabe que la respuesta es siempre un rotundo no.

Gracias a Rivas he conocido a Natalio, a Claudio y a Gabriela, fantásticos para cualquier cosa que se le ocurra hacer a usted. Lo hacen todo. Y a Pelu, que es capaz de encontrar el papel más barato del mundo para imprimirlo con la tinta más barata del mundo en la rotativa más barata del mundo, y todo ello para ayer, y sin rechistar. O a don Antonio, que maqueta octavillas en sonetos, si se pone. Y además, fue de la Liga, como casi todo el mundo. A Juan Manuel del Castillo, Ángel Poveda, Francisco Mayoral, Natalia Lanza, Pedro, Inés Zabalza y Juanjo del Pozo, que tanto especularon hace ocho años con los meses que duraría en el cargo, vista la experiencia de mis escuetos predecesores… Y a José Manuel, al otro José Manuel, a Fabio, a Gonzalo, a Miquel, a Domingo Diago,  Domingo Mir, a don Emiliano Sánchez Llorente y a Paloma, su amable y eficaz secretaria, a Cesar Santana, a Alfons y a Albert, que han aguantado mis intermitencias, y seguro que me dejo a gente en el tintero… Les pido disculpas.

Ya ven ustedes. Éste ha sido mi tesoro durante los ocho años anteriores. Un tesoro que me obligará ya toda mi vida a recordar a Rivas con el mismo cariño con el que recuerdo a Valladolid, dos ciudades en las que he sido muy feliz, en las que espero seguir siéndolo, y en las que he conocido a mis amigos y a mis maestros.

Se me olvidaba: no sé si les he dicho ya que busco trabajo.

Venga... meta ruido por ahí