Se ha hablado, y mucho, aquí y en otros lugares, sobre Gaza. De sobra es conocida por quienes transitan por las calles y avenidas moscovitas mi simpatía por Hamas, en la medida en que es la única organización palestina que planta cara -con las armas en la mano, que es como únicamente se pueden plantar cara a estas cosas- al bloqueo y a la ocupación ilegal y criminal de Israel, que, como saben todos ustedes, es en mi opinión un estado que no tiene derecho a existir. Ambas cosas las he explicado sobradamente, y quien quiera manipularlas aquí, sin leer lo dicho por mí antes, para asegurarse de qué es lo que quiero decir, es muy libre de hacerlo. Para eso vivimos en una democracia ejemplar salvada de la quema por el mismísimo Rey Juan Carlos, según pudimos saber por la miniserie estrenada ayer en La 1 de TVE, cuyo guionista, por cierto, deja a la pobre Victoria Prego en una ultra antimonárquica y extremadamente crítica con la transición.

Dirán ustedes que en Gaza hay cosas más importantes que hacer que preocuparse por un zoológico. Y yo les respondería que también tendría el ejército israelí objetivos más importantes y peligrosos que destruir en Gaza, porque este zoológico no se destruyó de manera casual, ni por accidente, sino que fue buscado por los atacantes, a pesar de que allí no había nadie durante aquellos días, salvo los animales encerrados, impotentes y aterrorizados. Incluso los soldados israelíes estuvieron allí y se llevaron los discos duros de los ordenadores, según relata sorprendido su guarda.

No sé. Quizás el problema no sea el zoológico de Gaza, sino los zoológicos en general, que crean situaciones sin salida, en las que los animales se ven embutidos artificialmente en la sociedad humana, una sociedad a la que no pertenecen, pero cuyas consecuencias tienen que padecer.

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