bocataDesde hace unos años, ya no voy al cine. Voy al Palafox, que es un un cinematógrafo que hay muy cerquita de mi casa al que la gente leída, instruída y sensible como el que firma estas líneas, se acerca con cierta regularidad al objeto de  degustar una de las joyas de la gastronomía madrileña: las inexplicablemente poco conocidas palomitas dulces del Palafox. Ayer, una señora con la que coincidí en la cola para comprar las tales prodigiosas palomitas, se manifestó totalmente de acuerdo conmigo en esta opinión, aunque cometió la excentricidad de pedir un paquete pequeño de tan rico manjar.

Si quiere, puede usted disfrutar de sus palomitas dulces viendo una película, aunque también puede intentar convencer al señor de la puerta de que le deje entrar sólo a comprar el preciado condumio, y consumirlas mientras pasea por la cercana Glorieta de Bilbao. Ayer mis parientes y yo decidimos entrar en el cine a ver una película. El cine cuesta siete  euros, y las palomitas, con el agua, unos cuatro. Casi se paga lo mismo por ambas cosas, por lo que es un poco incomprensible la actitud de ciertos sujetos que acuden casi siempre solos a ver las películas y que se empeñan en pedir silencio con impertinentes chistos, cuando uno -ilusionado ante el incuestionable placer que se le avecina- muerde una palomita. Es gente amargada, solitaria, enjuta, y después de ver la película se reúnen entre ellos en antros oscuros y hablan de planos, contraplanos, obras maestras, nombran a artistas y directores sólo por el apellido, y denostan a don Paco Martínez Soria, compitiendo entre ellos a ver quien dice la mayor barbaridad del afamado actor aragonés. El caso es que ayer, entre las protestas de dos de estos vampiros, me comí un pozal de ricas palomitas dulces, abigarradas y pegadas entre ellas con el rico caramelo haciendo de cemento, churruscantes, un pelín empalagosas… Comprendan ustedes que termine este párrafo con un lúbrico ¡slurp!

Vimos Valquiria, por cierto, una película que no sé si será buena o no, porque yo no soy cinéfilo, y tampoco les sé decir cosas raras sobre ella, pero lo que sí les aseguro es que si van a verla, estarán en tensión todo el rato, desde el principio, y además, saldrán del cine cansados tanto física como psicológicamente.

A la salida, ya en la calle, mientras el sector femenino de la expedición hacía cola en ese lugar en el que las niñas, las señoras y las señoritas siempre hacen cola por razones que se me escapan, el sector masculino preparó -influídos tal vez por la película que habíamos visto- una trama secreta para cenar en El Brillante de la calle Eloy Gonzalo, templo madrileño de los bocadillos, las fritangas, los pollos asados y los ricos zarajos de Cuenca. Inesperadamente, la trama tuvo éxito, y acabamos comiéndonos cuatro ricos bocadillos de calamares –¡un veinteeeeeeeeee!-, uno de los cuales comparece ante ustedes sobre estas líneas, en el preciso segundo en que estaba a punto de fundirse conmigo en un solo ser. Y de no haber estado sin hambre como consecuencia de la ingesta de palomitas, habría engullido también un pincho de bacalao y un zarajo de Cuenca, acompañado todo ello por unas patatas bravas y una ración de oreja a la plancha, con picante, por supuesto… Y es que ya no es uno el que era, ¿saben ustedes?

Magnífica tarde de sábado, ya ven ustedes, en la que tuve ocasión de disfrutar de dos auténticas joyas de la gastronomía madrileña, muy superiores ambas a ese pilpil engordado con maizena que hacen en Bilbao y alrededores.

Y ya otro día, les hablo del Imperio. O de Ananías.

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