A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Las injusticias se deben hacer todas a la vez a fin de que, por gustarlas menos, hagan menos daño, mientras que los favores se deben hacer poco a poco con el objetivo de que se saboreen mejor.

Uno de los factores políticos determinantes de nuestro tiempo es el adecuado y oportuno uso de la crueldad por parte de los dirigentes que ansían prevalecer (prestar atención a la última frase del primer párrafo del discurso), tanto ellos como el estado al que representan. Naomi Klein (1) deja nos ha hablado de la necesidad del shock para los que desean subvertir la voluntad de aquellos pueblos amenazados por fuerzas superiores a sus capacidades defensivas. El shock paraliza los mecanismos mentales de los que dependen la reacción de aquéllos sometidos al mismo. Como consecuencia de un shock de este tipo se abren las puertas a transformaciones sociales controvertidas, impopulares y despiadadas. Naomi Klein, en definitiva, ha destapado el entramado que subyace bajo lo que denomina “capitalismo del desastre”.

Dejemos de lado el debate sobre si las sociedades Iraquí y Afgana vivían en libertad (probablemente fuesen más libres que ahora, aun con Sadam y los talibanes respectivamente). Lo importante es comprender dos casos en los que se ha materializado la doctrina descrita por Naomi Klein. Dos países sometidos por la fuerza, desde la mentira, desde el abuso de poder, pero, ¿no es evidente que el imperio, el que ha sometido brutalmente a estos dos países, se ha servido de esos tres recursos de forma simultánea?

Es  necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad.

El líder del imperio entiende que la bondad debe ser dosificada y, por muy esporádica que pueda llegar a ser, precisa que dicha bondad sea entendida como procedimiento único o, al menos, característico de su personalidad. Se puede ser absolutamente malo y ser percibido como absolutamente bueno. Es una mera cuestión de imagen. Cuando la imagen cala en la opinión pública, el líder puede dedicarse a usarla o no usarla en función de sus necesidades. La crueldad será, por lo general, el método escogido para dar salida a la negación de la bondad.

La experiencia muestra en nuestro tiempo que quienes han hecho grandes cosas han sido los  príncipes que han tenido pocos miramientos hacia sus propias promesas.

Hace tiempo que la mentira está institucionalizada. Mentir es a los políticos como quemar es al fuego y, así como existen materiales ignífugos que nos protegen de éste, no parece tan claro que la opinión pública pueda ser puesta a salvo de las mentiras de sus políticos. Esto lo demuestran las actitudes de los modernos gobernantes, que mienten a sabiendas de que sus mentiras son conocidas,  y a pesar de eso siguen mintiendo con absoluta tranquilidad porque tienen garantizado el mantenimiento de sus prerrogativas administrativas, de su poder, porque los súbditos no se enteran o porque, sencillamente, les caen bien los mentirosos.

La experiencia muestra en nuestro tiempo que quienes han hecho grandes cosas han sido los  príncipes que han tenido pocos miramientos hacia sus propias promesas.

El hecho de que la mentira esté institucionalizada debería hacernos recapacitar. ¿No sería conveniente considerar positivamente la mentira? Costaría entender la contradicción ética ante la que nos sitúa esta pregunta si no fuese porque la mentira va de la mano de la hipocresía, pues son precisamente hipócritas los que mienten sin importarles que se conozcan sus mentiras. Por otro lado, hay mentirosos que tratan de esconder el fruto de su condición y aun ellos pasan por su propio calvario pues, a remolque del dicho, se les coje antes que a los cojos.

(…) existen dos formas de combatir: la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda, de las bestias; pero como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar correctamente la bestia y el hombre.

La historia nos enseña que en determinados periodos la bestia pudo con el hombre, mientras que en otros sucedió al contrario. No son este tipo de afirmaciones las que buscan adivinar las características del futuro gobernante, sino que se limitan a retratar acontecimientos pretéritos, a transmitir la voz de la experiencia como base de futuras especulaciones.

Hay, además, tres clases de inteligencias: la primera comprende las cosas por sí mismas, la segunda es capaz de evaluar lo que otro comprende y la tercera no comprende ni por sí misma no por medio de los demás. La primera es superior, la segunda excelente, la tercera inútil.

Desde La Habana me preguntan: ¿cual de nuestros príncipes responde a cada una de estas tres categorías? Mi respuesta es que si tomamos el ejemplo de las Azores, Tony Blair sería el más peligroso de los tres, pues se trata de un personaje capaz de comprender la realidad de su tiempo y las consecuencias de sus acciones; sería un personaje auténticamente maquiavélico. Jose Mª Aznar respondería al segundo caso, incapaz de comprender por sí mismo los fundamentos de la realidad; sería un personaje mediocre. George W. Bush evidenciaría su incapacidad para el entendimiento, sin más; sería un personaje incapaz, a secas. No olvidemos, como nos dice Domenico Losurdo (2), citando a Levi Strauss:

Gusta bastante reprocharle al Islam la ausencia de una verdadera etapa ilustrada, de no ser porque precisamente la Ilustración es para Strauss uno de los blancos privilegiados de la polémica: “La ilustración –lucus a non lucendo– comienza con Maquiavelo”, ese gran maestro de la Blasfemia.

Notas:

Todas las citas, excepto (2), pertenecen a “El Príncipe” de Nicolas Maquiavelo (traduccción de Miguel Ángel Granada). Taschen, 2008.

(1) En su libro “La doctrina del Shock”.

(2) “El lenguaje del imperio” (p. 53-54). Escolar y Mayo Editores, 2008.

Venga... meta ruido por ahí



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