Quizás sea un ramalazo machista, consciente o inconsciente, pero frecuentemente –vamos, casi siempre- cuando leo textos o manifiestos feministas, no puedo evitar la sensación de que se me está culpabilizando de algo que no es responsabilidad mía, sino de mis antepasados, de algo que yo creo que personalmente tengo superado, aunque admito la posibilidad de que una educación que en mi generación no ha sido aún más que tímida y formalmente igualitaria, y contra la que me he rebelado en ésta y en otras de sus facetas más siniestras, pueda haber dejado unos rastros que –con mayor o menor éxito- trato de combatir cuando identifico. De esto era de lo que hablaba en las respuestas que le dí la semana pasada a doña Sira, fundamentalmente: de la actitud culpabilizadora que muchas veces tienen los discursos feministas, y no tanto de un desacuerdo en cuestiones de fondo.

Pero no sólo denuncia. El manifiesto plantea algo que en mi opinión es muy interesante, y que yo no había pensado hasta ahora, lo cual, probablemente, habla bastante de mi ignorancia: la desigualdad y la marginación contribuyen a que la crisis sea más pesada y más difícil de superar, y la igualdad de género, real y no sólo formal, es condición indispensable para un desarrollo equilibrado y sostenible:

No son razones económicas las de nuestra marginación; al contrario, es precisamente esa marginación la frivolidad que la economía y la sociedad no se pueden permitir. El modelo de familia ‘sustentador masculino/esposa dependiente’ se ha revelado como una trampa para las mujeres y para todas las personas. Más aún, está demostrado que en todo el mundo el acceso de las mujeres a la educación, al empleo y a los ingresos, impulsa enormemente el bienestar de las familias y el desarrollo de los países. La igualdad de género es clave para aprovechar el capital humano de las mujeres y el potencial cuidador de los hombres; para el buen funcionamiento de los mercados de trabajo y de las Administraciones Públicas; para el cambio a un modelo tecnológicamente avanzado; para una mejor organización de la producción que no se base en la especialización de las mujeres en el trabajo doméstico; para combatir la superpoblación, el envejecimiento poblacional y la pobreza en todo el mundo; para el mantenimiento del medio ambiente. En definitiva, la igualdad de género es crucial para el cambio a un desarrollo mundial equilibrado y sostenible.

Y finalmente el manifiesto propone toda una batería de iniciativa concretas destinadas a introducir la equidad de género en el fomento del empleo y en la protección de desempleo, así como en la protección social general y en los derechos fundamentales; propone también la puesta en marcha de un plan integral de de servicios públicos y una reforma del sistema de impuestos u sociedades que contribuya a un cambio hacia una sociedad en la que el papel de las personas como sustentadoras o como cuidadoras no se decida en función de cuestiones de género y además, no sólo no suponga la creación de una barrera social, sino que sea la base de un sector económico competitivo.

Esto último es precisamente lo que me ha llamado la atención del manifiesto.

Venga... meta ruido por ahí



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