A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Somos víctimas de la inmediatez, de la respuesta inmediata, de la reacción surgida de las entrañas antes que de nuestra propia cabeza. La sumisión a la inmediatez es, quizás, uno de los grandes dramas de nuestra sociedad, una lacra ampliamente extendida, tristemente común. La inmediatez es el desprecio de la historia, el rechazo de los fundamentos, de las trayectorias, de las tradiciones en el sentido más pedagógico que éstas poseen. La inmediatez no está para rollos, pasa de las bases, menosprecia las hemerotecas y se muestra especialmente antagónica ante el reposo que las buenas reflexiones merecen. Somos carne de inmediatez y sólo hay que prestar un poco de atención para entenderlo.

Tras los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001, y tras haber invadido Afganistán con la excusa de la caza y captura de Bin Laden, sostenida en un trasfondo tan esencialista como etnocéntrico y oportunista de desprecio hacia los talibanes, la coalición liderada por el imperio y babeada por nuestro líder, el del bigote, proyectó, justificó y ejecutó la invasión y posterior guerra de Irak en base a la existencia de armas de destrucción masiva. El tiempo dio la razón a Hans Blix, jefe de inspectores de la ONU, pues nunca hallaron indicios de que tales armas existiesen. Aquella guerra se llevó a cabo, y todavía continúa tras más de un millón de muertos, sin que se hayan descubierto dichas armas. Casi todos los líderes responsables de la misma han reconocido que no habían armas pero, aun y así, tengo claro que la inmediatez ha jugado o podría haber jugado un papel determinante si las armas hubieran aparecido. ¿Habría estado justificada la guerra si se hubiese descubierto que Saddam poseía armas de destrucción masiva? En absoluto lo hubiera estado, y esa fue siempre mi preocupación, porque el hipotético descubrimiento de dichas armas habría significado un fenomenal chute de inmediatez para nuestras sociedades, que probablemente habrían quedado paralizadas al ver como el argumento principal para negarse a la guerra se rompía en pedazos.

En estos días de crisis económica la inmediatez ya no juega su papel agazapada, como sucedió en el caso de la justificación de la guerra de Irak. Recientemente hemos asistido al escándalo protagonizado por los directivos de varias empresas que, a pesar de la coyuntura económica mundial, han cobrado abultadas comisiones, millonarios incentivos. La inmediatez nos ha llevado a la indignación. ¿Cómo es posible que, tal y como están las cosas, algunos desaprensivos se llenen los bolsillos de forma harto pornográfica? Hasta Obama ha golpeado encima de la mesa para decir que no hay derecho. De repente, víctimas de la inmediatez, nos subimos por las paredes ante los excesos de algunos, ante el despilfarro de tantos, ante la cara dura de los que exhiben su riqueza sin complejos. Se trata de una indignación fruto de la inmediatez. ¿Por qué nos sorprenden ahora los excesos del capitalismo? ¿Dónde hemos estado todos estos años de locura neoliberal? ¿O es que no hemos visto enriquecerse a ciertos personajes de forma absolutamente desproporcionada y escandalosa durante lustros? ¿Nadie había oído hablar en todos estos años de las stock options, de las indemnizaciones millonarias, de las comisiones extraordinarias o de los sobresueldos? ¿Se ha vuelto malo de repente el capitalismo? ¿Por qué hemos tardado tanto en indignarnos? La inmediatez nos ciega, elimina posibles referencias criticables, borra trayectorias meridianamente reprobables, nos convierte en carne de cañón desarmada, pues nos hemos deshecho de las armas más poderosas y eficaces contra la inmediatez: la crítica sostenida y la reflexión permanente.

Se habla estos días de que Joan Saura, líder de ICV, se ha quemado, está quemado. Los incidentes protagonizados por Mossos de Esquadra contra estudiantes en el centro de Barcelona han puesto en el punto de mira al Conseller de Interior, cabeza más visible de un partido que se autodenomina “d’esquerres de debó”, un partido que pregona su ecologismo, su feminismo y sus valores de izquierda, aparentemente insobornables. Por no hablar del rector de la UB, el impresentable (absolutamente chamuscado ya, tras pocos meses en el cargo) que prendió la mecha. Es obvio que Saura está quemado. Para mí, ICV está quemado como proyecto político, salvo que se sometiese a una profunda renovación que recondujese la deriva seguida por sus líderes durante los últimos años. Porque Saura no se quemó la semana pasada, como suponen las víctimas de la inmediatez. Saura estaba “ben rostit” desde no mucho después de, como mínimo, haber firmado los acuerdos que llevaron al Tripartit al poder en Catalunya. Joan Saura, de forma paralela a la trayectoria de la IU liderada por Gaspar Llamazares, ha ofrecido su apoyo incondicional a la falsa izquierda con sede central en la calle Ferraz de Madrid, la falsa izquierda que retira tropas de un país, vanagloriándose de ello, para enviarlas a otro país con la patética excusa de la “intervención humanitaria” (hasta el lenguaje han pervertido), la falsa izquierda cuyas políticas económicas y sociales apenas se diferencian de la extrema derecha que durante 8 años gobernó el estado español. Las recientes cargas de los mossos contra los estudiantes no han sido más que puntillas, un canto a la inmediatez que muchos parecían estar esperando para convencerse de la falsa condición izquierdista de cierto líder, la confirmación más descarnada de que algunos no son lo que eran o, mejor dicho, algunos no son lo que decían ser.

Desde La Habana me preguntan: ¿defendió alguna vez este político a los estudiantes? Para encontrar una buena respuesta a esta pregunta recomiendo empezar con la lectura de la intervención de Joan Saura en la Comisión de Justicia e Interior del Congreso de los Diputados el 18 de enero de 1999, a raíz de otra carga policial, más grave si cabe, de la Policía Nacional en la Universitat Autònoma de Barcelona. Abran el documento que les acabo de enlazar y diríjanse a la página 5 (17647), a partir de la mitad inferior de la columna derecha, donde inicia su intervención el señor Saura Laporta, del que estos días hemos visto su reverso tenebroso. Léanla y entenderán porqué debe dimitir inmediatamente aunque, libres de inmediatez, algunos consideremos que debería haber dimitido hace mucho tiempo.

NOTA DE DON RICARDO: Ni que decir tiene que la opinión que refleja esta entrada es única y exclusivamente la de don Lucien, y en ningún caso la mía. El acuerdo que tengo con los sátrapas cubanos, que pagan generosos estipendios a don Lucien por estas insidiosas columnas, me obliga a publicar la entrada, pero con mucho gusto la habría arrugado, y la habría arrojado con desprecio a la papelera… En fin, la manía burguesa de la libertad de expresión.

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