ibaLa derecha española odia a Ibarretxe simplemente porque es vasco y no español. Yo, que soy mucho más listo que toda la derecha española junta, no odio a Ibarretxe, pero le desprecio soberanamante, que es lo que se merecen los idiotas. Ha dicho esta mañana el lehendakari en funciones una de esas soberanas tonterías a que nos tiene acostumbrados este hombre -que sin duda pasará a la historia como uno de los políticos más bobos de la historia contemporánea española, que “por una patria se puede morir pero no se puede matar“. Y se ha quedado tan ancho. No hace falta analizar mucho la frase para darse cuenta de que Ibarretxe, llegado el caso, mataría por su patria, o quizás mandaría hacerlo, para no estropearse la corbata. Y da miedo, porque es una frase redonda, un argumento que se alimenta a sí mismo: por cada persona que muere por su patria, hay otra persona que mata por la suya. Si Ibarretxe acepta que moriría por su patria -entiendo que es una afirmación retórica que se refiere a los otros y no a él mismo- acepta necesariamente que un gudari de otra patria -quizás de la despreciable patria española- le mate a él. Necesariamente, estar dispuesto a morir por la patria supone aceptar matar por la patria. Otra cosa es que se sea tan cobarde que no se esté disupuesto ni una cosa ni a la otra. Pero sin matarife no hay víctima; son dos partes que se necesitan la una a la otra. El nacionalismo es algo sumamente despreciable, porque llegado el momento, se pone por delante de la vida humana algo sobrenatural como es la nación. Y el reparto de papeles, buenos y malos es tan terriblemente subjetivo como que sea de los tuyos o de los otros. Si un vasco mata por su patria a un español que muere por la suya, es un heóico gurari. Si en cambio es un español el que mata por su patria a un vasco, que en el mismo acto muere por su patria, entonces el español es un txacurra. Y vale al revés. El vasco que por su patria mata a un español que muere por la suya, es un terrorista, pero si el que muere por la patria es el vasco a manos de un español que mata por su patria, entonces, este último se convierte en un heróico defensor del estado de derecho. Odio a los nacionalistas. Si se murieran todos, no tendríamos que andarnos con estos juegos de palabras.

Venga... meta ruido por ahí



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