hecobrado

Esta tarde, señoras y señores amigas y amigos mías y míos, me he pasado por el Kremlin al objeto de reclamar mis bien merecidos honorarios, con sus correpondientes atrasos y cualquier otro emolumento que me pudiera corresponder, cosa que ha sido atendida con la mayor diligencia y me ha sido abonada la parte alícuota del oro de Moscú por los servicios prestados a lo largo de los últimos cuatro años. Ya ven ustedes que el trabajo bien hecho siempre tiene su recompensa.

Les dejo, no sin aclararles a ustedes que en estos pocos días que llevo en Moscú, en que, por cierto, he tenido ocasión de tratar con moscovitas de carne y hueso, me llevo una impresión algo inesperada. La que fuera capital del mundo libre es hoy capital del caos y el desorden, y curiosamente, me da la impresión de que aquellas personas con las que por inquietudes, estilo de vida y formación más me identifico no hacen un balance precisamente bueno de los cambios que se iniciaron en Rusia con la perestroika, mientras que aquellas otras personas que me resultan no sólo lejanas y antipáticas, sino que estaría tentado de calificar de auténtica gentuza, están, en cambio bien satisfechos.  Y ahí lo dejo, de momento, que tengo obligaciones que atender.

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