A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Me gustaría hablar de la IRG (Insuficiencia Racional Grave) que padece buena parte de nuestra sociedad, pero sin ánimo prepotente, intencionadamente ajeno a posibles acusaciones de antipáticos elitismos que, supuestamente, pudieren derivarse de una interpretación precipitada de mis intenciones. Advierto que no me interesa tanto averiguar si la IRG es debida al innegable y no poco extendido analfabetismo político de buena parte de los ciudadanos con nos rodean o a una suerte de profunda incapacidad neuronal de muchos de ellos. En este segundo caso, y sirva como advertencia para los que ansían precipitar un juicio sobre mí, debo aclarar que asociaría la incapacidad neuronal a un mecanismo mental que se limita a conjugar la severa tozudez argumentativa de los que niegan sistemáticamente evidencias que rompen sus pétreos esquemas racionales con la degeneración moral propia de los que no quieren entender bajo ningún concepto hasta el más lúcido de los argumentos, lo que tan solo significa que está correctamente expuesto, más allá de su condición de verdad.

Si triunfa ese golpe, tendría usted un gobierno de extrema derecha y la prueba palmaria de que usted notaría la diferencia es que, NI DE COÑA SE PONDRÍA A DECIR LO QUE DICE EN ESTE BLOG.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos en los que la represión, el fascismo y el totalitarismo de estado se han metamorfoseado para aparentar un perfil moderado, vagamente inocuo, aparentemente inofensivo. Hasta uno puede decir lo que quiera en blogs como éste, siempre que no me meta mucho con el Rey. Se puede acusar de IRG a personas que, como el comentarista del que he tomado esa frase, han afirmado algo razonable y que seguramente sería cierto en caso de que la hipótesis que planteaba se hubiese podido materializar. ¿Cómo es posible entonces?, se preguntarán algunas y algunos; ¿desde que perturbada luminaria se puede censurar al que realiza un enunciado razonable como protagonista de una IRG? ¿Acaso es insuficiente la racionalidad inherente a un enunciado razonable? Permítanme explicarles los fundamentos de mis duras acusaciones, que considero plausibles, certeras y ajustadas a la realidad; faltaría más.

Un servidor cataloga al expresidente del gobierno español como a un genuino representante de la extrema derecha, un elemento peligroso, un fascista radicalmente escorado hacia tesis e ideologías recalcitrantes, un verdadero despojo fecal del ámbito político. Repentinamente, un comentarista que presume de trayectoria o relación con el mundo sindical de principios de los años 80 intenta saltar a mi yugular porque considera que si de extrema derecha hablamos, sería más indicado señalar a los golpistas que, como Tejero o Milans del Bosch, intentaron subvertir el orden constitucional patrio. Recuerdo que estos señores nunca cumplieron completamente las penas por las que fueron condenados y, por si fuera poco, cobran la pensión máxima que reconoce la Dirección General de las Clases Pasivas.

Pero no es por ahí por donde quería plantear una odiosa comparación. Quiero hablar de la muerte, del crimen organizado, de los crímenes de lesa humanidad, para que hagamos todos una reflexión sobre lo que significa la extrema derecha y, por qué no, de la vacuidad de dicha catalogación, pues no hace falta estar adscrito en ese magma político para ser un criminal despreciable. Hablemos de muerte, más allá de izquierdas o derechas:

Todos los presidentes de los EEUU desde principios del s.XX (por no remontarme más atrás) deberían haber pasado por un tribunal que les juzgase como responsables últimos de gravísimos crímenes de lesa humanidad. Nadie se salva: todos ellos, desde Theodore Roosevelt hasta G.W Bush, han fomentado gravísimos crímenes, pero no parece que la opinión pública reserve espacios como el de la “extrema derecha” para esos presidentes como sí le son reservados a elementos como Pinochet, Franco u otros dictadores fascistas.

Pensemos en la década de los 80. Por un lado un dictador fascista, un militar despreciable que suscita pocas divergencias más allá de sus allegados o fanáticos incondicionales: Augusto Pinochet. Por otro lado, un presidente que procedía del mundo de la farándula, un actor mediocre que llegó a liderar al mayor imperio de nuestro tiempo: Ronald Reagan. El del bigote chileno, un facha de tomo y lomo desde su genuina planta, frente al glamour hollywoodiense del marido de Nancy, un demócrata muy republicano, claro. ¿Se han detenido alguna vez a pensar en el dolor causado por uno y por otro? El pobre Augusto, no pequemos de IRG, apenas cometió algunos excesos insignificantes al lado del mandamás estadounidense. Los dictadores modernos hacen todo aquello que está en su mano para que los personalísimos intereses que les sirven de guía sean más voluminosos y llamativos, en medio del ruido mediático, que el dolor causado durante la búsqueda de los mismos. Los demócratas más poderosos disfrazan sus terribles crímenes de etéreos intereses que pretenden universalizar, convierten el dolor ajeno en causa de justicia y asientan sus valores inmutables y prepotentes a golpe de genocidio.

En uno de esos genocidios que últimamente viene coleccionando la humanidad, vil y despiadado como pocos, si es que se puede hacer una clasificación de la ignominia genocida, el expresidente que algunos defienden ante las justificadísimas acusaciones de pertenencia a la extrema derecha, puso toda la carne en el asador de unas islas portuguesas junto a los dos máximos responsables de la carnicería en cuestión, promotores todos ellos de una serie de mentiras que llevaron el desastre, la muerte y el dolor a un país llamado Irak, un país que ni con el sátrapa que lo había gobernado hasta entonces conoció algo que estuviese a la altura de esa guerra que aún hoy no ha concluido y que no pocas fuentes dicen que se ha llevado a más de un millón de seres humanos por delante. Vaya, que lo reitero: Augusto Pinochet fue un aprendiz de asesino.

Los excesos no entienden de fronteras. Si por culpa de una acción presidencial o del gobierno correspondiente, mueren miles de seres humanos, me da igual si mueren frente al palacio del gobierno correspondiente o en desiertos lejanos. Me importa un pimiento. Sólo desde una posición puramente aldeana, sectaria, inhumana, miserable o de profunda IRG, podrían defenderse matizaciones que nos llevasen a justificar a los presidentes genocidas que abanderan democracias de cartón piedra como honorables, sólo porque la gente vive relativamente bien en sus países, sin represiones comparables a las que en su momento sufrieron, por ejemplo, los chilenos. El que mata y asesina, mata y asesina, y da igual si lo hace en su país o en la quinta ostia.

Así pues, plantearse que Aznar es mejor que Teodoro Obiang, Pinochet o Gadafi, por ampliar la nómina de elementos controvertidos o despreciables, no deja de ser una falacia, una trampa sectaria, nacionalista y cortísima de miras, una muestra de maledicencia o de simple IRG. José María Aznar es corresponsable de crímenes de lesa humanidad por el genocidio iraquí. José María Aznar tiene las manos manchadas de sangre. La humanidad como concepto no entiende de fronteras y Aznar ha causado más daño a la humanidad que el mismísimo Gadafi, que el mismísimo Pinochet y que muchos otros cuya fama negativa les precede. Claro, los españoles vivimos relativamente bien, relativamente acomodados, vaya, que nuestras existencias son medianamente aceptables pero, mucho ojo, ya quisieran los iraquíes o los habitantes de medio mundo vivir como vivían los españoles en plena dictadura franquista, que ya es decir.

Desde La Habana me preguntan: ¿y vuestro encantador de serpientes? Mi respuesta es que Zapatero repite los esquemas aznarianos con su política exterior en Afganistán, igualmente genocida e imperialista, que ha causado crímenes de lesa humanidad a los que, vaya por dios, ya podemos añadir al idolatrado Barack Obama. En este vídeo que acabo de enlazar vemos a Obama pidiendo perdón. Yo me pregunto, sabiendo que este hombre siempre tuvo claro que Afganistán era un objetivo ineludible en el que centraría sus esfuerzos si alcanzaba la presidencia que ahora disfruta, ¿qué pensaríamos ante alguien que nos pide perdón por matar a 100 personas? ¿Hasta que punto el inagotable grado de IRG que padece buena parte de nuestra sociedad pasa por alto estos crímenes mientras, por ejemplo, abominan y piden que la justicia caiga con todo su peso sobre ciertas personas cuyo mayor crimen ha sido el de no condenar actos terroristas?

Quizás alguien piense que es demagógico moverse de esta manera entre asuntos internacionales y asuntos propios del estado español. Ya sabe ese alguien lo que le pasa: Insuficiencia Racional Grave.

Venga... meta ruido por ahí