A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

¿Saben?, al poco de nacer, mi padre me hizo socio del Barça. Uno  de los primeros recuerdos que guardo del Camp Nou, al que asistía con cierta frecuencia, es del día en el que Goikoetxea, defensa del Athletic, lesionó gravísimamente al “pelusa”. No olvido el grito unánime de “¡Asesino, asesino!” dirigido hacia el defensa internacional por el público. Con los años mi interés por asistir al coliseo barcelonista fue descendiendo, y en la época del “dream team” apenas me acercaba a partidos de la Copa de Europa o a ver al Real Madrid.

Pero no escribo este post para hablarles de fútbol o, al menos, no para hablarles del juego o del deporte como tal, sino para compartir unos pensamientos que vengo edificando desde hace muchos años, y perdonen que me centre en el balompié, que sólo es el caso más paradigmático. Elijo este momento no sólo por la extraordinaria temporada de “mi” equipo, sino por la polémica desatada por los últimos fichajes de Florentino Pérez para el Real Madrid, entre otras cuestiones que han convertido a parte del deporte en el opio de nuestro tiempo, que diría un tal Carlitos. Ni siquiera voy a plantear lo que se podría hacer con los más de 150 millones de euros que ese empresario ha invertido en dos únicos jugadores. Lo cierto es que, al conocer la noticia de estos fichajes y ver las reacciones, mi primer pensamiento fue ¿acaso el exceso que rodea al ‘deporte profesional’ ha nacido hoy?, seguido del obvio ¿puede ser calificado como ‘deporte’ una actividad profesional? ¿No es evidente que estamos ante términos antagónicos? El ‘deporte profesional’ o como queramos denominarlo es una actividad empresarial que mueve miles de millones de euros y en la que los últimos fichajes del Real Madrid no son más que la punta del iceberg.

El deporte (si es que lo es, recuerden), a este nivel, ha sido inequívocamente pervertido y no sabría decir desde cuándo; probablemente desde que se profesionalizó, desde que dejó de ser una actividad de aficionados que tan sólo perseguían el placer de practicarla, ajenos incluso a los siempre perversos anhelos de victoria, para convertirse en un circo de excesos, en una feria de las vanidades, en un escaparate de valores capitalistas, consumistas y derrochadores ante los que sólo importa el éxito o el reconocimiento (en la victoria) y el beneficio monetario (tanto en la victoria como en la derrota) lejos de las maravillosas sensaciones que puede llegar a producir un juego con infinitas posibilidades para deslumbrar, para regalar belleza. Y pienso que jugadas como la que acabo de enlazarles se edifican en un monstruoso escaparate como el que acabo de describir. ¿Qué culpa tienen los artistas, jóvenes generalmente idolatrados y henchidos de peligrosa inmadurez? No es una pregunta que conduzca al ‘ninguna’, no es retórica, sino que nace desde un ansia reflexiva y la firme voluntad de ser autocrítico.

Cuando disfrutas de un juego, de una actividad o de un deporte, sabes valorar la excelencia. El Barça, futbolísticamente hablando, no ha hecho más que derrochar excelencia a raudales durante esta temporada, ha maravillado a los que nos gusta esa actividad en la que una serie de jugadores corren tras un balón al que sólo tienen prohibido golpear con las manos, pero la excelencia del Barça, como la de casi todos los equipos que llegan a lo más alto, se fundamenta finalmente en las leyes del mercado futbolístico, que es inequívocamente capitalista, un mercado en el que tanto vales si tanto tienes. El mercado está montado de tal manera que un fenómeno como Iniesta tiene casi imposible, durante su cénit físico, jugar en un equipo manchego, ya no digamos en el Albacete y aún menos en el equipo de Fuentealbilla, la localidad donde nació. Iniesta juega en el Barça, en primer lugar porque es muy bueno y en segundo lugar porque, salvo contadas excepciones, los mejores practicantes de esta actividad terminan jugando, tarde o temprano, en los clubes con mayor poder económico.

Pero no sólo el dinero mueve montañas en el deporte en general y el fútbol en particular. El nacionalismo es el otro gran animador de la realidad deportiva, si es que nacionalismo y deporte son palabras que puedan funcionar en la misma frase. En España, que es el caso que mejor conozco, el deporte como arma de impregnación nacionalista es una fuente de corrupción mental de las masas. Las fuerzas de represión que nos gobiernan luchan permanentemente por el gran sueño de los que sueñan bien con España, por hablar del nacionalismo más poderoso y recalcitrante: la inquebrantable y pétrea unidad del estado, la razón común, el nexo sentimental de todos los españoles, “la casa grande del españolismo”, parafraseando a otros nacionalistas muy cercanos. Los ejemplos que corroboran estas palabras son interminables, los podemos ver cada dos por tres en nuestros medios y requerirían de una serie de posts que no descarto elaborar más adelante. Al parecer, el estado español necesita referentes que dejen el pabellón bien alto, a falta de referentes allí donde deberíamos tenerlos, esto es, en términos humanos y sociopolíticos.

Desde La Habana me preguntan: ¿algo que añadir? Verán, propongo este vídeo desde las cavernas, un vídeo sobre la potenciación de nuestros instintos más primarios, en parte justificados por la innegable cotidianeidad represora del estado español, del capitalismo, de la precariedad, de las dificultades, del paro, de la decadencia de nuestra realidad cotidiana, pero quiero pensar que sólo en parte porque, ¿cómo es posible que no haya ningún otro hecho, suceso, acontecimiento o realidad en nuestra sociedad que provoque, ni de lejos, semejante movilización de las masas?

En resumen, el deporte yace contaminado o corrompido desde su propio armazón, desde sus principios, que han sido pervertidos en nombre de los beneficios económicos, así como han perecido instrumentalizados, en buena medida, por intereses nacionalistas que carecen de vergüenza y moderación a la hora de llevar a cabo su campaña permanente de intoxicación patriótica o, hay que decirlo, el intento de alejar al personal de los asuntos que deberían preocuparnos, generando un peligrosísimo desinterés y desmovilización, y a fe que lo consiguen, como sugieren esas imágenes de euforia desmedida, aparentemente pacífica, aparentemente sin importancia, sólo aparentemente.

Venga... meta ruido por ahí



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