Pues a mí no me parece para tanto. Los dueños del fuego, del agua, de la tierra y del aire, los que convocan a la tormenta, y al viento, quienes llaman al rayo y controlan el viento y el  mar, aquellos que gozan en exclusiva de poder de convocar a las fuerzas de la naturaleza, los que tienen interlocución privilegiada con la Zarza Ardiente -que es la que es- no pueden compartir su oscuro secreto con el común de los mortales, porque su poder se disolvería como un azucarillo. Por eso combatieron la Ilustración y establecieron que el liberalismo era pecado.

Porque digo yo -que soy la leche de listo, según proclamaron mis tres abuelas- que si los fieles católicos -todos los fieles en realidad- han decidido mantenerse en la ignorancia del pensamiento mítico, si han decidido dejar de lado el uso de la razón, pues lo mejor es que se mantengan en la más pura ignorancia en todos los sentidos, y que escuchen azorados y temerosos del poder de Dios la misa en latín -que es a fin de cuentas la lengua común de la cristiandad- sin ver como el curita hace sus mezclas en la sagrada coctelera que es el Santo Cáliz y elabora en él esa pócima etílica que es nada más y nada menos que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Pues eso que les digo, que no se puede estar en misa y repicando: si quieren ustedes creer, acepten el misterio, aparten la duda de su pensamiento, no entiendan una palabra de la misa y confíen en el poder y en la sabiduría del pájaro de mal agüero que preside la Sagrada Asamblea. El saber es pecado, porque aleja al hombre de Dios. No quieran saber demasiado. Ustedes marquen la casillita buena del IRPF, acudan a la Plaza de Colón con globos de colores cuando se les pida, voten correctamente, y por favor, no pregunten, porque los obispos y los curitas buenos ya lo saben todo por nosotros.

Ite, missa est.

Venga... meta ruido por ahí



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