Como algunos de ustedes -los más afectos a algunas redes sociales como Facebook y Twitter- ya sabrán, se ha resuelto el misterio de mis recientes viajes a Moscú. Me llena de orgullo y satisfacción notificarles, señores y señoras amigos y amigas mías y míos, que me ha brotado en Moscú, a la temprana edad de tres años y medio, un hijo adoptivo que responde, cuando lo hace -que a veces está muy ocupado en tareas de la más diversa índole- por Artur. Ya ven ustedes: no iba a Moscú a conspirar con los comunistas para restaurar la Unión Soviética -cosa que por otra parte mejoraría mucho las condiciones de vida de los rusos e incluso de las rusas-, sino a adoptar un tierno infante.

Me ha producido mucha sorpresa y asombro el hecho de que a mi querido retoño le gusta comer cosas que a mí me parecen repugnantes de todo punto, como el puré de verduras, que devora con avidez, y la tortilla francesa, cuya primera ingesta me produjo gran alarma, ya que hasta la fecha yo pensaba que se trataba de un alimento reservado a los enfermos. No es así, y al parecer, hay gente que disfruta con tan insulsa preparación. Toleraré tales gustos culinarios, aunque anhelo el momento en que mi hijo disfrute conmigo de su primer zarajo de Cuenca, de su primer bocadillo de panceta, o de morcilla, engullido a grandes mordiscos, salpicando grasa y migas de pan en todas direcciones y emitiendo guturales sonidos del tenor literal siguiente: “gruf mñag, burf“.

Desde que está Artur en casa, las jornadas empiezan antes, pero también terminan antes: a las diez de la noche se ha dormido ya la criatura, y la señora Royo-Villanova y yo, exhaustos y ahítos de nuestra vida familiar, y caemos rendidos también en brazos de Morfeo. Hace ya diez días que la media noche me pilla siempre dormido…. En fin, disfruto hoy de mi último día de vacaciones, pero creo que este nuevo horario -tan europeo, por otra parte- me va a resultar muy beneficioso de cara al trabajo.

Venga... meta ruido por ahí



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