A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

A raíz de una conocida grabación telefónica entre Eduardo Zaplana (poco antes de acceder a la alcaldía de Benidorm) y Salvador Palop (entonces concejal del Ayuntamiento de Valencia y presidente de la Comisión de Compras de la Corporación Municipal) enmarcada en las investigaciones del caso Naseiro, no fueron pocas las voces dentro del PP que pidieron la cabeza del que a la postre llegaría a ser presidente valenciano, como la de Alberto Ruiz Gallardón. ¿Celos? ¿Precaución ante un posible rival político de futuro dentro del mismo partido? Puede, pero no seamos simplistas: escándalos de todo tipo definieron la carrera política de Zaplana, entre aquella grabación magnetofónica y su millonario fichaje por Merefónica.

¿Acaso hemos olvidado su infame trayectoria? ¿Qué pasó en Benidorm? ¿No han oído hablar nunca de cierto parque de atracciones con el pretencioso nombre de Terra Mítica? ¿Qué pasó con aquella trama caracterizada por el fraude fiscal, poblada de facturas falsas y sobrecostes de mentirijillas con un parque de atracciones deficitario como excusa? ¿Y el caso de los pagos irregulares a Julio Iglesias por parte del Instituto Valenciano de la Exportación (IVEX)? ¿Quién convirtió Canal 9 en una televisión autonómica entregada a su líder hasta un extremo con el que apenas pueden competir las conocidas maniobras aguirristas de Telemadrid?

La carrera política de Eduardo Zaplana está repleta de sombras, qué digo, repleta de feos chanchullos, pruebas anuladas, sumarios milagrosamente sobreseídos, lagunas judiciales, manos salvadoras muy amigas. La podredumbre carcome, por no decir algo tan sencillo como “ensucia”, cualquier rastro político que pretendamos seguir de este señor que se retiró a vivir la buena vida a sueldo de una poderosa multinacional en manos de buenos amigos de su antiguo jefe, uno de los genocidas de las Azores. Todo el mundo lo sabe o, como mínimo, todo el mundo lo intuye, lo sospecha, incluso sin conocer el contenido de determinadas cintas repletas de ambiciones groseras y desmedidas, sin haber leído sumarios reveladores o sin conocer de primera mano pruebas concluyentes sobre sus reprobables prácticas. Zaplana es un sinvergüenza que al fin ha conseguido “forrarse” y que se ha ido de rositas.

Pues ahora resulta que a estas alturas de la película tenemos al sucesor de Zaplana y actual presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, salpicado por cierta trama de corrupción (una más entre tantas en un país inequívocamente corrompido) y asediado por un ridículo tinglado con un sastre y unos trajecitos regalados por un beneficiario de sus políticas, lo que debería haberle llevado a un imposible: la dimisión, obviamente. Mientras tanto, el mismo juez que pone toda la carne en el asador para triturar al señor Camps, mete goles en fuera de juego al supuesto estado de derecho. Qué quieren que les diga: esto es un circo, una caricatura de estado, una vergüenza tras otra porque, no nos confundamos, aquí no sucede nada nuevo o, al menos, nada que no pueda incluirse en la inagotable lista de corruptelas y miserias políticas que han sacudido al estado español desde tiempos inmemoriales, y mi memoria alcanza hasta finales de los años 70.

Desde La Habana me preguntan: ¿estás relativizando las miserias del señor Camps? Mi respuesta es que Francisco Camps, que sin duda merece ser perseguido por el (politizadísimo) sistema judicial español, pertenece a una clase política carente de crédito entre los ciudadanos sensatos y razonables. Resulta cansino aludir a su filiación política “pepera” (post-franquista y filofascista) con esa recurrencia que sólo beneficia a sus opositores. El truco de señalar el nombre de dicho partido como argumento o excusa por parte de la presunta izquierda no consigue más que desviar la atención sobre la miseria moral y política de los que lo utilizan como escudo, principalmente desde el PSOE. La corrupción, la podredumbre y la miseria moral están generalizadas, especialmente entre los dos grandes partidos, y toda Europa lo sabe. Pero parece que aquí no nos queremos dar por enterados. Ahora parece que hay una persecución sin contemplaciones contra el Partido Popular a raíz de, entre otras cuestiones, la presunta implicación de Francisco Camps en la trama del caso Gurtel. Es posible que exista esa persecución, vaya, que tiene sentido que esté orquestada desde vayan a saber dónde, aunque Cospedal (la hipócrita que abrió el fuego) y sus acólitos meapalanganas no tengan o no hayan presentado pruebas todavía. Muchos se llevan las manos a la cabeza, polarizados a favor o en contra de unos u otros, pero qué más da; así es la partidocracia que asumió el poder tras el fin del régimen fascista.

Lo importante es constatar como, una vez más, el poder judicial o la fiscalía se movilizan a la carta, según la conveniencia política de turno (por no hablar del Tribunal Constitucional, coto privado del dueto que se reparte el poder). Cuando Zaplana hacía y deshacía a su antojo, y de qué manera mangoneó, bajo la sombra de las dos legislaturas en las que Aznar ocupó la presidencia del gobierno, nadie se molestó en llevarlo a los tribunales con tanto ahínco como ahora sucede con Camps, que al lado de su antecesor parece un santo, y ni los medios de comunicación se excitaron hasta cotas comparables a las observadas ahora entre los más próximos a Zapatero. ¿Está Moncloa detrás de la inequívoca persecución político-judicial actual? Es posible aunque no hay pruebas ni el PP parece que las pueda presentar, pero la caza al mayor partido de la oposición parece evidente, y no por merecida deja de ser hipócrita y absolutamente parcial o insuficiente.

Unos se corrompen y los suyos les apoyan, mientras que el resto se moja en función de la dirección en la que sople el viento o, por decirlo más gráficamente, en función de las posibilidades de control sobre la politizadísima fiscalía (brazo acusador del gobierno, en lo que doy la razón a las hipócritas declaraciones de Cospedal, que no por ser hipócritas dejan de ser atinadas) y, por supuesto, en función de las cuotas partidistas de turno en los altos tribunales de postín que padecemos porque, hay que reconocerlo, de postín lo son a todas luces, rimbombantes hasta el esperpento. Es una película muchas veces vista en esta triste y patética España, democrática hasta que la realidad tenga la oportunidad de iluminar a la mayoría.

Mientras tanto, seguiremos denunciando.

Venga... meta ruido por ahí



Tagged with →