mitxeleneaPor don Mitxel

Cuando yo era crío, entre hostia y hostia, el maestro a veces nos contaba cosas interesantes o, bueno, que a mí me llamaban la atención, vaya usted a saber por qué. Recuerdo un día en que a uno de éstos don Minervo a los que de vez en cuando se le hacen homenajes (hay que ser tonto, masoquista o directamente fascista para homenajear a cualquier maestro de la dictadura), le dio por leernos el periódico en voz alta, para variar, pues normalmente nos lo leía para él sólo.

Nos vino a leer que en España entre un setenta y un ochenta por ciento de sus ciudadanos trabajaban en el sector primario, es decir, en la agricultura, según aclaró aquél ex catequista con el título convalidado que seguro le habría pillado la plaza a algún maestro republicano fusilado a mayor gloria de Dios.

Digo que decía también la prensa del Movimiento que la tendencia era que el campo se vaciase paulatinamente para que las ciudades se fueran llenando al ritmo que retrataban las películas de Pacto Martínez Soria, ya saben, esos filmes de culto donde el vejete recién llegado del campo, todavía encefaloboino, se quejaba al pie del semáforo en rojo con un  ¿y los de mi pueblo cuando pasamos?.. ( en fin, ¡qué lástima de hostias!)

Pues les cuento eso, que todo el mundo estaba encantado, no sólo por Paco Martínez Soria y el cine de barrio en general, sino sobre todo porque comenzábamos a ser una sociedad industrial, es decir, a ganar pelas contantes y sonantes, a poder consumir, el seiscientos y la minipimer, la radio, la tele, la lavadora y hasta el tocadiscos.

En realidad, aquel milagro opusdeísta tiene truco, se lo cuento: las suecas, hartas ya de follarnos, le dijeron a  sus maridos, oye, churri (o como se diga churri en sueco, inglés, francés o alemán), ¿sabes que en España todo es barato, la paella, la sangría (sobre todo la sangría) y hasta la mano de obra?

Y claro, como tiran más dos tetas que dos carretas, la Renault, la Wolkswagen, todas las grandes industrias europeas decidieron hacer caso de las suecas pensando que si el españolito medio daba la talla, pues eso, que había que aprovechar hasta el último centímetro.

Y se instalaron aquí. Y nosotros felices de la vida, aunque nos siguiera jodiendo el hecho de que no nos permitieran entrar en el Mercado Común (entonces se llamaba así, nada de Comunidad Europea ni eufemismos para tontolculos), pues la envidia es muy jodida y contra ella no pudo ni nuestra democracia orgánica, que todo el mundo reivindicaba en sus respectivos países,  de la misma forma que todo quisqui babea por nuestra modélica transición, especialmente quienes tienen delitos de sangre.

Pues eso, que todo dios contento entonces, y todo cristo más contento hoy todavía, tanto que ya nos pagamos hasta esas miradas turbias sobre los inmigrantes, que con la excusa de una vida mejor vaya usted a saber si no arriesgan la vida en el Estrecho para robarnos los veinte euros de la cartera…

Coño, que somos una sociedad rica. Y como somos ricos, ya no necesitamos ser nacionalistas ni ir a la plaza de Oriente para neutralizar algún contubernio. Ahora lo que se lleva es criticar a esos hindúes, a esos chinos, a esos brasileños que han cogido la puta costumbre de comer tres veces al día, y van y se ponen a producir más barato que nadie, y nuestros empresarios, que son todavía menos patriotas que nuestros sindicatos de clase internacionalistas, pues “deslocalizan”. Así, en plan sueca insaciable.

Pero como nosotros somos no nacionalistas, vascos o españoles, pues estamos la mar de contentos.

¿O no?

Venga... meta ruido por ahí