mitxeleneaPor don Mitxel

Andaba yo a la búsqueda de temas poco rijosos para variar un poco el tono y contarles a ustedes cosas amables y, al final, asomándome a la ventana del caserío, no he visto nada en la Patxiuskadi merecedora de ser descrita sin soliviantar los cimientos del sentido común. En fin, después de ímprobos esfuerzos por esquivar la realidad, quizás pueda resultar benévolo el que les confiese que vengo de un funeral. De la despedida definitiva a un amigo, ya muy mayor, que se fue entre lágrimas silenciosas de quienes le quisimos. Pero eso ya pertenece a la intimidad de cada cual.

Quería decirles que allá en el pórtico donde normalmente saludo y despido al féretro, hoy me dije: venga, don Mitxel, entra por una vez aunque sólo sea para comprobar si las misas ya se dicen en latín. Y lo hice. Pero  no, les refiero que esta ceremonia era todavía más antigua, vamos, que se ofició en la misma lengua que empleó Aitor para dirigirse a Adán y Eva: el euskera.

Pero no voy a hablar hoy de esos idiomas que la gestión constitucional de la democracia española convierte en armas contra el entendimiento (¿ven por qué aludía a los cimientos del sentido común?), sino de los pensamientos que me asaltaron mientras contemplaba desde el último banco a la feligresía en estremecedor silencio mientras el druida, esculpido tras el féretro, pronunciaba palabras graves, vocablos mágicos, promesas imposibles.

Y se me ocurrió pensar que a este paso voy a exigir una ceremonia religiosa para mi despojo, porque lo de las ceremonias civiles es una chapuza. Es decir, yo quiero en mi entierro silencio y recogimiento, aspiro a que dirija el oficio un señor investido de autoridad moral, aunque luego sea un pederasta, antes que un representante público, quizás muy honrado, pero al que todo el mundo le sospechará chanchullos urbanísticos.

Quiero, amigos, que antes de olvidarme, os jodáis media hora en silencio y sin fumar. Y nada de fiestas porque a don Mitxel le hubiera gustado así. No, don Mitxel reclama un poquito de porfavor en circunstancias tan jodidas para su cadáver. Que al menos en ésa mi hora guarden la compostura que tantas veces pierden con sus comentarios.

¡Coño ya!

Venga... meta ruido por ahí



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