A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Cuando algo más de cincuenta mil personas, según los cálculos más fiables, se reúnen en la capital española para mostrar su profundo rechazo al aborto y, lo que es más significativo, su visceral odio a la discrepancia, su mofa de las más elementales normas del respeto por el que no piensa igual, así como su profunda defensa de una evidente y recalcitrante sinrazón, no puedo menos que rememorar la última película de Alejandro Amenábar, titulada Ágora.

En esa película se hace una semblanza de una tal Hypatia, astrónoma y filósofa de la que apenas se sabe nada (aunque últimamente hayan proliferado libros sobre su figura), cuya vida transcurrió en Alejandría, a la sombra del mítico faro y la malograda biblioteca. Su amor por la ciencia y la filosofía, su lucha por defender la razón en un ambiente decididamente hostil, representa un sonoro cachete cinematográfico al hecho religioso, al mito de los mitos, una contundente recreación de lo que el fanatismo representó y, hay que decirlo abiertamente, representa hoy de forma creciente en nuestro mundo, en nuestra sociedad. Lo que pasa es que, como me dijo una persona muy próxima, la película es un cruento retrato de algo más extendido, algo que va mucho más lejos que la religión aunque, ciertamente, la engloba: el borreguismo.

Precisamente el pasado Sábado se produjo una manifestación de borregos en el centro de Madrid, una manifestación presidida por el fanatismo más alienante, una manifestación organizada por una suerte de talibanes del pensamiento único, apoyada por una horda de curas masturbadores (apuesten por ello), políticos de rancio abolengo a cubierto bajo una siglas que huelen a corrupción por todos los poros de las gaviotas que revolotean sobre ellas e hipócritas lameculos y alborotadores más o menos seniles que guiaban a los borregos mediante consignas rebosantes de naftalina.

Cometeríamos un error si pensásemos que los borregos se circunscriben a manifestaciones de la extrema derecha intolerante pues, por ejemplo, las audiencias televisivas demuestran que el borreguismo también se ejerce en la intimidad de hogares presididos por la más profunda alienación social y humana, hogares en los que, como sucede con el racismo, todo el mundo levanta las manos tras haberlas metido en algún lío, todo el mundo critica ciertos espacios televisivos pero los ve porque no emiten nada mejor, o simplemente porque estamos excesivamente cansados para ver otra cosa o algo tan socorrido como así entiendo a los que hablan todo el día de estos programas y sus protagonistas. Es el famoso yo no soy racista pero ésos son unos guarros llevado al campo de la lobotomización televisiva.

Centrándonos en el caso de los borregos que asistieron a la manifestación antiabortista del pasado Sábado, cabría preguntarles por la existencia de la vida, por el momento en el que una conjunción de células se convierte en persona. ¿Podemos hablar de una nueva persona desde el preciso instante en el que se materializa el binomio celular más célebre de la naturaleza humana? Entonces, ¿en qué momento de la fecundación aparece la persona? ¿Cundo el espermatozoide mueve compulsivamente su colita para penetrar en la poco antes infranqueable coraza del todopoderoso óvulo? ¿Una vez dentro? ¿Son el esperma y el óvulo medio humanos o pueden considerarse por separado como simples y modestas células? ¿No es vida un espermatozoide que colea como un renacuajo en una pequeña charca de líquido seminal? ¿Dónde se inicia una vida que merezca ser salvada?

Imaginemos a un cura que con evidente nocturnidad, amparado, por ejemplo, en las tenues sombras de su confesonario, se masturba hasta la mismísima y gozosa eyaculación. ¿Cuántos curas se han masturbado a lo largo de los tiempos, desde que la iglesia es Iglesia? ¿Cuántos espermatozoides han sido asesinados? ¿Cuántas vidas han sido lanzadas sobre un papel, sobre unos salmos, sobre las mismísimas hojas de una Biblia, engullidas por un retrete, una cloaca cercana, o lavadas con aguas depuradoras y lociones tonificantes? ¿Cuántas pilas bautismales han servido para que sacerdotes masturbadores se desprendieran a escondidas del pringue espermático que accidentalmente embadurnaba sus manos? ¿Cuántos feligreses se han santiguado, llevando con su mano derecha gotas de agua en las que agonizaban unas diminutas células a las que cada vez les costaba más menear su colita?

Se dice que los espermatozoides tardan en torno a 3 días en alcanzar el óvulo. Teniendo en cuenta que el entorno vaginal o el recorrido intrauterino es menos hostil que el de una pila bautismal, supongamos que aún aguantan en el agua 24 míseras horas. Eso supondría todo un día de agonía y, lo que es más grave, sin ni siquiera la esperanza o la posibilidad para todos ellos de alcanzar un óvulo al final de su peripecia, sin contar con las dificultades atmosféricas de la frente o las mejillas de los que se hubieren podido santiguar con aguas espermificadas. Pero, ¿y si resulta que nos tomamos con total seriedad la condición bendita de esas aguas? ¿Y si milagrosamente los espermatozoides, amparados en la bendición divina, sobreviven más que en el interior de la mujer? ¡Cuánto sufrimiento para unas células que poco antes habían confiado en la contención eyaculadora y la resistencia moral de su creador! ¡Qué agonía tan cruel! Oremos.

Desde La Habana me preguntan: ¿dónde nace la contradicción de los antiabortistas? Ah, nacer, morir, malvivir, qué cosas. Ser coherente en la defensa de la vida es una cuestión harto complicada. Si una célula es vida y debe ser salvada, hasta los curas más simpáticos han matado en masa tras un manoseo onanista. Si el óvulo fecundado, además de ser vida, es persona, ¿cuántos óvulos fecundados nos zampamos en una tortilla de patatas? ¿Qué es un huevo? La tortilla española es un aborto sabrosísimo. ¿O es que hablamos de personas? ¿No será que los antiabortistas son especistas? Ya saben, ese racismo que se caracteriza por la consideración superior de nuestra especie en términos casi metafísicos. ¿Dónde está el punto en el que un óvulo fecundado pasa a ser feto? ¿Cuándo ponemos el límite, entonces? ¿No es evidente que estamos ante un debate moral? ¿No es ridículo que los que más han despotricado (y despotrican) de la ciencia se sirvan de ella para elaborar sus tramposos e intolerantes argumentos?

El aborto es una cuestión moral, una cuestión que debe ser tenida en consideración desde la perspectiva, ante todo, de la mujer que quiere interrumpir su propio embarazo. Una sociedad que tenga en cuenta el respeto por la moralidad ajena trabajará en dos direcciones ante la problemática del aborto: en primer lugar, dedicará el máximo esfuerzo para educar sexualmente a sus ciudadanos, ofrecerá las herramientas materiales y educativas para reducir a la mínima expresión los embarazos no deseados que, en caso de producirse, nos llevarán a la siguiente dirección, ésta es, que se faciliten los medios para que aquellas mujeres que deseen abortar puedan hacerlo sin más sobresalto que el propio embarazo no deseado, y aquellas que, a pesar de todo, decidan seguir adelante con su embarazo, reciban la oportuna ayuda de sus familias y, obviamente, de la administración, durante  y después del embarazo. Es imprescindible que cualquier ser humano, y más si es mujer en un problema como éste, pueda ejercer la libertad sobre su cuerpo sin imposiciones de morales ajenas, tanto en un sentido como en otro, que de todo hay. Defender la vida de un modo pseudo científico y netamente especista nos lleva al Ágora de Amenábar, nos conduce a unas tinieblas a las que no dejamos de acercarnos a marchas forzadas, un lugar donde la razón importa menos que el mito, un lugar donde los prejuicios alcanzan el rango de leyes y donde la libertad pasa a ser poco menos que un eufemismo de derecho humano. El aborto no es deseable, tan solo debe considerarse como un derecho y no puede permitirse que una pandilla de borregos, entre los que paradójicamente abundan acérrimos defensores de la libertad individual, pase por encima de los derechos de ellos mismos y de todos los demás.

Venga... meta ruido por ahí



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