mitxeleneaPor don Mitxel

Le llaman el día de la Raza o de la razzia, no estoy seguro, porque yo siempre he confundido la fiesta patria, es decir, el 12 de octubre de 1492, con el 20 de noviembre de 1975. Y no sé por qué la celebramos ahora cuando lo propio y lo que podría unir a españoles con españoles –plurales y transversales que somos, como Patxi- sería el celebrarla un mes y una semana más tarde, justo cuando conmemoramos el fallecimiento de nuestro Caudillo, aquél al que el cambio climático se la sudaba todavía más que al primo de Rajoy, pues dejaba la lucecita de El Pardo toda la noche encendida, velando porque a ustedes no les faltara de nada, ni pan ni leña, sobre todo, leña.

Sin embargo, cosas de la costumbre, la fiesta patria, es decir, la patrona de la Guardia Civil, se conmemora el día en que una bota española holló por vez primera tierra americana, y resonaron al viento aquellas palabras irrepetibles: este es un pequeño paso para el hombre, y un paseíllo pa´ estos cabrones de indios. Puestas en escena aparte, lo que en realidad conmemoramos con esta festividad de la Pilarica no es sino el día del Pelota, ya saben, del insolidario, del correiveidile, de ese personaje acusica y repelente al que todos hemos conocido y padecido, en la escuela, en el trabajo, a lo largo y ancho de nuestra vida.

Porque cuando Rodrigo de Triana, encaramado en la cofa del palo mayor de la Pinta gritó aquello de Tieeerraaaaaaa…., no hizo otra cosa que salvar el cuello del Almirante de la Mar Océana, al que el propio Rodrigo -con secular servilismo, como si lo estuviera viendo- llamaba Don Cristóbal.

Sí, la actitud del marino andaluz que a mi entender estaba afiliado a Comisiones Marineras, no fue una actitud de izquierdas, vamos, que no era de Marinaleda. Porque lo revolucionario hubiera sido divisar las costas de San Salvador (Guanahaní en euskera) y haberse callado como una puta, permitiendo que las carabelas siguieran vagando a la deriva hasta que se produjera el inevitable motín, y don Cristóbal hubiese muerto en atentado terrorista, en lugar de convertirse en el primer turista de las Bahamas.

Pero no. En la vida siempre encuentras un Rodrigo de Triana que se opone al progreso de la humanidad, que por un plato de gazpacho o una india impúber es capaz de cometer la peor traición, la de clase. Sin el de Triana otro gallo cantaría hoy en la Casa Blanca, y vaya usted a saber si el Nobel de la Paz no hubiera recaído, por ejemplo, sobre don Os-ama Bin Laden, que es mentira que nos ama, pero bueno…

El 12 de octubre es un día triste, por tanto, como lo es también el 20-N con el que yo me hago el pene un lío, el día que puso fin a los meses del franquismo más esperanzador, los de la dolorosa agonía del carnicero ferrolano.

Contrasta, por tanto, la actitud servil de don Rodrigo con la del Marqués de Villaverde, empeñado en que su suegro purgase entre tubos y cables hasta la primera leche que mamó.

Y como quiera que cada vez me enmaraño más en mis reflexiones y ello es síntoma de no tener las cosas claras ni el chocolate bien liado, me van a hacer el favor de decir ustedes la fecha en que conmemorarían el Día de esta nuestra patria, que es indivisible o sólo divisible por sí misma, como los números primos.

(Aviso que el 30 de febrero no vale, cabrones).

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