Se habrán dado ustedes cuenta, porque son personas observadoras, de que en los últimos años -yo creo que si hubiera que ponerle fecha al asunto, o a su pistoletazo de salida, esta fecha debe ser el inicio de la revolución conservadora de esos Adán y Ava del mundo posthistórico que fueron Ronald Reagan y la dama de acero inoxidable, Ms. Tatcher- se ha ido extendiendo la manía de que para hablar de economía, hay que tener tres doctorados, dos de ellos en inglés y además, ser liberal. De lo contrario, en seguida le tachan a uno -entre risas y miradas comprensivas- de pobre analfabeto.

Está la cosa muy mal en este sentido. Es frecuente que si lo que dicen ustedes no es del gusto de la horda liberal, le echarán en cara que sus argumentos -o sus posiciones, porque llamar argumentos a lo que usted dice es excesivamente generoso- son impropios de una persona medianamente informada, porque ya hace más de veinte años que Feisker-Meissermann, o cualquier otro sujeto de imponente nombre alemán, dejó claro que eso que usted dice no funciona, y ni siquiera se atrevieron a contradecirle los de Lovaina, ni los de Paris III, sus críticos habituales, que, por cierto, tardaron poco en dar por buenas las tesis del teutón, cerrando así el ciclo intervencionista, o cualquier otro ciclo, incluyendo la bicicleta, porque el cambio climático no existe, sino que es una invención del filocomunista Al Gore, como todo el mundo sabe. Y claro, ante tamaño argumento de autoridad, pues usted mete la cabeza entre los hombros, coloca cuidadosamente el rabo entre las piernas y se retira como puede, cual cruce contranatura entre indigna y acobardada tortuga y humillado perro callejero…

Pues resulta que yo, que estoy un poco chulo últimamente, amén de dummie, y que además, no sé una palabra de economía, porque me resulta aburrida e incomprensible, he decidido ponerme a hablar de lo que algunos creen que es economía, pero otros -mucho más listos, aunque no hayamos leído a ningún pedante liberal alemán, ni tengamos ni puta idea de economía- consideramos que es política. Los liberales -y algunos socialistas se han contagiado de ello- pretenden que la economía tiene sus propias reglas de funcionamiento, como la biología, y que están al margen de la política, que no puede intervenir, porque de hacerlo, además de perjudicar sus carteras, se provocarían graves desajustes que acabarían con el sistema. Y ahí está la madre del cordero. Es que lo mismo un sistema que mantiene el 80 por ciento de los recursos en manos del 20 por ciento de la población, por ser generosos, es inviable, aunque funcione.

Pero no era por senderos revolucionarios por donde quería yo llevar a mi querido rebaño, sino por rutas algo más tranquilas, de caracter más bien socialdemócrata., así que reculemos hacia la política económica como mecanismo para redistribuir la riqueza. Resulta que en Las Ideas -prestigioso y exclusivo agregador/logia al que pertenezco, porque yo siempre pertenezco a los clubes más prestigiosos y exclusivos, como don Josemaría Aznar- nos hemos propuesto debatir la propuesta fiscal de Zapatero, y habiéndose producido ya un primer ciclo de intervenciones –entre ellas, la mía– , y claras la las posiciones de cada cual -me ha sorprendido, por cierto, la aparición de algunos miembros del Partido Socialista (1, 2) que se han mostrado bastante críticos con la propuesta- quisiera hacer una solicitud a los compañeros socialistas que defienden la reforma fiscal del gobierno, y de paso, contradecir uno de sus argumentos.

La petición es que no hagan trampas (y he de decir en este punto que lamento extraordinariamente que dos mentes tan lúcidas y claramente superiores como la de Donaire y la mía, estén tan alejadas en este asunto, por lo que le pido, invocando su sentido de la responsabilidad, que retorne a posiciones más razonables). Por favor, no empiecen todos ustedes sus defensas apelando a la necesidad de mantener el estado de derecho y el gasto público. Quienes combatimos desde la izquierda esta propuesta fiscal -precisamente por injusta y antisocial- no cuestionamos eso, y nos ofenden mucho sus tramposas apelaciones a la necesidad de mantener la protección social, porque parece que quieren dar a entender que al criticar la propuesta del gobierno renunciamos a tal protección. Ustedes saben que no es así, así que no vayan por esa ruta tan antipática y que tanto recuerda a Acebes, cuando calificaba de antiespañoles a quienes criticaban a Aznar.

Por otra parte, me ha sorprendido mucho la separación que hacen algunos -recurriendo, por cierto, a un sujeto de impronunciable nombre alemán, como inapelable argumento de autoridad- a la supuesta, pero inexistente, separación entre política recaudatoria, y el gasto público, como si no fuesen dos caras de la misma moneda, como si no se recaudara para gastar. Dicen con razón que se pueden cobrar muchos impuestos, y luego hacer un gasto público con criterios antisociales, y sostienen -esta vez sin razón, o con tan sólo una parte de ella- que quienes deben soportar el peso de la presión fiscal son las rentas medias, para que se puedan conseguir unos niveles importantes de protección social.

Me parece un argumento hipócrita y derrotista ante los intereses de los especuladores. Estamos de acuerdo en que las rentas medias deben soportar la presión fiscal que les corresponda, y además en que habrá que definir qué son las rentas medias, de donde proceden, y si las hay de varios tipos, porque yo -que soy marxista- no creo mucho en eso de las clases medias. Pero lo que no puede ser es decir que las rentas medias soporten el gasto público dejando fuera -con argumentos peregrinos, reduccionistas y absurdos, como que si les cobramos impuestos se van con sus capitales a otro lado- a las rentas altas, que es en realidad un eufemismo tras el que se ocultan las grandes fortunas y los especuladores que tienen capacidad suficiente para contribuir al hundimiento de economías nacionales.

El argumento me recuerda a lo que nos dijo don Germán Delibes, gerente de El Norte de Castilla, cuando acudimos los redactores que menos cobrábamos -había una ominosa brecha salarial entre los redactores más veteranos y los más jóvenes- a pedirle un aumento salarial: después de insinuar que escribir en El Norte era algo tan prestigioso que debíamos pagar, y no cobrar por ello, nos remitió a nuestros compañeros veteranos, para que ellos renunciaran a parte de su salario en favor nuestro. Fue respondido con una huelga en la que participamos todos, jóvenes y veteranos. Hasta la rotativa paró y se lió parda…

Los ricos -por ser reduccionista- no pueden quedar fuera del sistema público, porque sería extremadamente injusto.No vale el argumento de que es que no se les puede presionar fiscalmente demasiado porque se van. Es un argumento endeble y derrotista. Es posible que se pueda diseñar un sistema fiscal en el que las tales rentas medias puedan hacerse cargo de la totalidad del gasto público, y no se tocasen las rentas altas, o mejor dicho, las rentas procedentes de la especulación, con argumentos como que los capitales huirían o se destruiría empleo.Pero sería extremadamente injusto. Al margen de lo que nos toque pagar a los demás, al margen de que se toque el IVA o no, y al margen de que se favorezca a las empresas medianas o pequeñas que crean empleo, no puede ser que desaparezcan o queden prácticamente a cero precisamente aquellos impuestos que no pagan quienes tienen rentas bajas, como el de patrimonio o el de sucesiones. A mí me parece muy bien que no se grave a un honesto trabajador por heredar -junto a sus hermanos- el piso de sus padres, pero no que se utilice ese argumento para que, -pongamos por ejemplo- alguno de mis parientes lejanos -los de la rama rica de la familia- deje de pagar impuestos cuando su padre le pone siete pisos a su nombre o hereda grandes cantidades de acciones de Telefónica. Y aunque no sé de economía, sí sé de lo que hablo, y conozco casos sangrantes de grandes fiestas que se han dado, no precisamente en barrios obreros, para festejar el adormecimiento de ambos impuestos.

En cualquier caso, el estado de bienestar, el gasto público destinado a soportar los servicios sociales, a pagar la sanidad, la educación, la atención a la dependencia, debe ser pagado por todos, sin excepciones, y en función del antiguo, pero extremadamente actual principio de “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades“, y ello incluye a las rentas más altas, cuya capacidad contributiva no es, como pretenden algunos -curiosamente socialistas y citados más arriba- el chocolate del loro. Quizás lo sea con el actual sistema, pero no lo sería con un sistema fiscal justo, y realmente progresivo.

Porque, como no me canso de insistir, es una simple cuestión de voluntad política: si la hubiera, no sería posible que los capitales realizasen explícita o implícitamente amenaza alguna para prevenir el pago de impuestos. Lo dije en otra ocasión y lo repito ahora: si ciertas libertades -como la de movimiento de las personas- son limitables, sin que se haya visto nunca a ningún liberal cuestionarlo, ¿por qué no se pueden limitar otras, ¿como la de movimiento de los capitales? Si algunos socialistas no ven motivo de preocupación en retener en cárceles a inmigrantes durante meses, sin que pese sobre ellos acusación alguna, porque no se puede someter a tratamiento similar a quienes defraudan impuestos o recurren a la ingeniería fiscal para cometer fraude de ley, o a quienes amenazan explícita o implícitamente con destruir empleo si se les cobran impuestos?

Digo yo, vamos.

Venga... meta ruido por ahí



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