A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Uno de los jueces más antidemocráticos que se han conocido por estos lares, responsable de dar su nombre a una doctrina judicial represiva y totalitaria que permite encarcelar a cualquiera que huela o suene a ETA, decidió el otro día llevar a cabo una operación policial en Santa Coloma de Gramenet que de momento se ha llevado por delante al alcalde (residente en la zona noble de la ciudad de Barcelona, manda huevos), al regidor de urbanismo y a dos ex altos cargos de Convergència i Unió. La sociedad catalana, todavía conmocionada por el ‘caso Millet’, observa como en su particular oasis se ha cocido tanta mierda como en cualquiera de la Comunidades Autónomas alegre y tradicionalmente menospreciadas.

No me dirijo a ustedes para hablar específicamente de Catalunya, ni siquiera para escudriñar en lo poco que se sabe de los casos de corrupción destapados estos días, sino a plantear una reflexión que se sostiene en dos conclusiones, una mala y otra buena, de lo sucedido:

En primer lugar, la buena, y ésta es que al menos ha quedado claro para la opinión pública que la poca vergüenza no es patrimonio del Partido Popular. Corruptos los hay de todas las siglas y colores pero últimamente daba la sensación de que una cosa es el PP y otra muy distinta el PSOE y ya no digamos los serios y formales políticos de CIU. De entrada, en el PSC decidieron esperar a que el juez imputase a los detenidos para, en caso de producirse dicha imputación, expulsarlos del partido, como si se hubiese montado un tinglado como éste sin tener serios indicios o pruebas de sus actividades ilícitas. Mientras tanto, en CIU se apresaron a señalar que tanto Macià Alavedra como Lluís Prenafeta ya no formaban parte del partido, algo que chocaba con la condición del primero de miembro del Consejo Asesor Nacional de Convergència.

En segundo lugar, la mala, es que lo sucedido en Santa Coloma suma fuerzas con otros asuntos de corrupción política recientes, de modo que buena parte de la sociedad se siente indignada, enfadada, molesta, ante la poca vergüenza de los políticos. Los comentarios sobre la clase política hace tiempo que son muy duros y no es un secreto para nadie que el desapego por las cuestiones de la cosa pública ha crecido durante los últimos años. Cada vez son más los que pasan de política o los que abominan de la clase política. Es la consecuencia de una sociedad miope, hipócrita y absolutamente despistada. La clase política forma parte de una sociedad fundamentalmente corrupta, una sociedad profundamente individualista, una sociedad donde los pelotazos, corruptelas y síntomas de degeneración moral son constantes.

Desde La Habana me preguntan: ¿podrías poner algún ejemplo? Mi respuesta es que pido a los lectores de esta bitácora que lleguen hasta este punto que aporten sus ejemplos. Propongo hacer una enumeración de la podredumbre de una sociedad en la que las corruptelas de la clase política tan solo se diferencian de las corruptelas del ciudadano común en la importancia cuantitativa de las mismas. Mi ejemplo es fácil de entender y delata una práctica muy común en el sector inmobiliario: ¿cuántas personas han escriturado su nueva vivienda por una cifra inferior a su valor real? Estaremos de acuerdo en que se trata de una práctica muy extendida o así me lo parece. Aprovecharse de los resquicios dejados por un sistema claramente imperfecto y en absoluto eficaz, para lograr una rebaja impositiva, puede hacerse desde el sillón de una alcaldía o una regiduría de urbanismo, pero también desde un modesto sofá o una silla en el menos pintado de tantos domicilios invisibles. Desde un punto de vista penal entiendo que hay diferencias entre el que roba al por mayor y el que lo hace desde la secreta intimidad de una compra privada, pero moralmente no veo diferencias entre unos y otros, porque en ambos casos roban al resto.

Considerar a otro nivel a la clase política, separándola de la sociedad que la ha elegido, como tratando de echar balones fuera, es uno de los más evidentes síntomas de que la corrupción en el estado español no es más que una problemática incrustada en el centro de la sociedad. No es que los políticos sean corruptos, es que somos corruptos nosotros, los ciudadanos, y del mismo modo que todos conocemos a ciudadanos honrados, ¿por qué no pensar que haya políticos que igualmente lo sean? Somos un país de pandereta y así nos va. Y ahora, por favor, aporten sus ejemplos sobre corruptelas privadas, que los hay a patadas.

Venga... meta ruido por ahí



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