A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Hoy no me dirijo a ustedes, audiencia moscovita, para enfangarme en algún asunto de fragancias políticas o sociales. En los dos próximos escritos quiero hablarles de algo que la mayoría de la gente desconoce o, a lo sumo, conoce vagamente. Quiero reivindicar el silencio en movimiento, el silencio cadencioso como origen y fundamento de la palabra, pero también como realidad necesaria e imprescindible así como, al mismo tiempo, insolente y aterradora, el silencio en imágenes como fin y no únicamente como paso previo de la palabra filmada o, lo que es menos recomendable, del ruido igualmente filmado. Finalmente, les hablaré en el escrito que sucederá a éste del silencio como arte y dentro de un arte donde, como demasiadas veces sucede en el devenir cotidiano de cualquier realidad en la que pensemos, la palabra pasa por encima de la imagen. Porque se trata de un arte, el de las imágenes en movimiento, etimológicamente asociado al silencio.

Quién sabe, repito, si Edison inventó el que con posterioridad sería conocido como séptimo arte, pero la experiencia pública del silencio en movimiento, la primera proyección pública y documentada de la historia fue en el Boulevard des Capucines de Paris, en una sesión organizada por los hermanos Lumière, donde se dice que el primero de los diferentes fragmentos de silencio en movimiento que allí se exhibieron fue la salida de unos obreros de su fábrica, que se considera como la primera proyección pública de silencio cadencioso de la historia. El silencio como reflejo de la clase trabajadora. No tardó el silencio en hallar a un aliado, que terminó con asociarse a él sin perturbarlo, lo cual no deja de ser paradójico. Vuelvan a ver la silenciosa salida de los obreros con la inequívoca presencia de dicho aliado, únicamente silencioso cuando el silencio se mueve. Ahora ya no tenemos un reflejo, sino que tenemos el silencio como síntoma de la clase trabajadora. Cuentan las crónicas que los pocos espectadores congregados en el Boulevard des Capucines se aterrorizaron ante la llegada de un tren, pues no eran capaces de codificar aquellas primitivas imágenes. El silencio se convirtió, desde entonces, con aliado o sin él, en motor principal del miedo cinematográfico. El silencio como aliado del miedo.

Pero el silencio pedía algo más que la mera filmación de su cotidianeidad y se sirvió del que probablemente fue el primer artesano del silencio en movimiento, George Méliès, cuyo viaje a la Luna, aquí narrado siguiendo sus escritos originales acompañando al silencio, puede ser considerado como el embrión de lo que hoy conocemos como séptimo arte, entonces hijo predilecto de las llamadas artes escénicas, pero indudablemente ágil e, insisto, silencioso. El silencio como viaje. El silencio se movía, no ya como mimetización de la realidad, sino como manifestación o consecuencia creativa de la susodicha. Mientras tanto, en España, Segundo de Chomón hacía virguerías con la filmación compulsiva de múltiples tomas de silencio, instantes capturados para crear revolucionarias sensaciones en el espectador. El silencio como fantasía. Su Hotel Eléctrico se considera precursor de eso que se han llamado los efectos especiales.

En aquellos tiempos, hasta las pistolas eran silenciosas. El primer “western” de la historia del silencio en movimiento, realizado por Edwin S. Porter, llegó en silencio, pero fue un éxito rotundo y sonoro, reflejo de una época de la historia de América que todavía no había concluido, como si casi les hubiese bastado con poner la cámara y hacer lo que hoy llamamos un documental. El silencio como testigo de la historia. Con todos sus defectos, sus chiquilladas para el espectador contemporáneo, con la postiza teatralidad de algunas muertes y a pesar del aroma primitivo que desprende, ya se aprecian las características más reconocibles del silencio norteamericano. Aquí ya no se trataba de impresionar al espectador con la llegada de un tren. No se trataba sólo de apelar a los más elementales recovecos del miedo; aquí se pretendía crear un molde para constreñir la conciencia colectiva mediante imágenes que pudiesen conseguir un impacto social, poco menos que controlar y acentuar los temores ya arraigados en el imaginario estadounidense a través de una nueva y poderosa herramienta de control de las masas, la de las imágenes en movimiento. Es el silencio como violencia y, en consecuencia, como arma de control social.

Desde La Habana esperan a preguntarme en el próximo escrito, aunque amenazan con criticar posibles alusiones al silencio en movimiento soviético, de características controvertidas, como veremos, porque tanto el arte como la ideología se han nutrido del silencio a lo largo de un periodo apasionante del que tiempo habrá de escribir. El silencio como expectativa.

Venga... meta ruido por ahí