satanasDedicado, con desprecio soberano,
al bobo de Monseñor Ignacio Munilla.

Como todo el mundo, yo también me he marcado mis objetivos para el año nuevo. Aparte de reordenar mis prioridades -quizás les hable de ellas en una próxima entrada, aunque no lo aseguro- y por un asuntillo personal del que seguro que les hablaré en otra ocasión, porque tiene implicaciones sociopolíticas, he decidido incrementar mi intransigencia intelectual y personal hacia Dios, hacia la Santa Madre Iglesia y hacia la religión en general. No pienso pasarles una. No respeto ni a la religión, ni a Dios, ni a los creyentes, ni a sus creencias, y mucho menos a la Santa Madre Iglesia y a sus odiosos prelados.Es bien sencillo: hoy en día, con lo que ya sabemos, no se puede creer en una inteligencia superior a la nuestra. No existe ninguna inteligencia superior de la que procedan las demás -salvo la mía quizás-, y no existe ninguna inteligencia que no esté vinculada a la existencia de un ente material complejo, como es el cerebro. La inteligencia y eso que los creyentes llaman “el espíritu“, pero que nunca aciertan a explicar bien qué es, sólo es la emanación de un complicado mecanismo biológico, exclusivamente material.

Dios es -en su origen- una ilusión, algo que necesitó el ser humano para explicar y entender el mundo y sus fenómenos cuando no tenía ni conocimientos ni recursos suficientes para hacerlo por sus propios medios. Pero el hambre del hombre -y la mía en particular- es grande, y poco a poco se fue comiendo las frutas del árbol de la ciencia. Hoy, los asombrosos conocimientos científicos y tecnológicos que hemos ido acumulando -a pesar de los intentos de Dios de frenar esta carrera por el conocimiento, con expulsiones del paraíso, hogueras, amenazas, torturas y otros medios disuasorios- nos permiten entender el mundo cada vez mejor. Por ello, Dios va teniendo cada vez menos que hacer.

De esta divina ociosidad, que se manifiesta en nuestro pobre y atribulado valle de lágrimas en una creciente pérdida de influencia de los druidas, nace  la idea de empezar a utilizar a Dios para controlarnos. Y la idea no es de Dios, que no existe, sino de los druidas, que se dan cuenta de que cuanto más sabemos, menos dependientes somos de ellos. Hace mucho tiempo que Dios dejó de ser una forma de explicar la realidad, para convertirse en un mecanismo de dominación. Dios les dice a sus druidas lo que los demás tenemos que hacer y ellos, organizan Misas de las Familias y otros eventos para transmitirnos los designios de la divinidad: así, sabemos a quién tenemos que votar, con quién tenemos que casarnos, qué utilidad podemos darle a nuestros cuerpos, si podemos o no abusar del cuerpo de nuestras parejas, qué días podemos comer carne y cuáles otros no, si podemos o no comer cerdo, que no podemos comer vaca, que no podemos votar sí a determinadas leyes…

Y todo esto no lo digo yo, lo dice la Biblia, cuando nos cuenta el episodio de Adan, Eva y la serpiente. Y asombra que el mito haya sobrevivido tantos siglos. Dios es un capullo que quiere mantener a Adan y a Eva en la bendita ignoracia: vivid y reproducíos (sin placer), pero nunca comáis del árbol del bien y del mal. Suerte que está por allí la serpiente, el bueno de la película, que animó a Eva a comer del arbol prohibido y poder así conocer por sí misma lo que está bien y lo que está mal. Gracias a la serpiente, gracias a Lucifer, y gracias a Eva, los hombres y las mujeres inician el camino que les saca de las oscuridad,  les conduce hacia la luz del conocimiento, y, de paso, les enseña el pecado de la lujuria, que por alguna razón que se me escapa, les jode a Dios y a sus druidas de manera infinita. Es el camino que permite a los seres humanos hacerse independientes de Dios y sus druidas, conocer por si mismos lo que está bien y lo que está mal, y entender el mundo. El día que se complete ese ciclo, Dios habrá muerto, y sólo quedará Lucifer, nuestro verdadero dios.

Mientras tanto, la única iglesia buena es la que da luz, y recuerden que arder es una magnífica forma de dar luz.

Venga... meta ruido por ahí



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