mitxeleneaPor don Mitxel

Por motivos que no voy a compartir con ustedes, estuve el domingo pasado visitando la localidad navarra de Zugarramurdi, ya saben, el pueblo de las brujas que fueron quemadas en 1610, hace ahora cuatrocientos años, en el conocido como proceso de Logroño.

Pues eso les cuento para que no me llamen insensible, que estuve rindiendo tributo a las víctimas de tanta barbarie, a aquellas acusadas de brujería y luego quemadas en la hoguera, bien en persona o bien en efigie, pues la mayor parte de ellas habían fallecido en prisión tras dos años de proceso. Otras, todo hay que decirlo, fueron inocentadas o se libraron con penas más o menos leves.

En cualquier caso, aquellos sucesos me enviaron un guiño desde la misma Edad Media al comprobar que los jueces de la época tuvieron que recurrir a traductores para interrogar a los lugareños, que no hablaban otra cosa mas que euskera. También debo confesar que el funcionamiento de esta institución me puso los dientes largos de envidia al enterarme de que los comisionados por el Santo Oficio debían estar sujetos a un férreo autocontrol, pudiendo ser denunciados ante la Suprema (denuncien ustedes hoy cualquier abuso ante el Supremo), y que la tortura sólo se empleaba después de ser interrogado el reo durante tres sesiones, y una vez que el fiscal iniciaba el proceso y persistían las dudas sobre la sinceridad del acusado. Vamos, que pese a la barbarie propia de la época, el Santo Oficio español obraba acorde a unas normas, que no eran violadas ni siquiera en caso de que el sospechoso fuera vasco. La tortura, aunque era algo común, no era un método que se aplicase de forma sistemática y, lo que me parece más importante, cuando se recurría a la misma, los miembros del tribunal tenían la obligación ineludible de asistir a los tormentos en vez de, como ocurre ahora, cerrar los ojos como si nada estuviese ocurriendo a fin de dormirse arrullados por los vivas a la constitución y el estado democrático de derecho del patatín patatán.

Mientras paseaba por esos montes vascos que se reparten entre dos Estados, de Zugarramurdi a Sara, iba pensando en las infelices brujas “relajadas” en la hoguera, y me iba diciendo a mí mismo lo poco que han cambiado las cosas desde entonces, a no ser sino para empeorar.

Y es que tras cuatrocientos años de Santo Oficio uno llega a la conclusión que se hace vital para disfrutar de unos mínimos de democracia, el tener una justicia propia, en lugar de ir maniatado o esposado hasta Logroño o Madrid, dentro de una jaula de madera o de un furgón de la Benemérita, donde unos señores muy circunspectos decidirán sobre tu vida y tu hacienda por delitos que no siempre están tan claros. Tribunales especiales propios de una dictadura frente al juez natural que correspondería a un Estado de Derecho. Aunque sólo sea para ahorrarnos procesos inquisitoriales como el de Egunkaria u otros recientes Autos de Fe.

En estas circunstancias, ya fuera de aquellos montes testigos seculares de akelarres, contrabandistas, etarras y patrullas de pikoletos, sentado frente a este chisme del diablo que sí es el ordenador, uno se sigue preguntando al calor del post de don Ricardo: ¿qué competencias cedería al Estado federal y cuales reclamaría?

Y hete aquí que hasta a mí ha llegado esa luz que sólo tiene el cielo de Madrid y que tan bien supo reflejar el gran Velázquez: reclamaría exactamente todas las competencias, contempladas o no en el estatuto de Gernika, desde la Justicia que hay que arrebatar al gran inquisidor, hasta puertos, aereopuertos y fronteras. Todas. Porque mías son. Tanto el Concierto Económico que tanta pupa hace a los internacionalistas con frontera en los Pirineos –justo en la misma Zugarramurdi-, como las que garantizarán mi jubilación, por mucho que ello le fastidie el negocio al chiringuito que tienen montado CC.OO y UGT (caja única, creo que le  llaman), esos sindicatos minoritarios en Euskadi y tan bien pagados por el desgobierno vasco por colaborar activamente en el presente golpe institucional.

Creo que con el último lehendakari electo, señor Juan José Ibarretxe Markuartu, hemos perdido la última oportunidad que tuvo España por llegar a un pacto de tipo federal o confederal. El golpe no ha venido sino a rubricar la desesperación de quienes saben que tienen la partida perdida desde el mismo día en que el Inquisidor de guardia, no recuerdo si se llamaba Garzón o Grande Markaska, decidió enviar hace cuatrocientos años a Zugarramurdi a unos sicarios vestidos de fraile que, al no entender nada, se llevaron por delante todo lo que encontraron.

Es una partida perdida porque, vamos a ver, don Ricardo: ¿cómo coño va usted a armonizar el sistema impositivo en esa España federal que incluye a vascos?

Se lo pregunto porque solo tiene usted una forma de hacerlo: a las bravas. Sí señor,  porque cualquiera que se haya molestado en leer la Constitución Española de 1978 sabrá que la misma reconoce como histórico el fuero de los vascos, es decir, derechos anteriores a la propia Constitución, que –repito- ésta reconoce, pero de la que no emanan.

¿Está usted planteando votar sí o no al Concierto Económico, sí o no a que me roben la cartera? ¿Desde cuando se votan los derechos?

Cerrada la vía legal don Ricardo, sólo le queda a usted el uso de la fuerza bruta.

Y cuando me refiero a usted, me refiero en realidad a ese PSOE, ese PP y esa IU que mordieron la mano tendida del lehendakari en el Congreso, y a esa dirección de arrepentidos que es Ezker Batua, que ya sabrán ustedes que acaban de reunirse en Consejo Político para ver quien la tiene más grande y, de paso, abjurar del pasado, de las ideas y de la decencia política.

Y para que vean que en realidad no soy tan borde, sepan que defenderé junto al conjunto de IU y EB eso de la solidaridad interterritorial, vamos, el 0,7 %.

En fin, que ya puestos a confraternizar, terminaré con una cita de otro intelectual español rescatado del anonimato, don John Cobra: “aquí tienen esto pa´ quien lo quiera”.

Venga, no me defrauden.

Venga... meta ruido por ahí



Tagged with →