A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

Me van a permitir que dé la palabra, o al menos la mayor parte de la palabra en este escrito a otros. En primer lugar a un soldado estadounidense, un veterano de la guerra de Irak cuyo posicionamiento frente al conflicto resulta sorprendente. Podemos escuchar sus palabras en un vídeo que desde hace algún tiempo circula de boca en boca, de bandeja de entrada en bandeja de entrada, y que traigo hasta aquí para decir algo que ya sabemos, pero que a veces conviene decir, y es que no todo en el seno del imperio es deleznable. Pueden ver el vídeo en esta página, donde además hay una transcripción de las declaraciones de este veterano que traigo hasta esta bitácora, para los que prefieran leerlas:

… pero sólo pude sentir vergüenza. El racismo ya no podía enmascarar la realidad de la ocupación por más tiempo; eran personas, eran seres humanos. Desde entonces me plaga la culpa; puede que vea a un hombre mayor, como el que no podía caminar y lo rodamos sobre una camilla para que la policía iraquí se lo llevara. Siento culpabilidad cada vez que veo a una madre con sus hijos como la que sollozaba histéricamente gritándonos que éramos peores que Saddam mientras la obligábamos a salir de su casa. Siento culpabilidad cada vez que veo a una niña joven como la que agarré por el brazo y arrastré hacia la calle.

Se nos dijo que luchábamos contra terroristas. El verdadero terrorista era yo, y el verdadero terrorismo era esta ocupación. El racismo dentro de lo militar ha sido durante largo tiempo una herramienta para justificar la destrucción y ocupación de otro país. Durante mucho tiempo se ha usado para justificar las matanzas, la subyugación y torturas de otras gentes. El racismo es un arma vital empleada por este gobierno. Es un arma más importante que un rifle, que un tanque, que un bombardero o que un barco acorazado; es más destructiva que el proyectil de artillería, o un bunker blaster (revienta búnkers), o un misil Tomahawk. Mientras que esas armas son creadas y de la propiedad de este gobierno, son inofensivas mientras que haya personas que se nieguen a usarlas.

Aquellos que nos evían a la guerra, no tienen que apretar el gatillo o tirar una ronda de morteros. No tienen que luchar en la guerra. Sólo tienen que vender la guerra. Necesitan un público dispuesto a enviar y a poner a sus soldados en peligro. Necesitan soldados dispuestos a matar y a ser matados sin cuestionarlo. Pueden despilfarrar millones en una sola bomba, pero esa bomba sólo se convierte en arma cuando los rangos militares están dispuestos a seguir órdenes para usarla. Pueden enviar al último soldado a cualquier parte del mundo, pero sólo habrá guerra si los soldados están dispuestos a luchar.

Y la clase dominante, los multimillonarios que obtienen beneficio del sufrimiento humano, que sólo se preocupan en expandir su riqueza, en controlar la economía mundial, comprenden que su poder sólo yace en su habilidad para convencernos de que la guerra, la opresión y la explotación es por nuestro interés. Ellos entienden que su riqueza depende de su habilidad en convencer a la clase obrera de que mueran para controlar el mercado de otro país y de convencernos de que matemos o muramos; se basa en su habilidad para hacernos pensar de que de alguna forma somos superiores.


Soldados, marineros, marines, aviadores: no tienen nada que ganar con esta ocupación. La mayoría de la gente que vive en los Estados Unidos no tienen nada que ganar con esta ocupación. De hecho, no sólo no tememos nada que ganar, sino que sufrimos más debido a ella. Perdemos miembros y damos nuestras vidas en forma traumática. Nuestras familias deben contemplar los féretros embanderados siendo bajados a la tierra. Millones de personas en este país, sin asistencia médica, sin trabajo, sin acceso a la educación deben mirar cómo este gobierno derrocha 450 millones de dólares diarios en esta ocupación. Gente trabajadora y pobre de este país son enviados para matar a gente trabajadora y pobre de otro país para convertir a los ricos, más ricos aún. Sin el racismo, los soldados se darían cuenta de que tienen más en común con el pueblo iraquí de lo que tienen en común con los multimillonarios que nos envían a la guerra.

Tiré a familias enteras a la calle en Irak, sólo para volver a casa y encontrarme con familias siendo tiradas a la calle en este país, con esta trágica e innecesaria crisis hipotecaria. Debemos despertarnos y darnos cuenta de que nuestros verdaderos enemigos no se encuentran en un país lejano y no son personas cuyos nombres desconocemos ni culturas que no comprendemos. El enemigo son personas que conocemos muy bien, personas que podemos identificar. El enemigo es un sistema que declara la guerra cuando es rentable. El enemigo son los jefes ejecutivos que nos despiden de nuestros puestos de trabajo cuando no es rentable. Son las compañías aseguradoras que nos niegan la asistencia médica cuando no es rentable. Son los bancos que nos expropian nuestros hogares cuando no es rentable. Nuestro enemigo no está a 5.000 millas de distancia, están justo aquí, en casa.

Si nos organizamos y luchamos juntos, con nuestras hermanas y hermanos podemos detener esta guerra. Podemos detener a este gobierno, y podemos crear un mundo mejor.

Desde La Habana me preguntan: ¿cuándo nos daremos cuenta de que siempre se repite la misma historia, de que por muy buenas intenciones que puedan encontrarse en el seno de la sociedad estadounidense, el imperio sigue campando a sus anchas? Mi respuesta es que escuchemos a Sartre y que allí dónde el pensador francés decía “Vietnam” lo sustituyamos por “Irak”, justo a partir del minuto 5:54 del siguiente vídeo y, por favor, aguanten hasta la última frase de su respuesta, pues a veces, escuchándole, parece que muy poco haya cambiado en los últimos cuarenta y cinco años.

Venga... meta ruido por ahí



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