A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

El pasado 12 de Enero, poco antes de las cinco de la tarde, un terremoto de 7 grados de magnitud sacudió a Haití durante un minuto. En apenas dos semanas se recuperaron 150.000 cuerpos de seres humanos sin vida y la cifra oficial de fallecidos supera los 220.000 casi dos meses más tarde. A muchos kilómetros, el 27 de Febrero a las tres y media de la madrugada, un nuevo seísmo asoló a un país latinoamericano: Chile. Éste fue de 8.8 grados de magnitud y se prolongó por espacio de tres minutos. De momento se han contabilizado 800 fallecidos y no parece que la cifra pueda igualar a la de la tragedia de Haití.

Me pregunto cuántos muertos ha causado el terremoto en ambos casos, especialmente en Haití, porque no tengo nada claro que el seísmo que arrasó al país caribeño fuese el responsable real de tantas muertes. Me inclino a pensar que la cifra de muertos en Haití se explica por otras causas, por otras razones, más relacionadas con las paupérrimas condiciones de vida de sus ciudadanos. Es por eso que para entenderlas, para comprender la escalofriante cifra de casi un cuarto de millón de seres humanos que con tanta violencia contrasta con la también escalofriante (pero no tanto) cifra chilena, deberíamos hacer un repaso a la historia de Haití. Hagámoslo sucintamente de la mano de Naomi Klein:

Cuando los haitianos ganaron su independencia de Francia en 1804, tuvieron todo el derecho de reclamar reparaciones a los poderes que se habían aprovechado durante trescientos años del trabajo robado. Francia, de todos modos, estaba convencida de que habían sido los haitianos quienes habían robado la propiedad de los dueños de esclavos negándose a trabajar gratuitamente. Por ello, en 1825, con una flota de barcos de guerra amarrados en la costa haitiana amenazando con volver a esclavizar la antigua colonia, el rey Carlos X vino a recolectar: 90 millones de francos en oro –diez veces la renta anual de Haití en ese momento-. Sin capacidad para negarse, y sin posibilidades de pagar, la joven nación fue amarrada a una deuda que tardaría 122 años en saldarse. (…)

En 2003 el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide, enfrentado a un agobiante embargo económico, anunció que Haití demandaría al gobierno francés por el robo perpetrado tiempo atrás. “Nuestro argumento”, me dijo el ex abogado de Aristide, Ira Kurzban, “fue que el contrato era un acuerdo sin validez porque estuvo basado en la amenaza de re-esclavización en tiempos en los que la comunidad internacional consideraba la esclavitud como un mal”. El gobierno francés estuvo lo suficientemente preocupado como para enviar un mediador a Puerto Príncipe para que mantuviese el caso fuera de los tribunales. Finalmente, sin embargo, su problema fue eliminado: mientras se llevaban a cabo los preparativos del juicio Aristide fue derrocado. El juicio desapareció, pero para muchos haitianos los reclamos de reparación aún continúan. (…)

Desde 1957 a 1986, Haití estuvo gobernado por el régimen desafiantemente cleptocrático de Duvalier. A diferencia de la deuda francesa, el caso contra Duvalier se expuso en varios tribunales que rastrearon los fondos haitianos hasta una elaborada red de cuentas bancarias en Suiza y fastuosas propiedades. En 1988 Kurzban ganó un juicio clave contra Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier cuando una Corte de Distrito en Miami dictaminó que el depuesto gobernante había “malversado más de 504 millones de dólares de fondos públicos”.

Los haitianos, por supuesto, aún siguen esperando la restitución de ese dinero –pero este fue sólo el comienzo de sus pérdidas-. Durante más de diez años los acreedores del país insistieron en que los haitianos debían pagar las astronómicas deudas contraídas por Duvalier, estimadas en 844 millones de dólares, gran parte de las cuales pertenecían a instituciones como el FMI y el Banco Mundial. Sólo en servicios de deuda, los haitianos tienen que pagar 10 millones de dólares por año. (*)

Desde La Habana me preguntan: ¿quién tiene la cara más dura, el imperio o sus lacayos? Mi respuesta es que cuesta responder a esta pregunta, porque hablamos de caras muy duras, de rocas graníticas, de armazones faciales prácticamente indestructibles. No tengo dudas de que el terremoto de Haití dio la puntilla a decenas de miles de personas que habían sido masacradas, sentenciadas de antemano por dos siglos de explotación que todavía no ha terminado, dos siglos de verdadero terrorismo, con multitud de personas muertas a manos de los imperios genocidas de turno que las esclavizaron a base de trabajo prácticamente gratuito y hambre severa, imperios que crearon las condiciones para que las consecuencias de un grave seísmo como el del 12 de Enero se multiplicasen dramáticamente.

(*) Traducción hecha para la revista sinpermiso por Camila Vollenweider.

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