En España, cuando quieres adoptar a un niño español o extranjero, tienes que pasar una serie de cursos, exámenes psicológicos y sociales, cuestionarios, entrevistas, todo ello encaminado a dos objetivos: el primero, intentar tener la seguridad de que los solicitantes quieren ser padres y no buscan tapar algún otro agujero o suplir alguna otra carencia más o menos oculta, y por eso optan por la vía de la adopción; y el segundo, fijar la idea de que todo el proceso de adopción -un proceso bastante complejo- se hace siempre en interés del niño que va a ser adoptado, y no en el de los padres que lo van a adoptar. Los padres no tienen derechos, es el niño el que tiene los derechos, y las autoridades españolas y las del país de origen del niño son las encargadas de asegurarlos y garantizarlos. No pesa tanto el estatus social o económico de los padres como su deseo de ser padres y su capacidad de proporcionar una familia y un hogar adecuado al niño o a la niña adoptada.

Hoy hemos sabido que Rusia ha cerrado(o está a punto de hacerlo) las adopciones a los ciudadanos estadounidenses porque una señora  de dicha vergonzante nacionalidad –16 niños rusos adoptados en Estados Unidos han muerto asesinados a manos de sus padres adoptivos desde 1991, ni uno sólo en otra nación del mundo- ha metido a su hijo adoptivo ruso en un avión para Moscú y lo ha devuelto con una nota que venía a decir: “tiene problemas psicológicos, les vamos a denunciar por engañarnos“. Tengo que contenerme para no ponerme hecho una hidra, porque mi deseo hoy es que los americanos -esa gran nación que aportó la silla eléctrica al progreso tecnológico- se electrocuten todos unos a otros de una puta vez y dejen al mundo en paz.  Repuesto de la ira gracias al exabrupto suprascripto, no tengo más remedio que concluir que lo que ha ocurrido es lógico y previsible, cuando en Estados Unidos la adopción es sencillamente la compra de niños, y los niños son considerados como cualquier otra mercancía que se cambia por dinero. Si sale defectuosa, se devuelve, y se reclama.

El niño había sido adoptado en septiembre al parecer, sólo un mes más tarde que mi propio hijo Artur, que está con nosotros desde agosto, y como todos los niños que han sufrido abandono, tiene también sus problemillas. No me puedo ni imaginar la escena de meterle en un avión, como si fuera una maleta y facturarle de vuelta para Moscú.

Ha hecho muy bien Rusia en suspender la adopciones de los norteamericanos, y no debería reanudarlas hasta que Estados Unidos no acepte, como cualquier país civilizado, que el proceso de adopción debe estar supervisado por autoridades públicas, y no debe permitirse el negocio privado y el lucro con ello.

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