LechKaczynski2No ser Jefe de Estado, ni presidente del gobierno de ningún país, civilizado o no, tiene un par de ventajas. La primera de ellas, y la mejor sin duda, es que cuando a uno le apetece irse a Casa Mingo a zamparse un pollo asado, un chorizo asturiano, un plato de pimientos fritos y un par de botellas de sidra, pues agarra uno, se levanta del sillón, y se va a Casa Mingo a zamparse un pollo asado, un chorizo asturiano, un plato de pimientos fritos y un par de botellas de sidra, así, sin pensarlo dos veces. La otra ventaja es que no necesita uno hacer uso de la diplomacia para manifestar sus opiniones sobre los jefes de estado de los países extranjeros, vivos o difuntos, como es el caso del que vamos a hablar hoy.

Ha muerto el Aznar polaco, y José Luis Rodríguez Zapatero, en lugar de callarse diplomáticamente, que es lo que tenía que haber hecho, va y dice que se trata de una perdida irreparable. Y digo yo que qué alivio, porque por mucho que ahora los medios de comunicación nos lo quieran centrar o presentar como un gran estadista, lo cierto es que no era más que un lider ultraderechista, un fanático anticomunista, antiruso y antieuropeo, y un demagogo que hubiera disfrutado arrastrando a toda la Unión Europea a una nueva guerra fría con Rusia. Lech Kaczynski quiso restablecer la pena de muerte en Polonia, lo cual hubiese supuesto una crisis institucional de primer orden en el continente; después intentó que se prohibiese en toda la Unión Europea el matrimonio homosexual, y a la par se sumó, junto a Ucrania y Georgia, al intento de Washington deaislar a Rusia en medio de una linea maginot de misiles, usando a Irán como pretexto.

Lech Kaczynski era un fanático ultraderechista que utilizó los archivos de la policía política comunista para iniciar una caza de brujas en Polonia durante la que se intentó acusar nada menos que a Lech Walesa y a Karol Woytila de haber sido colaboradores de la policía secreta, y utizaba las instituciones polacas para fomentar entre su pueblo un sentimiento antiruso limítrofe con el racismo. Apenas unas horas antes de su muerte se negaba a asistir a Rusia, al homenaje a los oficiales democrátas polacos que murieron a manos del Ejército Rojo en Katyn, haciendo gala de una gran miseria moral al no querer aceptar las sinceras disculpas del actual gobierno ruso, y sólo consintió en asistir por la presión de las familias de las víctimas.

A cada cerdo le llega su San Martín, y este cerdo ha muerto donde peor le venía morir: en medio de los bosques de Rusia, esa gran nación a la que tanto odiaba. ¿Justicia divina, quizás?

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