LechKaczynski2No ser Jefe de Estado, ni presidente del gobierno de ningún país, civilizado o no, tiene un par de ventajas. La primera de ellas, y la mejor sin duda, es que cuando a uno le apetece irse a Casa Mingo a zamparse un pollo asado, un chorizo asturiano, un plato de pimientos fritos y un par de botellas de sidra, pues agarra uno, se levanta del sillón, y se va a Casa Mingo a zamparse un pollo asado, un chorizo asturiano, un plato de pimientos fritos y un par de botellas de sidra, así, sin pensarlo dos veces. La otra ventaja es que no necesita uno hacer uso de la diplomacia para manifestar sus opiniones sobre los jefes de estado de los países extranjeros, vivos o difuntos, como es el caso del que vamos a hablar hoy.

Lech Kaczynski era un fanático ultraderechista que utilizó los archivos de la policía política comunista para iniciar una caza de brujas en Polonia durante la que se intentó acusar nada menos que a Lech Walesa y a Karol Woytila de haber sido colaboradores de la policía secreta, y utizaba las instituciones polacas para fomentar entre su pueblo un sentimiento antiruso limítrofe con el racismo. Apenas unas horas antes de su muerte se negaba a asistir a Rusia, al homenaje a los oficiales democrátas polacos que murieron a manos del Ejército Rojo en Katyn, haciendo gala de una gran miseria moral al no querer aceptar las sinceras disculpas del actual gobierno ruso, y sólo consintió en asistir por la presión de las familias de las víctimas.

A cada cerdo le llega su San Martín, y este cerdo ha muerto donde peor le venía morir: en medio de los bosques de Rusia, esa gran nación a la que tanto odiaba. ¿Justicia divina, quizás?

Venga... meta ruido por ahí



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