Parece claro que algo se ha roto en los últimos tiempos en la democracia española, algo central, cordial, que se ha averiado definitivamente y que probablemente no tenga  arreglo. Es una sensación subjetiva, porque muchos antes venían avisando de que ese algo llevaba mucho tiempo roto, mientras que otros señalaban, incluso, que nunca había existido. Se trata del llamado espíritu de la transición, de aquel consenso naïf que se basó en la inocencia de una izquierda que creyó que la derecha era sincera.

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