Me cuesta mucho escribir sobre economía. No entiendo de economía, y además, creo que la economía es una de esas antipáticas disciplinas que tiene como peculiaridad el uso de un lenguaje esotérico destinado a alejar a los profanos y a disfrazarla de ciencia, para que los profanos, precisamente, no cuestionemos lo que dicen sus doctores, que a veces, y dados los esfuerzos que hacen por utilizar palabras mágicas y exclusivas, parecen chamanes. Las tertulias radiofónicas y las páginas salmón y menos salmón de los periódicos están plagadas de “expertos” que hablan de economía como si estuvieran dando una clase, o diciendo misa, que se ríen -en ocasiones con crueldad- de quienes se atreven a opinar desde fuera de su peculiar academia.

Ya sabemos cuáles son las medidas que va  a adoptar el Gobierno de España, presidido por José Luis Rodriguez Zapatero para salir de la crisis: apretar el cinturon a aquellos que puede controlar, es decir, pagar menos salarios, reducir las pensiones y ahorrar en los servicios sociales que prestan el estado y el resto de las administraciones públicas. Y lo han celebrado la patronal -salvo la de la construcción, porque se reducen las inversiones del estado- el FMI y el presidente de los Estados Unidos. El PP ni celebra ni lamenta nada, se limita a hacer demagogia, que es lo que siempre hacen. Está claro a qué intereses responden las propuestas de Zapatero, entre otras cosas, porque la desproporción de los recortes sociales anunciados no tiene contrapeso en una sóla medida que castigue, si quiera sea mínimamente, a los especuladores que tienen en lo sparaísos fiscales el dinero que debía estar circulando entre las cuentas corrientes de las familias, las empresas y el estado. En otros países, como Portugal, se habla de un impuesto que limite los grandes beneficios que los bancos siguen anunciando, incluso en tiempos de crisis. Aquí, no, aquí se habla de si Zapatero ha improvisado o si se ha acabado su carrera política. Porque España es diferente.

Es una cuestión de intereses, o lo que es lo mismo: es una cuestión de clases. Desde la última legislatura de Felipe Gonzalez, hasta la actual de Zapatero, los ricos -lamento no ser científico, quiero que se me entienda sin posibilidad de confusión alguna- han asaltado al estado y han acabado con todos aquellos impuestos que suponían una mínima redistribución de la riqueza: el IRPF se ha quedado en algo simbólico para las rentas altas, e incluso muchas de las medias, el Impuesto de Sociedades sólo lo pagan las sociedades productivas, mientras que las especuladoras pagan un 1%, el Impuesto del Patrimonio es historia, y el de Sucesiones y Transmisiones lo liquidaron en alegre coyunda e histórica pinza contra los pobres, y de nuevo, lamento no ser científico, Esperanza Aguirre y José Luis Rodríguez Zapatero . En los últimos 10 años, el estado ha dejado de ingresar miles de millones de euros, sin que se hayan reducido los impuestos que pagan las rentas bajas. Y ahora toca reducir los gastos. Mañana veremos como lo que hay que hacer es desmantelar los servicios sociales y privatizarlos en trocitos.

Ya pueden hacer los sidicatos todas las  huelgas generales  de un día  que se les ocurra, que esto no se arregla con una huelga general. El problema es que, dadas las circunstancias, si no se discute ni cuestiona la globalidad del contexto político y económico, lo único que se puede hacer es lo que están haciendo los gobiernos europeos -es cierto que el de Zapatero con especial mala hostia, ya que ni se plantea tocar otras rentas que las más bajas-, que no es otra cosa que reducir el gasto.

¿Y ante esta situación, qué podemos hacer? Poca cosa, salvo dejar de colaborar pasivamente y empezar a resistir activamente; defender nuestros intereses a guantazos, si es preciso, y aún a riesgo de que nos criminalicen, como  está ocurriendo en Grecia…

Venga... meta ruido por ahí