A Sueldo de La HabanaPor don Lucien de Peiro

―¿Qué coño he hecho para que me visiten tan a menudo los Testigos de Jehová?― pensé en aquel instante. El hombre estaba empezando a hacer su discurso prefabricado cuando decidí soltarle el mío, porque yo también dispongo de discursos prefabricados si la situación lo tercia.

―Disculpen― le interrumpí― creo que es necesario que les hable de mi postura sobre Dios antes de que continúe. No quisiera hacerles perder el tiempo.

Estaba el testigo, de Jehová y de mis palabras, abriendo la boca, a punto de replicar, de decirme algo cuando, sin apenas tiempo para que un servidor paladease lo que iba a decir, que ya había situado en la punta de mi lengua, continué, casi sin pensarlo, como se hace con los discursos prefabricados, sólo que mi discurso, que quizás parezca prefabricado, ha sido cuidadosamente reflexionado antes de ponerlo en práctica:

―Verán, soy agnóstico. No creo en Dios, aunque considero en un nivel similar de superstición a los que lo niegan categóricamente, sólo que ellos, los ateos, llevan más de 2000 años acertando y sus oponentes, los creyentes, llevan más de 2000 años equivocándose. Es imposible que ambos tengan razón, y desconozco a ciencia cierta quién de ellos la tiene, pero de momento, si nos quedamos con lo que sabemos, nada, absolutamente nada indica que Dios exista más allá de la pura y dura superstición humana. Ni unos han demostrado su existencia, ni los otros su no existencia, pero ¿tiene sentido intentar demostrar algo provocado por los que afirman lo contrario? El ateo no ha mostrado su afirmación sobre la no existencia de Dios en primera instancia, sino que ha reaccionado ante los que sin pruebas ni lógica afirmaban lo contrario, de modo que no tiene porqué justificarse. Filosóficamente considero más coherente al agnosticismo, pero técnicamente soy ateo, porque las afirmaciones de los creyentes no han superado jamás el estadio de la metafísica y, en cierto modo, negar la afirmación del creyente en base a la negación de la misma es ateísmo y, además, lógica, racional y filosóficamente plausible―.

Estas palabras no deberían hacer temblar necesariamente los cimientos de la fe de nadie, pero sí que deberían provocar un reacción inmediata en cualquiera que intentase practicar el proselitismo con quien las pronunciase: desistir. Recuerdo en estos momentos al padre F.C. Copleston tratando de convencer a Bertrand Russell de la existencia de Dios agarrándose al argumento metafísico de Leibniz llamado “de la contingencia”, replicado por el filósofo británico desde la imposibilidad de concebir a un ser necesario, y es que la discusión racional, lógica y filosófica sobre la existencia de Dios termina pasando, en el caso de los creyentes, por algo tan poco racional, lógico y filosófico como la fe (1). La fe no es exportable ni universalizable. La fe no puede servir en una discusión lógica y racional sobre Dios, porque no hay forma de demostrarla con palabras, de modo que no tiene sentido debatir con quien utiliza la fe como argumento. La fe, de estar fundamentada en la existencia de Dios, no se puede convencer ni demostrar: simplemente se siente o se manifiesta, cuestiones que han de quedar entre los “agraciados”, pero que son insultantes en términos puramente racionales, entendida la razón como objeto de digresión y profundización lógico-verbal. (2)

El único testigo de mis palabras y de Jehová que abría la boca no pareció tomarme muy en serio y siguió erre que erre con su rollo, a mi juicio innecesario tras lo que le había dicho. Decidí probar otra vía: la desacreditación de su Dios, vía que supone por mi parte partir de una ficción, la de dar por sentada la existencia de Dios, por aquello de profundizar en las propias contradicciones de la misma. Le hablé de algo demostrado: las manipulaciones de la Biblia que los Testigos de Jehová han hecho del original griego, adaptando las Sagradas Escrituras a sus intereses, pero mi interlocutor lo negó rotundamente. Entonces les pedí que esperasen un segundo y me fui a buscar un libro de Pepe Rodríguez con el que enseguida regresé (3). Abrí el libro al azar y me encontré con un curioso fragmento que les leí inmediatamente. Para que nos situemos, Pepe Rodríguez habla en dicho fragmento de la consideración que la mujer merecía para Dios en el antiguo testamento y en un momento dado, centrado en un largo pasaje de Números (Nm 31, 1-54) que merece ser leído, nos habla de las durísimas órdenes que Dios le da a Moisés en un momento dado:

Maten, pues, a todos los niños, hombres, y a toda mujer que haya tenido relaciones con un hombre. Pero dejen con vida y tomen para ustedes todas las niñas que todavía no hayan tenido relaciones (Nm 31, 17-18)

Como concluye Pepe Rodríguez sobre dicho fragmento:

La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: ante las mujeres de los vencidos, asesina a las madres y secuestra y viola a las hijas, que esto es lo mandado por el altísimo (4).

Aquí toqué un punto débil, puesto que la cosa empezó a descontrolarse para mis “Testigos”. El que no decía ni “mu” continuaba callado (creo que en ningún momento dijo nada) y su cara mostraba cierto interés por lo que yo decía, más que nada porque, tras unos pocos minutos, sus ojos estaban abiertos como platos. El otro, el que llevaba la voz cantante, empezó a descomponerse: lo primero que me dijo fue que no podíamos interpretar a la ligera los textos bíblicos, que no es fácil entender lo que dicen, que es necesario llegar hasta el fondo de lo que allí está pasando para poder comprender la actitud divina. Obviamente, le manifesté que el trato dado por Dios a la mujer es una prueba más que evidente del contexto histórico en el que ese conjunto de libros fue redactado. Le dije con creciente acritud, aumentando progresivamente la severidad de mis palabras, que no había por donde coger la actitud divina. Le dije que dios no podía estar sometido a las coyunturas de la historia, que Dios, de existir, tendría que estar por encima de la historia, porque dios (entiendo) está por encima de todo y de todos, y la constante discriminación de la mujer a lo largo y ancho de las Sagradas Escrituras evidencia la inconsistencia de las mismas como fuentes de la palabra divina.

En un momento dado, ante mi creciente y pétreo acoso verbal, y reconozco que lo acosaba porque no estaba dispuesto a que se fuera por los cerros de Úbeda, no iba a consentir que desviase la atención, me habló del pecado original, de la condición pecadora de los seres humanos, ante lo que elevé el tono y con total contundencia le recordé que en ese fragmento el mismísimo Dios ordenaba el asesinato indiscriminado de niños, que eso era absolutamente intolerable, injustificable, que no cuadraba con las enseñanzas que pregonan los siervos de Jesús y hasta el propio Jesús, que no casaba con la supuesta misericordia cristiana, claro, es cierto, porque Cristo no tuvo la culpa de tener por padre a un genocida. Noté que iba a replicarme y continué: ―¿Le parecería bien que justificase al que mata a un inocente? ¿No es eso lo que usted hace? ¿Acaso se atreve a discutir la inocencia de una criatura? ¿Qué salvajada es ésa del pecado original como justificación de la crueldad divina? ¿Qué Dios es el que actúa de un modo tan infame?―.

La reacción de aquel hombre estuvo a la altura de sus circunstancias. En primer lugar me dijo que llevaba más de 30 años estudiando la Biblia, que yo no era nadie para darle lecciones de lo que los textos bíblicos decían o dejaban de decir, y se fue definitivamente por la tangente, tratando de desviar la atención a la desesperada, cuando, señalando el libro que un servidor llevaba en sus manos, dijo: ―Seguro que ese tal… ¿cómo se llama?… Pepe Rodríguez… Seguro que ese Pepe Rodríguez está a favor de que se mate a un niño mediante el aborto y…―. Ya no dijo nada más sobre el asunto, porque quité el freno de mano. Le dije que eso no lo sabíamos, que estábamos allí para hablar como personas adultas, y que había que centrarse en lo que teníamos entre manos. Le dije que lo que Pepe Rodríguez pensase sobre el aborto era puramente circunstancial y que en nada afectaba al corpus bíblico ni a lo que allí estábamos discutiendo, que lo escrito en la Biblia estaba para quien quisiese leerlo, negro sobre blanco, y que cualquier otra consideración ajena a dicha realidad estaba de más. Sus siguientes palabras fueron ―bueno, gracias por su tiempo; nos tenemos que ir―, mientras me tendía la mano con evidentes signos de irritación. Se la estreché, a él y a su mudo acompañante, y sentí una satisfacción (vana, lo reconozco) al conseguir que un fundamentalista de tomo y lomo huyera con el rabo entre las piernas porque no tenía nada que decir ante las evidencias que le había mostrado.

Desde La Habana me preguntan: ¿no te has planteado de una vez por todas formar parte militante de comunidad atea y dejar apartado el soso agnosticismo que profesas? Mi respuesta es que debo ser coherente. Desconocemos muchas cosas, las respuestas a muchas preguntas que los seres humanos nos hemos hecho desde que tenemos capacidad de raciocinio. Quizás debamos plantearnos si tiene sentido continuar persiguiendo esas respuestas, que me atrevo a calificar de inalcanzables, utópicas. Respeto a los ateos por su lucha frente a la superstición religiosa pero no termino de comulgar con los que, de buena fe, responden a la superstición afirmando algo que tampoco puede ser demostrado (5).

Notas:

(1) “La existencia de Dios”, debate entre Bertrand Russell y el padre F.C. Copleston, S.J., extraído de “Por qué no soy cristiano”, de Bertrand Russell. Edhasa; Colección “Los libros de Sísifo” (1999), pp. 253-292.

(2) Conviene aclarar un punto. Cuando hablo de racionalidad, de lógica y de coherencia, estoy hablando de términos incompatibles con la fe. Sin embargo, para muchos fundamentalistas que se arropan en discursos teológicos y pseudo-filosóficos de tres al cuarto, la fe se puede explicar racionalmente. Es por eso que debo precisar lo que significa para un servidor el empleo del término “racional”.

La constatación racional de la existencia de la fe que, aparentemente, nos llevaría a la constatación racional de la existencia de Dios, debería poder sostenerse del mismo modo que, por ejemplo, se sostiene la constatación racional de la existencia del presidente de los EEUU, el señor Barack Obama. A Obama no lo he visto en mi vida personalmente. Todo lo que sé de él me ha llegado a través de medios de comunicación de todo pelaje, pero jamás lo he “constatado” con mis propios, personales e intransferibles medios.

A pesar de eso, la demostración racional de la existencia de Barack Obama como presidente de los EEUU se puede mostrar nítidamente o, al menos, parece indudable que se puede hacer. Para ello, por ejemplo, deberíamos constatar la existencia de los aparatos, soportes o cosas que los ciudadanos utilizamos para recibir las informaciones que nos hablan de dicho presidente. A continuación tendríamos que constatar, comprobar o demostrar la existencia de las fuentes de emisión de esas informaciones, la existencia de los medios. Eso debería llevarnos hasta el origen de las citadas informaciones, pesquisa que seguramente nos conduciría a los periodistas o corresponsales que las consiguieron. Podríamos comprobar la veracidad de las imágenes o documentos gráficos que supuestamente retrataron en algún momento a Obama y, finalmente, llegando hasta la Casa blanca si fuese necesario, podríamos (otra cosa son las dificultades materiales para conseguir tal cosa) conocer personalmente al presidente de los EEUU. Cabe pensar que un tiempo prudencial a su lado debería bastar para confirmar su identidad. Las barreras que impiden o dificultan semejante percal son puramente físicas, materiales, políticas o legislativas. En definitiva, es una cuestión puramente humana, entendiendo a los seres humanos desde su inequívoca existencia física, sin que ello sea óbice para respetar otros ámbitos de existencia del ser humano.

Como habrán podido comprender fácilmente, demostrar la existencia de Dios es materialmente imposible, aunque filosóficamente he planteado un discurso en esta nota altamente esquemático, lo que me permite prever que no faltarían voces críticas (y sensatas) que lo pusiesen entre paréntesis. No obstante, incluso aceptando que algunos (o muchos) sean capaces de invocar demostraciones ajenas a este pseudo materialismo que estoy defendiendo, hay que considerar que el proceso que me llevaría a comprobar o constatar la existencia del presidente de los EEUU es un proceso que todos los seres humanos están en disposición de verificar, cosa que no sucede con el proceso que, supuestamente, me llevaría a demostrar la existencia de Dios, entre otras cosas (no únicamente) porque la fe no es extrapolable, lo que significa que no es generalizable, universalizable, absoluta. Estoy planteando la diferencia entre realidad y superstición. La realidad es todo aquello que de forma absoluta y universal es constatable por cualquiera sin distinción. Alguien objetará (con agudeza) que un ciego rompería esta definición de realidad, pero si de algo se aprovecha la realidad, es de las múltiples formas de acceder a ella. Incluso aceptando limitaciones de percepción de la realidad en según que casos, habría que recordar que en el pleno uso de sus facultades físicas y mentales, la fe es subjetiva y en absoluto universalizable, mientras que el presidente de los EEUU es incontestable e innegable. Ahí, en esta idea, subyace la diferencia entre fe y realidad.

(3) “Los pésimos ejemplos de Dios según la Biblia”, de Pepe Rodríguez. Ed. Temas de hoy (2008).

(4) Pepe Rodríguez: op.cit. pp. 117-119.

(5) Que conste que me refiero a la creencia en la existencia de un ser superior en general, de un dios, un ente o lo que sea, y no tanto ante los dogmas religiosos conocidos, que son absolutamente insostenibles.

Venga... meta ruido por ahí



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