No es tiempo de líricas condenas, ni de informados análisis, ni de estudios sobre derecho internacional, ni sobre el concepto del terrorismo, ni sobre diplomacia. Es tiempo hablar la única lengua que al parecer entendemos todos. Israel sólo habla un idioma, probablemente, porque sólo entiende ese idioma: el de la prepotencia militar, el asesinato y la guerra. Emplea su ejército desproporcionadamente contra la gente, contra las ciudades de los países vecinos, y contra los barcos de las naciones independientes y civilizadas de su entorno. Por eso, si queremos hacernos entender con Israel, no tenemos más remedio que hablar su idioma: y su idioma es el de la muerte y el de la guerra. Creo que tenemos dos alternativas, para el primer mensaje:

2.- Declarar la guerra a Israel y mandar una fuerza que se infiltre en territorio israelí y libere a los pacifistas detenidos, matando en el camino a nueve militares israelíes, como mínimo.

Es indignante ver como nuestros gobiernos calzonazos no reaccionan ante los terroristas israelíes, ni siquiera cuando actúan como los piratas terroristas que son, en aguas internacionales, atancando a barcos con banderas de países occidentales. Israel no se va a parar ante nada, y su propaganda se extiende por el mundo de amnera rastrera y sibilina. Anoche entrevistaron en la cadena Ser, y esta mañana en Radio Nacional, al terrorista Slomo Ben Ami, especializado en labores de propaganada, y supuesto moderado, que se ha quedado tan contento después de decir que en Gaza no hay ningún problema humanitario y que los barcos de la flota pacifista asaltada ayer por los piratas eran “algo mucho más grande” de lo que nos creemos.

Puede parecer una exageración, pero es exactamente lo que pienso, que para algo nos tiene que servir -aparte de para jugar al Risk- nuestro flamante Ejército profesional, ese en el que si te enrolas te labras una carrera de futuro viviendo durante años de la sopa boba.

Europa tiene que declarar la guerra a Israel; basta ya de sometimiento a los intereses de los Estados Unidos.

Venga... meta ruido por ahí



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