Se me hacía tarde, y aunque el cuerpo me pedía ir allí al lado del policía con el chaval rebelde, no tenía nada claro qué podía/debía hacer. Pensé que iba a entorpecer más que ayudar, y lo más que podía conseguir era enfadar al policía, que seguro que no se desahogaría conmigo.

Me fui a trabajar, y el chaval rebelde al instituto, la universidad o donde sea.

Desde ayer tengo una mezcla de sentimientos; rabia por la injusticia vivida tan de cerca, culpabilidad por no haber hecho nada y melancolía por la cara del inmigrante de no entender por qué le estaban parando a él.

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