PunoUna de las señales de la estupidización creciente de nuestro mundo satisfecho es esa extraña idea que parece que va extendiéndose de que las huelgas son, en realdad, testimonios de fe o sondeos de opinión. Cada vez que se convoca y se realiza una huelga, se pierde el tiempo y se dedican recursos y ríos de tinta a tratar de averiguar el porcentaje de seguidores que tuvo la convocatoria, y después se discute sobre lo que quieren los trabajadores, todo ello trufado de estúpidos parlamentos de los lameculos radiofónicos acerca del derecho al trabajo, de los emolumentos de los huelguistas –que al parecer son todos multimillonarios-  y el carácter trasnochado de los sindicatos.

Pero las huelgas, ni son testimonios de fe, ni son sondeos de opinión. No se convoca una huelga para conocer qué piensan los trabajadores sobre el convenio en negociación, ni sobre el último decreto abusivo del gobierno; tampoco se convocan para que los trabajadores puedan optar entre su fe en el derecho a la huelga o en el derecho al trabajo. Las huelgas son, lisa y llanamente, actos de desobediencia, golpes de fuerza, muestras de poder y órdagos a la grande. Ni más ni menos.

En las últimas décadas, desde que el apagón de RTVE pilló al prepotente presidente Felipe González con el paso cambiado, se ha intentado cambiar el carácter de las huelgas, con el objeto de, como ha dicho ya algún columnista, domesticarlas: los servicios mínimos abusivos, como forma de reventar huelgas, el intento de enfrentar a usuarios de los servicios públicos con los huelguistas, así como una serie de intentos de regular la huelga con una Ley, intentos fracasados, ya que la desobediencia es algo que no se puede regular por su propia naturaleza, salvo que se confunda regulación con represión son las líneas de acción que ha seguido el poder contra el derecho a la huelga.

Pero, como está escrito más arriba, la huelga es un acto de fuerza y una manifestación del poder colectivo que tienen aquellos que con su determinación, pueden doblegar la voluntad del contrario. Eso si quieren ser efectivas, claro. La huelga del Metro nos lo ha dejado bien claro. Si hay que parar Madrid, se para, porque en eso consiste la huelga: en causar el mayor perjuicio posible para hacer ceder al contrario. Además, en un contexto de crisis, como en el que nos encontramos, en un contexto en el que están siendo atacados derechos básicos de los trabajadores, derechos conquistados en décadas de lucha y sacrificios, y en e que se pretende aprovechar la crisis para desmantelar el estado del bienestar, aquellos trabajadores que tienen fuerza o capacidad para paralizar el resto de la actividad deben aprovecharla.

La huelga general de finales de septiembre tiene dos posibilidades: una de ellas es convertirse en una huelga testimonio de fe, en una huelga en la que se decreten servicios mínimos abusivos, en la que se obedezcan esos servicios mínimos, y en la que finalmente se acabe discutiendo sobre la participación, lo desfasados que están los sindicatos, y el carácter violento de los piquetes. Pero también puede convertirse en un acontecimiento histórico en el que los sindicatos de clase, como representantes de la clase trabajadora, paralicen el país con determinación. Si se paraliza el transporte, si se colapsan las carreteras, si se para la gran industria, y si no se obedecen más servicios mínimos que los autoimpuestos, al día siguiente de lo que se hablará es de la capacidad que tienen los sindicatos de movilizar sectores estratégicos con capacidad de parar el país. De esta manera, además se conseguirá que millones de personas que apoyan la huelga, pero no se atreven a hacerla –porque el derecho a la huelga no está garantizado en las empresas pequeñas y medianas- la tengan que hacer de todas, todas, sin que nadie les pueda acusar de nada: ni metro, ni trenes, ni autobuses, y las carreteras, bloqueadas.

Y el Gobierno, si no quiere que vuelva a ocurrir lo mismo, si no quiere otro acto de fuerza, tendrá que sentarse a negociar.

¿Es esto salvaje? Quizás, pero no menos que el despiece y venta de la sanidad pública al mejor postor o la desarticulación de nuestro sistema fiscal, por citar dos ejemplos.

Venga... meta ruido por ahí