Las cajas que contienen los restos de la fosa de La Altaya, en la furgoneta que les condujo al Cementerio de Aranda de DUero¿Y por qué iba a esconderme yo, si no he hecho nada?”, cuenta Matilde que respondió su padre, maestro y republicano, a un pariente que le dijo que se fuera del pueblo, en agosto de 1936. No se fue, recuerda Matilde, abrazada a la caja que contiene los huesos de su padre, que esta mañana la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica le ha devuelto, después de los correspondientes trabajos de exhumación e identificación. ¿Cuál era el delito del padre de Matilde? Un delito doble, terrible a ojos de la España oscura, rabiosa, católica, furibunda y analfabeta que por aquellos años se imponía a sangre y fuego: era maestro y concejal de Izquierda Republicana.

Les llevaban a la cárcel de Burgos, y después de unos días, les daban la libertad. Entonces se los llevaban los falangistas, los mismos que han conseguido acabar con la carrera profesional de Baltasar Garzón por intentar investigar estos crímenes. Y desaparecían.

Alguno de los más viejos de Aranda recuerda a aquelos falangistas, en la plaza de los jardines, borrachos de sangre, riéndose, aquel terrible mes de agosto: “Pues para ser cojo, corría como una liebre, incluso perdió una bota”. Hablaban de  uno de los asesinados en La Andaya,  que padecía una cojera, cuyos huesos fueron entregados ayer a su hijo a quien también devolvieron, entre los objetos personales con los que había sido enterrado su padre una bota. La otra, como señaló el falangista miserable hace años, la perdió mientras intentaba huir.

Ampelio Anton Sáiz era el padre de Ampelio Antón, y sus restos mortales fueron develtos a la familia por la ARMH. Conmovía ver el cariño con que Ampelio hijo depositó los restos de su padre, junto a él, en el suelo del auditorio del centro cultural de Aranda, mientras concluía el acto. “Me lo llevo a Lerma, y le enterraremos en el panteón familiar, donde pondré una placa explicando cómo murió…”.

Ciriaco era pescadero y concejal socialista de Arada. Tenía algunas tierras, e incluso tuvo un bar en Aranda. Él desapareció después de ser puesto en libertad. Su hija recibió ayer sus huesos, aunque  su humilde patrimonio sigue en manos de la familia de uno de los falangistas que le asesinó, y que se hizo con él en una subasta de rapiña.

Saturnino tiene hoy 87 años y tenía 13 cuando se llevaron a su padre de casa. Recuerda perfectamente aquel día, y cuenta que todo fue tan rápido que no pudo darle un beso de despedida. Ha tenido que esperar 74 años. Esta mañana, después de muchas décadas temiéndose no poder enterrarlo con dignidad, y teniendo como única explicación oficial de la ausencia de su padre que había desaparecido tras su puesta en libertad, ha podido besar la caja que contiene sus restos. Saturnino no quería morirse sin enterrar a su padre dignamente. Ya puede morirse tranquilo, igual que Zenón y sus hermanas, que por fin han podido enterrar a su padre, vecino de Roa de Duero.

Estas son solo algunas de las historias de las 85 personas devueltas esta mañana a sus familiares. No he podido tomar nota de todos, pero como han señalado los representantes de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, todos son el mismo, todos son nuestros padres, y sobre todo, todos son los padres de nuestra democracia.

Y acabo con la referencia a unas palabras que ha pronunciado en el acto de Aranda  Emilio Silva, un tipo estupendo que, sabiendo que iba a estar por la comarca, me avisó para que acudiera al emocionante acto, y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Emilio recordaba que España es el segundo país del mundo con más personas desaparecidas -117.000-, sólo detrás de Camboya, y muy por delante de muchos países a los que nos hemos atrevido a dar lecciones de democracia como Argentina o Chile. Por eso, recuperar los huesos de las víctimas no es remover el pasado, como dicen los descendientes políticos de los verdugos, sino hacer justicia hoy, en el presente.

Descansen, por fin, en paz, los muertos de La Andaya.